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La lengua de la alcaldesa nocturna

Corre el rumor de que cada opinión importa y que, además, como parte de la ciudadanía cada individuo debe opinar. Así sin más trabajo. Solamente has de recibir un impulso externo, un cebo que morder, y al abrir la boca asegurarte de decir algo. El problema es cuando se hace mal, algo que pocas veces le ocurre a Fran Lebowitz
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LA PERIODISTA y en otro tiempo escritora es uno de esos seres vivos que hay que ver antes de que se extingan, por eso su íntimo amigo el cineasta Martin Scorsese ha grabado la serie documental Supongamos que Nueva York es una ciudad (Netflix), una versión actualizada del documental Public Speaking con el que ya dio a conocer a Lebowitz al gran público hace más de una década.
Fran (New Jersey, 1950) dejó cualquier actividad literaria hace 40 años y se dedica a hablar en público, a dar charlas y conferencias sobre diferentes asuntos que siempre acaban pivotando sobre sus neuras y obsesiones. Puede que haya escrito algún artículo en este tiempo, pero, como la nieve en el desierto, ocurre poco y se olvida rápido.

Lebowitz descubrió que odiaba trabajar mientras mantenía la enorme excusa que la hizo famosa: un bloqueo literario. Suman ya casi tres décadas desde que publicase un cuento infantil, su último vestigio escrito después de los exitosos ensayos críticos y humorísticos Vida metropolitana y Breve manual de urbanidad, con los cuales se convirtió en un icono ambiguo entre lo intelectual, lo estético y lo popular. Su editor no se extrañó cuando el manuscrito se retrasaba, la lentitud de Fran era algo conocido pero respetado por su incisiva escritura, y comenzó a disculparla porque ella hace reverencias a la literatura, tiene demasiado respeto hacia la palabra escrita. Desde entonces, salvo por un par de intentos públicos en revistas, su novela sobre millonarios y artistas se mantiene en pausa, con la menor prisa que nadie ha tenido.

Siendo solo una niña, Lebowitz comenzó a mostrar un comportamiento extraño hacia los libros. En la escuela judía le habían enseñado que si la Torá toca el suelo debían besarla para pedir perdón, entonces comenzó a hacerlo con cada libro que se le caía. Para ella, ninguna escritura era más sagrada que otra, algo que desquiciaba a su madre. Con siete años decidió hacerse atea y aunque amaba la lectura, fue una pésima estudiante que deambuló de colegio en colegio donde ni logró ni quiso adaptarse. Se sentía ajena a Nueva Jersey y su pequeño universo; mientras los otros niños se disfrazaban de vampiro o momia para Halloween, ella escogía ser Fidel Castro.

Lebowitz alternó durante dos años limpieza de hoteles y casas con ser taxista, recepcionista o asistente pero jamás camarera

Allí encadenó una serie de trabajos que no la satisfacían, pero que daban dinero; aunque ninguno duraba demasiado. Todos acababan de manera similar, como en aquella heladería de la que fue despedida por «hostilidad generalizada», y ante una situación como esa, desamparada por su inmediata realidad, decidió mudarse a Nueva York con 18 años, donde comenzó viviendo durante dos meses en una residencia solo apta para señoritas.

Lebowitz alternó durante dos años limpieza de hoteles y casas con ser taxista, recepcionista o asistente pero jamás camarera, porque serlo en los locales donde había buenas propinas suponía acostarse con el gerente. Odiaba todos y cada uno de sus trabajos, en especial aquellos donde debía interactuar con personas que la despreciaban por ser mujer. Su vida no giraba alrededor de ganar, ahorrar y mejorar; ella quería disfrutar y conocer.

«Trabajaba lo justo para poder pagar el alquiler y entonces paraba. En cuanto reunía los 121 dólares que necesitaba, paraba. Lo que quería era salir, no hacer nada. Para que surjan ideas es muy importante salir con gente, hablar, sentarse en bares, fumar. ¿Sabéis cómo llaman a eso? Historia del Arte», afirma Fran en una de sus intervenciones públicas.

Con 20 años cumplidos decidió que era momento de escribir y no solo leer. Lebowitz asistía por entonces a todas las fiestas posibles cualquier día de la semana, pasaba en la calle las horas que hiciese falta para estar en esos círculos donde sospechaba que siempre se cocía algo. Consiguió hacerse un hueco en la pequeña, pero revolucionaria revista Changes, cuya jefa era la esposa del genio del jazz Charles Mingus, y su carrera comenzó a fraguarse entre artículos y críticas de películas que no veía nadie.

Sus textos se movían de mano en mano y ella parecía saberlo, pero no por ello dejaba de ser una asidua del mundo de la noche, del que ahora reclama obtener el puesto de Alcaldesa Nocturna de Nueva York. Cuando uno de sus artículos cayó en las manos correctas, Lebowitz pasó a trabajar para Interview y Andy Warhol, su director entonces. Fran nunca se llevó bien con el artista, al que todavía considera mediocre y revalorizado por la posterior narrativa. Su éxito fue la muerte. De hecho, ella vendió todas sus obras de Warhol solo dos semanas antes de que él falleciera y cree que incluso eso lo hizo para fastidiarla. En esa época se convirtió en lo que es hoy, una celebridad que alternaba con los mayores artistas del momento y con jóvenes que lo serían en el futuro.

