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Matar a la rubia

El otro día canturreando en alto la canción de Loquillo Cadillac solitario me di cuenta de que en el tema del exTroglodita Sabino Méndez hay otro personaje, uno del que no se nos dice nada más que un detalle. Hace 36 años una rubia se bajó del coche junto a la ladera del Tibidabo, una mujer sin nombre ni edad, negada de una historia y reducida al simple color de su cabellera. Comencé entonces a pensar en la identidad de la chica.
Polanski y Sharon Tate. EP
Polanski y Sharon Tate. EP

UNOS DÍAS después fui a ver la última película de Tarantino. Como consejo a quien no haya ido todavía recomiendo entrar en la sala cuando ya transcurriese una hora, más o menos. Está ambientada en el año 1969, esa época en la que Joan Didion encontró a una niña de cinco años comiendo LSD, y el mundo estaba envuelto en el movimiento hippie. En una de las escenas, una mujer camina por las calles de Los Ángeles con cierta inocencia. Se detiene frente a un cine y observa el cartel de la película La mansión de los siete placeres. Tras vacilar un poco, se acerca a comprar la entrada y cuando llega el momento de pagar, decide descubrirse: "Salgo en esa película, soy Sharon Tate". Era otra rubia.


Dudo mucho que la chica que probó los asientos traseros del cadillac de Loquillo fuese Sharon Tate, pero en la película se le da un nombre y apellido, al menos. En la gran pantalla las mujeres de cabello dorado se han ido convirtiendo desde los años 50 en un objeto de deseo al que exhibir sobre el capó de un coche muy grande. La historia de las no morenas se ha escrito como una tragedia. Han sido engañadas, abandonadas cientos de veces, catalogadas como la otra y acuchilladas en duchas. En las películas de terror clase B la rubia siempre se ubica en la misma posición en la lista del asesino: entre el negro y el valiente.


Si algo tengo que reconocerle a Tarantino es el mérito de entender que Sharon Tate no era la clásica blond girl del Hollywood dorado al estilo Marilyn Monroe, menos aún la tonta enamoradiza que las comedias de los estudios de cine quisieron enseñar al mundo. Tampoco era de las neuróticas y frías nórdicas con las que Hitchcock se obsesionó. De hecho, ella era más conocida por su rostro, que fue catalogado por Vanity Fair como uno de los más bellos de la gran pantalla, y eso no le molestó ya que, desde niña, su madre la convirtió en una de esas pequeñas Miss Algún Estado Yanqui en varias ocasiones.

Aquello quizá fue un disparo de advertencia que nadie supo interpretar


Antes de formar parte del matrimonio más popular del Hollywood de la época, Sharon mantuvo una relación con el peluquero Jay Sebring, conocido por ser el precursor del corte masculino a tijera —en lugar de maquinilla— o el uso de la laca en hombres. Ambos se mudaron a la casa de él en Easton Drive, una mansión que perteneció Jean Harlow, La rubia platino del cine de 1930, que falleció con 26 años, los mismos que Tate cuando la Familia Manson entró en su casa. Aquello quizá fue un disparo de advertencia que nadie supo interpretar.


La carrera de Sharon como intérprete pudo crecer más rápido pero su belleza paradójicamente hizo que, en ocasiones, estrellas como Elizabeth Taylor no la quisieran de secundaria. Esto provocó que al final de su vida sumase tan solo seis películas como actriz y cuatro como figurante. No fue su dramático papel en la película de culto ‘El valle de las muñecas’ como sex symbol de gran corazón que rueda porno para proteger familia —por la que fue considerada en los Globos de Oro como una estrella emergente— ni su matrimonio con el director Roman Polanski lo que hizo de ella un mito de los años 60, fue el hecho de haber sido brutalmente asesinada estando embarazada. Sin embargo, lo más probable es que Sharon llevase ya un tiempo muerta en vida.
Polanski confesó en sus memorias que la primera noche que pasaron juntos en su casa ambos tomaron LSD y ella le contó que fue violada con 17 años, pero que no había supuesto un trauma emocional en su vida. Al final de la noche, por supuesto, hicieron el amor. Él era un judío polaco que sobrevivió al Holocausto, ella una americana apátrida por culpa del oficio militar de su padre.


