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De ratones y bestias

Durante estas semanas las televisiones se han llenado de muchas formas de afecto y agradecimiento que inducen a pensar que la bondad y el amor son el motor del mundo. Sin embargo, filósofos como Schopenhauer creían ya en el siglo XIX que la mayor fuerza en la faz de la Tierra era la bestia interior del ser humano: el odio.

LOS BUENOS Y LOS MALOS —sean quiénes sean— han ido señalándose siempre que tenían ocasión a lo largo de las últimas décadas. Pero bajo esos dedos acusadores se esconde el verdadero sentimiento motor de las sociedad: el miedo. Sobre pánico y cómo perderlo sabe mucho Eve Polastri, la detective protagonista de Killing Eve (HBO), que se enfrenta a Villanelle, una asesina a sueldo internacional tan peligrosa como atrayente.

Este drama policial de la BBC apuesta por una persecución a lo largo y ancho del espacio Schengen en tiempos de Brexit, casi como un alegato a la ventaja del euro. Aunque no se haga un manifiesto político, la relación entre ambas mujeres recuerda a los héroes populares como 007 contra los pérfidos soviéticos, un mensajes subliminal no tan sutil en plena Guerra Fría y que gracias a la mano de Phoebe Waller-Bridge (Fleabag) toma una nueva dimensión.

Eve Polastri y Villanelle son protagonistas de una original caza estilo gato-ratón, pero, ¿dónde está escrito que el delincuente deba temer a la Policía? En la Naturaleza ocurre que cuando los roedores contraen toxoplasmosis, pierden de manera automática el miedo innato a los felinos y, curiosamente, comienzan a excitarse con el olor a gato.

Se las conoce como ratas zombie y, al carecer de instinto de supervivencia, el sexo se apodera del espacio que ocupa el temor a morir. Además de esto, la Universidad de Berkeley ha demostrado que los gatos domésticos carecen de ansias de cazar y solamente persiguen roedores para divertirse, llegando incluso a temerlos si estos se resisten.

Como ocurría con las ratas, el sexo se convierte en antónimo de pánico

Eve Polastri no es solo una de estos felinos caseros, es también una novata en lo que a atrapar asesinos se refiere y en su primer caso debe encontrar a una de esas ratas valientes. Villanelle es una mujer rusa capaz de imitar el acento de otros muchos países, cambiar su aspecto de manera convincente e incluso aprender el idioma que sea necesario —catalán, en la tercera temporada—. Es alguien que puede estar en cualquier lugar con cualquier apariencia.

Lo realmente preocupante de la asesina rusa es que sufre de su propia toxoplasmosis, es víctima de una psicopatía que la empuja al límite de su propia seguridad, dejando pistas como una principiante para que Eve Polastri siga su hilo. Como ocurría con las ratas, el sexo se convierte en antónimo de pánico y, en su caso, el miedo a prisión o algo peor es substituido por una obsesión amorosa hacia su cazadora.

El problema llega cuando la persecución se convierte en una búsqueda por necesidad, por impulso, en la que ambas se sienten intensamente atraídas porque son la misma persona desde diferentes perspectivas. Villanelle se convierte en el flautista de Hamelín y atrae a Eve Polastri, la rata entre los gatos, haciendo sonar la melodía que solamente ella puede descifrar. Sus mentes, aunque contrarias, operan de la misma manera.

La psicopatía es esta supuesta flauta mágica, una fuerza magnética que convierte a asesinos como Villanelle en antihéroes admirables y los Casanova del siglo XXI. Pero además de ser un torbellino de carisma, los psicópatas son profundamente volubles, sensibles e imaginativos, lo que aplicado a asesinatos se traduce en sadismo, humor y un sentido de la estética muy refinado.

La identidad es algo voluble y mutante, causando que quien hoy es felino, mañana pueda ser roedor

Esta inusual renovación del concepto gato-ratón aplicado a los thrillers policiales asume que no hay buenos absolutos ni malos terribles, tampoco bandos rígidos como hacen creer los libros de Historia y los agentes secretos. La identidad es algo voluble y mutante, causando que quien hoy es felino, mañana pueda ser roedor. Entonces, ¿es tan psicópata el que se obsesiona por encontrar al asesino como el propio criminal?

La respuesta lógica sería que no, que el que hace el bien no puede ser tan malo como el villano. Pero con mucha frecuencia en las películas policíacas de sobremesa, el héroe y su rival llegan a un momento de confrontación en el que el primero siempre confiesa, tras mucha investigación, que lo conoce bien porque "yo soy como tú". Casi como si se viese reflejado en lo que podría ser su vida de haber tomado otros caminos, pero, ¿y si esos caminos le gustan?

La mente humana ha desarrollado gracias a las creencias una habilidad —o más bien una debilidad— por encontrar señales del destino o Dios -cualquiera de ellos- en todas partes, justificando así sus acciones como un mensaje enviado a ellos en exclusiva. Y esto algo que hacen buenos y malos.

Killing Eve demuestra que la psique sigue siendo el arma de seducción más fuerte, pero también que el temor y su ausencia son fuerzas imparables. Siempre se habla de acciones pequeñas capaces de truncar el curso de los acontecimientos. Quizás un crimen aislado sea una de ellas. O puede que el cambio llegue de seguir el instinto, sea cual sea, felino o roedor.

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