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Dante y Virgilio en un japonés

Hace unos días cené con un italiano, un portugués y un catalán en una librería, bajo la mirada de Alice Munro y Jack Kerouac. Esto, que parece un chiste, fue una reunión en la que aprendí, por ejemplo, que en Italia hay tres constituciones y solo dos se respetan: la de la pasta y la de la pizza. También que la comida es lo que más une al ser humano.
Foody Love. HBO
Foody Love. HBO

FRENTE A distintas versiones de focaccia y las mejores firmas de la literatura universal se abrieron conversaciones vitales. Portugal defendió la carne à alentejana como su mejor plato —cerdo con almejas—, Girona reivindicó su embutido e Italia defendió a los pizzeros malhablados. En estos debates del arte culinario no pude evitar sentirme como los protagonistas de Foodie Love (HBO), la nueva serie de Isabel Coixet.

La pareja de protagonistas, amantes de la cocina, confiesa que la gastronomía y los libros son más atractivos como idea que como producto.  Al igual que hace Proust con el olor de una magdalena, Coixet despliega una historia compleja vestida de minimalista para establecer una sentencia: comer es cultura.

Siguiendo la teoría de que un alimento puede transportarte a lugares concretos de tu memoria, los protagonistas sacian el apetito como forma de aproximación a la felicidad. La comida se concibe como una fuerza capaz de cambiar el humor o el rumbo de un día, y el momento de sentarse a la mesa ante un plato es, más que una rutina, una recompensa.

"Si te apasiona la comida no puedes ser imbécil del todo", comenta el personaje de Laia Costa en cierto momento. No lo hace a la ligera ni como crítica a un tipo de dieta, sino hacia aquella gente que se priva de manera gratuita. La alimentación no es algo controlable, es irracional dentro de lo humano. Una sopa puede ser la expresión máxima de una nación, la cumbre de su historia; no solo una fuente de nutrientes.

Aquí la serie de Coixet plantea una buena pregunta: ¿Es realmente beneficioso un estilo de vida basado en comer sano? Primero es necesario saber que la salud se compone de un factor físico, mental y social. Cualquier elemento que altere esto es perjudicial. ¿Quién puede culpar entonces a Joan Didion de desayunar almendras y Coca Cola desde hace décadas? Su bienestar depende de ello.

Las mesas corridas en las feiras de Galicia y las barras de un restaurante en Japón son el mismo espacio de reunión.

Independientemente de lo que cada uno se lleve a la boca, la comida es una fuerza que iguala a toda la humanidad. Las mesas corridas en las feiras de Galicia y las barras de un restaurante en Japón son, salvadas las distancias, el mismo espacio de reunión. Comer es un acto de salud social que aleja la soledad.

Cuando Jesucristo decidió celebrar la Última Cena plasmó una realidad, aunque si la comida hubiera sido mejor nadie habría hablado —siguiendo esa lógica de que todos callamos ante un manjar—. Ese sonido de cucharas contra el plato es lo que ansía Coixet en su serie, que nadie necesite contar los ingredientes y la gastronomía narre su propia historia.

Más allá del ramen milenario o el helado italiano con nombres de filósofos, como Kantaccio o Panettone de Beauvoir; los protagonistas de Foodie Love deambulan entre lo tradicional y la vanguardia confesándose sus infiernos como Dante y Virgilio en La comedia. Pero para ello necesitan bebida, café y alcohol a modo de suero de la verdad.
Ana María Matute creía que el gintonic aportaba lucidez, ampliaba la visión sobre una duda. Coixet reivindica este pensamiento y atribuye a la bebida la capacidad de calmar la mente. Una copa derrumba las murallas, es la anestesia de la preocupación y la liberación del tímido. El vino es, por extensión, salud.

El apetito abarca entonces desde el sexo al estómago, pero es, sobre todo, fruto de la curiosidad

La sinceridad entre desconocidos es algo que aflora al encontrar similitudes. Siempre se ha dicho que es de mala educación hablar con la boca llena, sin embargo, es más sencillo expresarse desde la honestidad cuando compartes comida con alguien. El apetito abarca entonces desde el sexo al estómago, pero es, sobre todo, fruto de la curiosidad. Matar el gusanillo es un acto de amor propio, terminar con la culpa de sucumbir a la gula. Para esto existen los restaurantes y bares, campos de batalla donde saciar algo más que el hambre.

Foodie Love es como la librería en la que cené, una intersección entre gastronomía y arte. Coixet se sirve la cámara para hacer salivar al espectador, tal y como hizo Paolo Conte con su canción Un gelato al limon o Gualtiero Marchesi al interpretar un cuadro de Pollock en un plato de sepia y mayonesa. La comida del siglo del XXI trasciende al cuchillo y tenedor, se convierte en el concepto del artista. Aunque quizá con demasiada pretensión.

El personaje de Laia Costa detesta esta prepotencia, entre las muchas cosas que rechaza. Escoge el restaurante en función a lo que no le gusta, pues es incapaz de elegir algo entre sus pasiones. Es de esas personas que cree en la unión mediante el odio, una fuerza necesaria en el romanticismo.

En la cocina y el amor la receta perfecta solo existe en los libros, donde las historias son precisas. La vida no entiende de gramos ni puñados, solo de intentos que nacen de la vanguardia que queremos ser y la tradición que arrastramos, a medio camino entre laboratorio y cocina de abuela.

Dante y Virgilio en un japonés
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