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Pateticos como tú

Mientras que este año bastantes premios de cine —y los más importantes— terminaron en Corea del Sur gracias a Bong Joon-ho, muchos otros contendientes se han resignado a ver cómo pasaban por delante de ellos. Sin embargo, también hay un cierto sector que no ha pasado el corte de la corrección aunque cumplan con la calidad.

ANTES DE LOS Oscars están los Spirit, unos galardones que reconocen a la industria independiente y que, de hecho, le están comiendo terreno a los grandes gracias al espectáculo que ofrecen. En la última ceremonia de estos, una de las cintas triunfadoras fue Uncut Gems (Diamantes en bruto), disponible en Netflix.

El filme de los hermanos Safdie sigue la suerte del Gran Torino de Clint Eastwood, es decir, no pasar los límites de la moralidad imperante en la industria por su trama y, en gran parte, por el uso del vocabulario de manera afilada para realzar personajes que habitualmente quedan fuera del protagonismo. Además de esto, el mundo todavía no estaba preparado para ver a Adam Sandler —un clásico de las comedias yanquis más tontas— en un papel tan duro como enrevesado.

Uncut Gems es un retrato de la comunidad judía y la afroamericana, en concreto, de sus miembros relacionados con el tráfico de diamantes y joyas —así como su fascinación por la opulencia casi barroca—. Entre los muchos roles que se presentan hay mafiosos y contrabandistas, socios que traen a clientes VIP —como jugadores de NBA—, mujeres interesadas y, en medio de todos ellos, Howard Ratner, un pícaro fracasado.

En la ciudad de Nueva York hay un barrio o una milla para todo, desde Chinatown a Broadway; lugares donde se agrupan y agolpan personas con algo en común. Por supuesto también existe un punto de peregrinaje para los amantes de los diamantes. Aquí negocia Howard Ratner, comprando y vendiendo Rolex sin papeles de autenticidad y moviendo entre prestamistas objetos de valor para salvar su pellejo de las deudas.

Aunque sobrevive sin mayores problemas a ojos de todos, debe hacer frente a la fama de patético que lo rodea. Su mujer no lo respeta, sus hijos no ven nada positivo en él, su amante lo idolatra por su supuesta fortuna y, sin que nadie lo sospeche, debe más de 100.000 dólares a un familiar. Pero todo puede cambiar, está a tiempo de hacer ver al mundo que es un gran empresario —algo que en su cabeza es obvio—.

Este patético vive obsesionado por el azar y la posibilidad, siempre esperando un giro de suerte que le haga inmensamente rico. No es avaro a secas —como dicta ese clásico retrato del pueblo judío que los atormenta desde hace siglos—, sino que cree que una fortuna lo elevará socialmente y le transferirá ese estatus deseado, borrando de su nombre el sinónimo de fracaso. Pero quien confía en la diosa Fortuna ha de aceptar también sus malos designios.

Howard Ratner es, cuanto menos, la excepción de los judíos que lo rodean. Sus trapicheos e intuiciones lo llevan a hacer el ridículo constantemente —siendo hasta difícil de ver como espectador por la vergüenza ajena que desprende—, pero también construye una telaraña de tensiones que a partir de los primeros quince minutos agarrota los músculos de la audiencia, una presión que no te abandona hasta los créditos.

Estos impulsos del patético por el riesgo económico no crean el ritmo frenético de Uncut Gems; son, de hecho, los eventos fortuitos —no los que él desea, obviamente— los que derivan en una especie de contrarreloj vital. Tras conseguir un ópalo multicolor, una pieza rarísima extraída de una mina africana y con alta tasación para una subasta, una cadena de imprevistos atrapan a Howard en situaciones irrevocables y de una única salida.

En cierto modo, este fracasado no es distinto que esos niños que llegan solos hasta la portería y deben tirar para marcar sí o sí, pues qué otra opción queda; o los participantes de concursos —en una última pregunta, ¿quién no contestaría?— donde pueden hacerse millonarios. En esta cinta, sin embargo, entra algo más en juego que el instinto: la idiosincrasia de dos pueblos, y las obligadas relaciones de confianza entre cliente y vendedor.

Durante dos horas de cuerpo tensionado —puede provocar dolor de cabeza—, el espectador solo observa intercambios de insultos a gritos y una cámara que persigue a un hombre fallido, que no termina de alcanzar su plenitud por querer satisfacer a todos. Aunque por momentos el primer impulso es gritarle a la pantalla: "¡Espabila!", algo en Howard despierta la ternura para desearle buena suerte.

Empatizamos con un perdedor porque en cierta medida toda persona ha sido víctima de escarnio público —o teme serlo— y de manera inconsciente deseamos la fortuna que él. Más allá de loterías y apuestas o posibilidades laborales, vivimos rodeados de impulsos que llaman al subconsciente que cree en el azar. Los diamantes que obsesionan a Howard son, a su manera, los sueños del resto de mortales. Y, ¿quién no se arriesgaría por cumplirlos? En el fondo, todos rozamos ese patetismo

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