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Después del final

Se confirma que irremediablemente estamos en verano y gran parte de la población ha comenzado a vivir por quincenas, algo que ya se esperaba. En esta época estival, marcada por todo lo vivido antes, aflora la necesidad de entretenerse con el libro, la película o lo que sea del verano. Es como si, tras un horror, nos diese pánico aburrirnos

EN ESTOS caminos de huida frontal para la imaginación y el tiempo libre, el ser humano acostumbra buscar romances, novelas históricas y sagas de cine de aventuras. Es necesario que los sentidos ignoren el calor que nos rodea, el ruido de fondo en la playa abarrotada o el simple tedio del no saber qué hacer sin rutina. Lo inusual, de hecho, es entretenernos con más de lo que hemos sufrido. De ahí el raro éxito de El Colapso (Filmin).

Cuando hace un año el colectivo artístico Les Parasites se propuso crear una ficción sobre un supuesto fin del mundo no imaginó que predeciría la realidad, o casi. Esta serie francesa analiza el devenir de la sociedad ante un cisma del sistema capitalista y un punto de no retorno en la crisis climática, centrándose en el aspecto humano y el límite de la propia cordura ante un casi canibalismo por supervivencia.

Pero esta idea no es novedosa. La teoría de Olduvai, creada por Richard C. Duncan y en la cual se basaron los guionistas, establece que la civilización industrial actual acabará en 2030, tras resistir un siglo, y la humanidad comenzará a replegarse y retroceder a estilos de vida cada vez más primitivos. La natalidad, las fuentes energéticas o las migraciones son elementos que, según la teoría, serán determinantes para el futuro.

El colapso, por tanto, es una suma de pequeñas explosiones encadenadas que generan caos y avivan instintos de supervivencia a todos los niveles

Esta corriente de pensamiento postula que la transición ecológica y frenar el cambio climático no son posibles sin un decrecimiento, algo contrario al dogma de desarrollo y aumento sin fin, que la cúpula política y económica se niega a asumir. El colapso, por tanto, es una suma de pequeñas explosiones encadenadas que generan caos y avivan instintos de supervivencia a todos los niveles.

En este proceso de involución, el ser humano recupera su condición de mortal y encuentra en su entorno la respuesta y el enemigo. Los protagonistas de la ficción francesa pierden poco a poco lo asimilado al criarse en una estable sociedad, con sus normas y preceptos, para recuperar la bestia inconsciente que cada persona encierra, que diría Schopenhauer.

Gracias a un continuo plano secuencia que aumenta la sensación de agobio y embotamiento, cada capítulo de El Colapso gira alrededor de conceptos y localizaciones que habitualmente se escapan al análisis superficial de lo que un cataclismo social significa. ¿Qué ocurre en una residencia de ancianos cuando no quedan medicamentos, alimento ni cuidadores? ¿cuánto vale la gasolina en un mundo sin motor? ¿dónde se refugian los ricos?

El impulso gregario de las personas obliga a que, ante la necesidad, construyamos una red de seguridad como la familia o las amistades que nos cubran las espaldas. Son nuestra tribu y responden a nuestros valores, símbolos o ideas. Es el tejido primero de una sociedad compleja y, cuando esta se derrumba, vuelve a ser el único sistema de sustentamiento.

Tras el colapso que en esta ficción ha llevado a Francia y el resto del mundo a un hundimiento, miles son las tribus que deambulan por caminos sin un rumbo fijo.

Tras el colapso que en esta ficción ha llevado a Francia y el resto del mundo a un hundimiento, miles son las tribus que deambulan por caminos sin un rumbo fijo. Algunos buscan abastecimiento y víveres, otros creen en una nueva forma de mitología —surgida de la angustia— que habla de granjas donde hay esperanza y hasta las que peregrinan; pero la amplia mayoría rompe el antiguo orden y, delito tras delito, asume que la única ley es la propia.

En estas situaciones límites que Les Parasites proponen, es interesante como la ética y la moral que rigen las naciones se desvanecen ante el impulso animal. Los crímenes que hace una semana eran pena capital, ahora son comprensibles. Los ataques de ira y arrebatos parece que sí son posibles y no meras excusas. La tensión es, finalmente, lo único que nos separa de cruzar una línea que alguien nos dijo que no debíamos traspasar.

Pero para poder llegar a un límite hay que atravesar mucho camino, asomarse al abismo significa haber llegado al acantilado. Entonces cabe pensar si este sufrimiento pudo evitarse, en qué fallamos o a quién ignoramos cuando no debimos. Recordamos, ya tarde, a los científicos sin publicidad ni altavoz, a los catastrofistas que advertían y advertían y a aquellos "majaderos radicales" que colgaban pancartas hasta en el Ártico.

Siempre hay síntomas e indicios pero, como sociedad estable y segura de sí misma, ignoramos cualquier evidencia que nos llevase la contraria. El Colapso es un testimonio vívido de las pequeñas explosiones de caos en supermercados, gasolineras o centrales nucleares y lo que ocurre cuando ridiculizamos y obviamos a quienes nos traen un mensaje de alerta. 

Quizás ahora que hemos tenido tiempo y espacio para poner el sistema en perspectiva, analizando cuál es el objetivo real de la vida, comprenderemos que nada en este planeta está solo para nosotros y de manera infinita, ni siquiera la sociedad que hemos inventado. Durante semanas se agotó la harina, la gente hizo pan de nuevo en sus hogares. Puede que, contra todo pronóstico, sí que haya comenzado el retroceso.

Después del final
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