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En la cama con Trump

Un compañero periodista me comentó esta semana, a cuento del panorama electoral, que cuando trabajó en el diario colombiano El Tiempo hicieron un recortable con las caras de los políticos que se presentaban a cada cargo. Los lectores podían formar con la portada del noticiero su propia administración

Él, al igual que yo, todavía lee en papel. La mayoría de las veces recorro las páginas del periódico buscando noticias curiosas tal como hizo Capote para escribir A sangre fría, historias escondidas entre la tinta. Cuando coincide un mal día recurro a los anuncios por palabras, esas pequeñas poesías que se visten de ofertas. Aspiro a encontrar un reclamo como el que alguien vio una mañana en la revista Variety que versaba: “Madre de tres hijos, divorciada, estadounidense. Treinta años de experiencia como actriz cinematográfica. Todavía ágil y más afable de lo que afirman los rumores se ofrece para trabajo estable en Hollywood". La mujer en cuestiónera Bette Davis, considerada la segunda mejor intérprete de la historia. No es impensable entonces que en un futuro —no sé cómo de lejano— sea un político quien ofrezca sus servicios así. Por palabras.

Este sería el sueño de Diane Lockhart, protagonista de The Good Fight (Amazon, Movistar+). La abogada más fanática de Hillary Clinton reiría hasta las lágrimas viendo como Donald Trump se reduce a frases sin adjetivos en busca de empleo. Lockhart deja atrás el papel de abogada segundona atribuido en The Good Wife para emanciparse como un referente de cordura y raciocinio, siendo la narradora más afilada de una serie reconvertida en el diario de bitácora de una época convulsa. “George Orwell no sabría por dónde empezar hoy en día”, sentencia en una escena.

En el primer minuto The Good Fight deja claras sus intenciones. Diane observa la televisión mientras Trump es proclamado vencedor en las elecciones, apaga el aparato y se va a dormir. El mundo comienza a volverse loco y su vida se derrumba en efecto dominó. Entonces toma la decisión más arriesgada: volver a los tribunales como la única abogada blanca de un bufete afroamericano.

En su particular paseo por el infierno estadounidense Diane comprende que los despachos, independientemente de la ideología, se desconectaron del mundo real hace tiempo. La brutalidad policial sigue sacudiendo a los mismos, el papel de víctima y verdugo todavía depende de quien pague más y la justicia, entendida como tal, es un billete de ida. Reside aquí la virtud de The Good Fight, reflejar con veracidad lo que por rutina ya no es noticia.

Para cambiar una situación es necesario tomar parte, unirse a la lucha.

Mientras los telediarios prefieren los rumores de la Casa Blanca por encima de los hechos, Diane comienza a consumir alucinógenos en microdosis y en sus viajes ilegales constata que estas ilusiones no se diferencian mucho de la realidad. Sin embargo, entiende que evadirse de la vida no es suficiente; de hecho, es contraproducente. Para cambiar una situación es necesario tomar parte, unirse a la lucha.

En este momento que los discursos mueren en el aire y las opiniones pesan más que la información, The Good Fight abre una tercera vía para orientarse gracias a la razón —entendida como la capacidad para pensar, no algo que se tiene o se deja de tener— en un mundo incierto. Las críticas nacen entonces en todas las direcciones y emerge el espíritu exigente, ese que evita el conformismo que cada candidato ofrece. Diane abandona a Hillary Clinton y establece que la militancia también es poner frente al espejo a los tuyos, siendo uno mismo parte de estos.

El carisma, que en otros momentos se consideraba condición indispensable para las masas, se encuentra cada vez más en personajes de ficción. No es de extrañar entonces que la política se haya transformado en un entretenimiento y, de ahí, que Donald Trump, showman por excelencia, presida el mayor escenario que existe. Por eso Diane, abogada que no solo sabe la ley sino la interpreta hasta invalidarla, no concibe esta muerte de la razón. En cierta escena de The Good Fight, una pareja mantiene relaciones sexuales con caretas de Trump mientras Diane observa a través de la ventana de su despacho y ríe. Ya nadie oculta lo más privado porque la propia existencia es casi un reality show.

En España la situación es similar y las opciones no se reducen a demócratas o republicanos. Tras ver los debates de Diane Lockhart y compañía en instituciones o reuniones uno se siente menos creyente en los candidatos, sean del color que sean. The Good Fight recuerda que ir a las urnas cada cuatro años —o meses— no es la única acción en democracia, la ciudadanía puede ser exigente con el sistema.

Hace unos días solicité el voto por correo. Recuerdo la primera carta que envié, todavía no había cumplido cinco años y el destinatario era mi mejor amigo del momento, Anxo, que se había mudado a Vigo. No se me olvida la ilusión de meter el sobre en el buzón con la esperanza de que alguien lo abriría. Enviaré mi voto con la misma emoción porque, como explica Diane, mantener la razón frente al caos es la única forma de resistencia.

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