Colaboraron por primera vez en la película El baile de los vampiros pese a que Polanski pensaba que Sharon no era apta por su físico, no era lo suficientemente hebrea. El vínculo entre ambos se fortaleció en el rodaje de Ortisei, donde se convirtieron en amantes, y esta vorágine emocional llevó a la actriz a romper su relación con Jay Sebring. Él les dio su bendición y terminó siendo el mejor amigo de la pareja.


La profunda sensualidad asociada a las rubias se fundió, en el caso de Sharon, con la mentalidad propia de la revolución sexual de los años 60. Desde un principio dejó claro a Polanski que eran una pareja abierta, así él podría desfogarse tranquilamente con otras mujeres sin necesidad de dar explicaciones ni ocultarse. Ella por su parte no quería, como declaró en una entrevista, un hombre débil a su lado que «que deja que su mujer lo ate o que le obligue a renunciar a sus instintos naturales».

El día antes de la ceremonia un ejecutivo de Playboy organizó una orgía como despedida de soltero para Polanski


Con estas libertades la boda no tardó en llegar. El matrimonio se hizo oficial en Londres, Sharon llevó margaritas en el pelo y un vestido corto que se subastó hace menos de un año por 50.000 dólares. El día antes de la ceremonia un ejecutivo de Playboy organizó una orgía como despedida de soltero para Polanski, a la que acudieron personalidades como Michael Caine o Terence Stamp, y que fue conocida por su prometida.


Antes de dar el 'sí, quiero', Sharon ya había asumido una posición complaciente y sumisa que colocó al director por encima de la actriz a lo largo de su matrimonio. En una ocasión, Polanski criticó la manía de mordisquear las uñas que tenía la rubia, tildándola de infantil. De ahí un tiempo, ella le envió una carta en la que explicaba que sus uñas habían crecido porque ya no las mordía y que estaba lista para arañarle la espalda de manera erótica.


La faceta hogareña se apoderó de la actriz, quedando relegada a cocinera y ama de casa. Ella nunca se mostró molesta. Hacía las maletas del director cuando este salía de viaje, cuidaba del hogar y daba cenas para muchos invitados, pero ella necesitaba algo más.


La línea divisoria entre Polanski y Sharon fue la maternidad, un deseo que la actriz no ocultaba y que despertaba temores en el director. Mientras debatían cómo solucionar ese asunto, se dedicaron a buscar un hogar. La rubia necesitaba la casa de sus sueños pues, aunque tardó lo máximo posible en decírselo a su marido, se había quedado embarazada pese a llevar un DIU. Pasaron por las habitaciones del Chateau Mormont y el Sunset Marquis hasta encontrar el 10.050 de Cielo Drive. 


Lo ocurrido hace cincuenta años en aquella casa a manos de la Familia Manson ya es de sobra conocido. Junto a Sharon fueron asesinados dos amigos y su exnovio peluquero, Jay Sebring; además de Paul Richard Polanski, el bebé que habría nacido tan solo dos semanas después del crimen y que fue enterrado en los brazos de su madre. Polanski enloqueció, no por la noticia, sino por el anonimato de los autores. Durante un tiempo pensó que había sido obra de Bruce Lee, que conoció a la actriz en el rodaje de la película La mansión de los siete placeres y estaba invitado a la casa la noche de los hechos.


Antes de que ambos se despidieran en vida para siempre, Polanski le dejó un ejemplar de la novela Tess, la de los d’Urberville de Thomas Hardy, una historia sobre la violación y desgracias de una joven ingenua, acompañado de una nota que decía que "podría ser una buena película". Diez años después, el cineasta rodó una adaptación con la también rubia Nastassja Kinski con la que mantuvo un romance cuando ella tenía solo 15 años.


La posible versión de Sharon Tate no llegó nunca al cine por una tragedia, así como tampoco llegó a trascender la sumisa que se ocultaba tras el trampantojo de mujer independiente, todo envuelto en una belleza que Polanski definía como "digna de ver". Sharon no es una más del club de mujeres de pelo dorado, ella fue la primera rubia no rubia. Quizá la chica que se bajó del cadillac hace 36 años junto al Tibidabo tampoco era rubia, solamente teñida.

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