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La encrucijada del 4,5 %

COMPLETADO EL PLAZO de presentación de las candidaturas, todas las piezas están ya sobre el tablero político para la decisiva partida del 5 de abril. Y la primera vista rápida sobre el mismo invita a sacar una conclusión: hay menos división por la izquierda de la esperada inicialmente y más por la derecha de la que hubo nunca en unas autonómicas. El acuerdo exprés del rupturismo y la marcha atrás de En Marea evitaron la fragmentación de la alternativa a Alberto Núñez Feijóo, mientras que la incapacidad de PPdeG y Ciudadanos de llegar a algún tipo de pacto, aunque fuera simplemente de no agresión, provoca que la derecha acuda a las urnas el 5-A en tres papeletas: PP, Cs y Vox. Es algo insólito en unas elecciones gallegas. En este escenario, todos los sondeos y movimientos preelectorales apuntan a un trasvase de votos entre las diferentes fuerzas de la izquierda, especialmente dirigidos desde el espacio rupturista en descomposición, que se presentará bajo las siglas Galicia en Común-Anova-Mareas, hacia PSdeG y BNG. Sin embargo, sobre el comportamiento del electorado a la derecha existe mucha más incertidumbre. Y eso que buena parte de la mayoría absoluta del PPdeG se jugará en esa zona del tablero.

Con la calculadora en la mano

La derecha acudió dividida a las urnas más veces en Galicia, pero en otras circunstancias y, casi siempre, en un máximo de dos listas. Ocurrió en 1981 con AP y UCD o en las épocas doradas de Coalición Galega, en 1985 y 1989. Pero ahora hay tres siglas en juego: PPdeG, Cs y Vox. Aunque una de ellas sea claramente hegemónica, en un contexto electoral ajustado como el que auguran todos los estudios demoscópicos cada voto cuenta, de ahí que el hecho de que los populares tengan competencia en un caladero de votos que históricamente explotaron en exclusiva sea tan relevante.

Porque una cosa diferente es que Cs y Vox estén lejos de entrar en O Hórreo en la mayoría de las encuestas y otra muy distinta es que no puedan arrastrar los suficientes votos como para ser decisivos en uno u otro sentido el próximo 5 de abril.

Por ejemplo, Democracia Ourensana sumó algo más de 7.600 votos en 2016, lo que representó un 0,54%. Puede parecer algo ridículo, pero en esa provincia el PPdeG salvó su noveno escaño en el Parlamento por poco más de 150 papeletas, lo que da buena muestra de que en situaciones de máxima igualdad cualquier mínimo factor puede determinar el futuro Gobierno gallego.

UPyD consiguió en las autonómicas de 2012 un total de 21.000 apoyos, un 1,48%. Es un porcentaje similar al que ahora dan algunos sondeos a Ciudadanos, mientras que en el caso de Vox lo elevan algo más, entre el 3% y el 4%. Por poner otro ejemplo que ilustre estas cifras: Ciudadanos obtuvo en las gallegas de 2016 un 3,38%, que se tradujo en 48.000 votos.

La última cita en Galicia fueron las generales de noviembre, donde Vox logró un 7,8% de votos (114.834) y Cs un 4,3% (63.571). Ni el contexto ni las elecciones son comparables, y mucho menos extrapolables. Pero entre un extremo, el de sumar entre ambos el 12% de los votos, y el otro, no presentarse, pueden pasar demasiadas cosas.

El dilema de la estrategia electoral

El PPdeG, en su momento, tuvo que adoptar una decisión clave en su estrategia electoral: alimentar la competencia por su derecha para tratar de tener muletas en la que apoyar su mayoría en el Parlamento o intentar desactivarlas al máximo para jugárselo todo a la carta de la absoluta. Es la encrucijada del 4,5%: el porcentaje de voto de esos partidos que resultaría letal para Feijóo porque le robaría miles de apoyos pero dejaría a sus potenciales socios a las puertas del O Hórreo, que se abren con el 5%.

Confiado en su maquinaria electoral, el PP gallego optó por la segunda vía: ir a por la absoluta minimizando la competencia. Y casi lo consigue, porque con el fracaso de la ‘cumbre de Padrón’ —negociación en la que PP y Cs confirmaron su divorcio— los naranjas se vieron obligados a improvisar candidaturas en tiempo récord en las que muchos nombres están metidos con calzador. Y la falta de estructura y referentes obligó a Vox a presentar listas de trámite sin siquiera un candidato oficial.

Pero pese a ello, al final ambas papeletas estarán el 5 de abril en los colegios. Y pueden ser las que decidan la Xunta.

Una imagen con alta carga de simbolismo político en la campaña

OCURRIÓ EN VIGO. Allí, Ana Pontón y Alexandra Fernández comparecieron juntas en un acto con más carga simbólica que importancia política real. Fue la puesta de largo de la exdiputada de En Marea y exdirigente de Anova con el Bloque, una escenificación de la vuelta a la casa común del nacionalismo de algunos de los que la abandonaron en Amio en 2012. Pero lo más relevante fue lo que allí se dijo: que un hipotético proceso de reintegración de la parte más nacionalista del espacio rupturista en el BNG es posible y probable, pero siempre que se haga con tiempo y de forma reposada. Algo incompatible con los tiempos acelerados de una campaña.

Asomar mucho la cabeza es peligroso

EL MINISTERIO DE Trabajo de Yolanda Díaz era, de arranque, un caramelo para cualquier político: desposeído de sus competencias en Seguridad Social, tenía muchas cosas para vender y pocos charcos en los que meterse más allá de las cifras del paro. Así lo entendió la ferrolana de Galicia en Común, que mientras el conjunto del Ejecutivo
empezaba todavía a calentar los motores ella ya se había convertido en su figura más mediática y relevante con anuncios como la subida del salario mínimo o la derogación de parte de la reforma laboral de Rajoy. Sin embargo, en su afán de protagonismo, Yolanda Díaz mantuvo su exposición pública e ideó la polémica guía de actuación para
empresas por la crisis del coronavirus. Un error por el que le cayeron palos de todos los lados. En el ministerio no sirve la hiperactividad que mostró como diputada —siempre entre las que más iniciativas presentó—. Esa es la lección que debe aprender: si asomas demasiado la cabeza, te puedes llevar un golpe o incluso puedes perderla.

Noriega sí sopesó presentarse por Lugo

PUEDE QUE NUNCA se reconozca oficial o abiertamente, pero el exalcalde de Teo y Santiago y dirigente de Anova y Compostela Aberta, Martiño Noriega, sí llegó a plantearse encabezar la lista de Lugo para las autonómicas. A su favor jugaba la experiencia de Yolanda Díaz, que confirmó en las generales de 2019 que el votante no penaliza esa maniobra de paracaidismo político. Sin embargo, en el fondo eran más los peros de la estrategia que los beneficios. El principal argumento contra Noriega es que él mismo siempre fue una voz que defendió que el debate de las alianzas en el espacio del rupturismo nunca fue de sillones, cargos o nombres, sino de estrategia política. Protagonizar esa carambola para blindar un escaño en el Pazo do Hórreo echaría por tierra todo su discurso y su credibilidad política. Pero es que, además, a día de hoy no está tan claro que el número 1 de la lista de Lugo tenga más fácil lograr el billete para el Parlamento que el número 3 de A Coruña que finalmente ocupa Noriega. Y esa sí que es la clave.

La encrucijada del 4,5 %
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