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Castañas asadas

CUANDO YO era pequeña, las castañas llegaban a mediados de octubre y entraban en su momento de esplendor con la feria de Santos. Feira de santos, noite de ladróns, murmuraba mi abuela mientras rallaba las castañas antes de meterlas en el horno: siempre contaba que su madre había dejado por despiste una castaña sin rallar que luego le había estallado en la boca provocando terribles quemaduras que tardaron mucho en curar. En noviembre, mi casa olía siempre a castañas asadas. Recuerdo aquel aroma cálido que me asaltaba al volver del colegio y en cuanto se abría la puerta de la calle. Luego, en el postre, me quemaba los dedos pelando las castañas ardientes mientras algún adulto aguafiestas recordaba que era preferible esperar a que se enfriasen para que no me doliese la barriga. Nunca hice caso: me podía la gula y el ansia por aquellos bocados exquisitos que solo podían comerse durante un mes y desaparecían antes de las Navidades. Ahora ya no como castañas: a Madrid solo llegan ejemplares insípidos y secos que en nada se parecen a las castañas de mi infancia. A veces compro un cucurucho al castañero de Gran Vía, pero esas castañas sosas y malamente asadas no se parecen en nada a las que comía en mi infancia, que eran suaves y dulces, jugosas y tiernas.

El viernes, día de difuntos, fui con mis sobrinos a coger castañas. Llovía mansamente, y el bosque era un espectáculo de rojos y ocres, amarillos distintos y hojas crujientes mezcladas con el musgo y los erizos. Volvimos a casa con una cesta de castañas con la piel lisa y brillante del color del otoño. Luego, tras asarlas y cuando las pelábamos achicharrándonos los dedos como cuando era niña, se me vino a la memoria mi abuela contando historias de aparecidos mientras ajustaba el horno para hacer las mejores castañas asadas del mundo. Y la recordé a ella y a los otoños de la niñez, con la casa tibia oliendo a campo y las castañas calientes esperándonos envueltas en un trapo de cocina.

Castañas asadas
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