Sus noches las repartía tanto con Duke Ellington, Robert Mapplethorn o Toni Morrison

Sus noches las repartía tanto con Duke Ellington, Robert Mapplethorn o Toni Morrison -de quien fue íntima amiga y cuya muerte le hizo perder a la única persona que consideraba sabia- como en apartamentos donde solo conocía al dueño. En estos ambientes fue construyendo sus argumentos, sus posiciones y reforzando las ideas de una persona observadora y profundamente enfadada con el mundo.


Lebowitz logró estar satisfecha como persona muy temprano. Cuando solo era una niña vio hablar a James Baldwin por televisión y su manera de expresarse, de exponer su punto de vista, la dejó totalmente perpleja. Fue la primera persona intelectual que conoció y desde entonces había aspirado a vivir rodeada de ello. Una vez lo había logrado, solamente tenía que mantenerse. En un punto intermedio entre fama y anonimato, Fran ha logrado el equilibrio que la convierte en un monumento vivo de una época desaparecida, del Nueva York de los años 70. De aquella miembro importante de la tribu que llenaba el Studio 54 ahora queda una superviviente cascarrabias, respondona y extremadamente neoyorquina.


Sus afiladas e irónicas opiniones le valieron el título de heredera de Dorothy Parker y por su comprensión del individuo y la masa intentaron buscarle un parecido cómico con Joan Didion, pero parte de los críticos la nombraron como hija fallida del Nuevo Periodismo. Lebowitz prefiere alejarse de comparaciones y solamente se dedica a quejarse, a molestar la conciencia de quien la escucha y no le gusta lo que oye. Pero en este mundo de la tecnología y de la manifestación gratuita en que vivimos, Fran decide no tomar parte. Se niega a poseer un teléfono móvil o un ordenador y todavía confía en las recomendaciones de tú a tú, sin caer en el saco de Internet. Sin embargo, esto no la aleja de la sociedad. Su aislamiento es solo aparente, pues en sus largos paseos es capaz de observar todo aquello que el resto de la sociedad hace.

Lebowitz se ha convertido en una más de ese grupo de cronistas de Nueva York, formado por gente como Scorsese, Woody Allen o Spike Lee


Lebowitz se ha convertido en una más de ese grupo de cronistas de Nueva York, formado por gente como Scorsese, Woody Allen o Spike Lee, y su peinado a lo Oscar Wilde, su silueta recta vestida con abrigo, botas y trajes de corte masculino —su sastre solo ha vestido a dos mujeres: ella y Marlene Dietrich— forma parte del imaginario colectivo de la metrópolis, como un icono al que ves arrastrándose alrededor de Times Square pero jamás en la plaza.


El paso incesante del tiempo y los alcaldes por la ciudad que idolatra no le impiden dejarse caer por todas las librerías que encuentra, los únicos lugares donde se libera y hace temblar a quien las atiende. Lebowitz posee alrededor de 10.000 libros, un estante solo para manuales de escultura en jabón y un cierto número de textos comunistas que adquirió por curiosidad, aunque cree que todos están mal escritos y de ahí el fracaso de sus políticas.


De toda esa lectura, Fran obtiene ciertas posiciones que en ocasiones encantan y en otras generan resquemor, pero precisamente su falta de poder hace que hable sin parar, porque de tenerlo, actuaría.
Nunca apoyó el feminismo y el #MeToo abiertamente, de hecho su éxito todavía la sorprende porque defiende que, salvo ligeros cambios, la vida de las mujeres ha sido igual desde Eva en el Paraíso hasta hace dos o tres años. Tampoco hace demasiado ruido por los derechos LGBT pese a ser abiertamente lesbiana. Aunque sí celebra las conquistas del movimiento.

Es una firme defensora de los derechos de las personas fumadoras y del snobismo siempre y cuando se base en cómo piensas, no en de dónde procedes


Prefiere invertir su tiempo discutiendo con turistas haciéndoles ver que los lugares que visitan son hogares para otras personas que tienen sus rutinas, en las cuales interfieren. Es una firme defensora de los derechos de las personas fumadoras -ella vive pegada a un cigarro-, y del snobismo siempre y cuando se base en cómo piensas, no en de dónde procedes.


Lebowitz, que ya se presenta como ex escritora, ha reconocido que cuando se haga una lista con los héroes de nuestro tiempo, sabe que ella no aparecerá; aunque sigue esperando con inocencia una llamada en la que le concedan el Nobel de Literatura. Mientras tanto continúa deambulando por Nueva York, esperando un poco de opresión que mejore la vida cultural y recomendando libros a todo aquel que quiera pensar. En uno de sus incisivos artículos, Fran Lebowitz se resumió a sí misma y le dijo a la sociedad cómo comportarse en un ya icónico párrafo: «Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar. Esto te dará algo en lo que pensar que no te hayas inventado. Una buena jugada a cualquier edad, pero sobre todo a los 17 años, cuando corres el peligro de llegar a conclusiones molestas».

La lengua de la alcaldesa nocturna
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