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La canción de medianoche

Hace semanas que trabajo desde casa y el primer día se me ocurrió utilizar un libro con buena cubierta para que el ratón se deslizase bien. El azar quiso que este fuese Don Quijote de La Mancha y no puedo evitar imaginarme al héroe de Cervantes navegando por los mundos de la red.

PENSAR EN los supuestos viajes del Caballero de la Triste Figura junto a su eterno Sancho Panza a través de lugares en Google Maps, leer la ingente biblioteca de Wikipedia o intentar charlar con usuarios de Twitter en busca de una verdad -o una nueva Dulcinea- resulta surrealista. Sin embargo, en lo absurdo de estas imágenes, todo conectó de inmediato con la serie de animación para adultos The Midnight Gospel (Netflix).

Desde hace años, los dibujos que suelen entretener a los más pequeños han alcanzado un nuevo estadio de profundidad, hasta convertirse en algunos de los productos culturales más consumidos y apreciados. The Midnight Gospel es heredera de las locuras que Hora de aventuras y similares ya habían traído al mundo. Pero ahora son el existencialismo al más puro estilo de Sartre y la filosofía budista quienes se apoderan de la pantalla.

Basado en un modelo de podcast, el último éxito de Netflix sigue a Clancy, un hombre animado que se dedica a viajar por el espacio en busca de personas interesantes a quienes entrevistar, desde presidentes a pescadores. En ese extremo surrealismo casi psicotrópico, las críticas a nuestra sociedad no dejan de sucederse.

Como si se tratase del propio Mayor Tom del Space Oddity de David Bowie, Clancy se desconecta a propósito del mundo real para alcanzar nuevos estados del alma en un cosmos infinito. Tal es la profundidad de The Midnight Gospel que es capaz de anular los sentidos, haciendo incompatibles el oído y la vista con una lucha entre filosofía y estímulo.

Lo que comienza como una alegre y dantesca serie de animación que intenta abrir tu mente y conciencia, termina por secuestrar tus emociones

Las reflexiones sobre la existencia del ser y la importancia del yo en el mundo se disparan como balas de metralleta, en rápidas y continuas conversaciones que recuerdan al primer cine de Tarantino, tan áspero como veloz e irrespetuoso. Y en los solo ocho capítulos que tiene la serie, el espectador ha de concentrarse para poder seguir el ritmo y no terminar con agotamiento mental. Lo que comienza como una alegre y dantesca serie de animación que intenta abrir tu mente y conciencia, termina por secuestrar tus emociones. Pero, ¿cómo es posible que algo en aspecto tan infantil pueda provocar una profunda desazón? No hace otra cosa que acudir a lo humano, a la base de todo pensamiento, los miedos y defectos de los mortales, aquello que nos mantiene despiertos de noche y taciturnos en los días.

En el primer mundo que visita Clancy nos enfrentamos a una gran metáfora de la actualidad, un capitalismo farmacológico como el que Paul B. Preciado ya teoriz,a pero en versión dibujada. En medio de una pandemia zombie, la población sana se obsesiona con la legalización de las drogas y, en esta posición ciega, no observa el apocalipsis a su alrededor.

En esta primera dosis ni el budismo ni el temor a la muerte hacen aparición. La introducción de The Midnight Gospel es ligera, argumenta sobre la verdadera naturaleza de los narcóticos al más puro estilo de Antonio Escohotado. "No hay droga buena o mala, todo depende de la reacción y relación con el cuerpo humano", dictamina El Presidente. E invita a preguntarse: "¿Qué es un valium?".

Sin embargo, esta reflexión sobre los psicotrópicos y su mercadeo termina derivando en una perspectiva inesperada sobre la realidad. Si nosotros somos observadores y sujetos jamás podremos ser imparciales, vivimos en una constante distorsión por culpa del ego. Y eso provoca que, como dice El Presidente, "entre nacer y morir, no hay descanso".

Precisamente la paz es el objetivo, el final que Clancy ansía y no se molesta en disimular. Entrevista a las más variopintas criaturas buscando respuestas, caminos al descanso y terminar con el dolor. Comprende que ese concepto tan oriental solo es posible en culturas que creen en muchas vidas, no como la nuestra, que te ofrece una oportunidad para hacer el bien y hallar la paz. Si sale mal arderás toda la eternidad. Eso si crees, claro.


En su último tramo, The Midnight Gospel te enfrenta contra el espejo de tus propias vergüenzas y traumas

Clancy es una representación honesta de nosotros mismos, de los temerosos que habitamos este planeta. Por eso un dibujo animado, que ni siente ni padece —pese a que se basa es una hombre real—, es quien habla sin pudor sobre sufrimiento. Descubre que la diversión oculta horrores, que el egoísmo es un virus, que las adicciones pueden liberarte y que, como bien dice la Biblia, realmente todo fue verbo (palabra) desde el principio.

En su último tramo, The Midnight Gospel te enfrenta contra el espejo de tus propias vergüenzas y traumas, las heridas sin sanar que nos acompañan. Diseccionan la familia como institución, la huella que tiene en todos nosotros y cómo nos marca a vivir con un patrón. Creces y los problemas surgen, finges que es difícil vivir en aguas revueltas, pero, en lo más profundo, sabes que es la calma el lugar más complicado para existir.

Nacemos con un llanto, el primero de todos, y con él nos unimos a nuestra madre para siempre. Entonces todo nuestro universo es estable y, a medida que el camino avanza, las lágrimas de hijo y matriz se entremezclan. Pero cuando el imparable tiempo nos pone a cara a cara con la verdad de la muerte, uno comprende que la generosidad de quien te da la vida es la mayor fuente de amor, dolor y trauma. Y, para eso, no hay paz.

La canción de medianoche
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