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Risas en conserva

Hace poco pasó por mi pantalla uno de esos estudios sobre curiosidades que no sabías que necesitabas saber hasta que lo sabes. Este versaba sobre por qué sentimos un impulso irracional por volver a aquellas películas, libros o series que ya conocemos, consumirlos en bucle como si fuese la primera vez aunque sepamos cada palabra.
Office

LA CONCLUSIÓN, en resumen, es que construimos tranquilidad y buenos recuerdos —no por ello verdaderos— alrededor de elementos como personajes o guiones. Todos poseemos estos lugares de calma y seguridad de manera inconsciente y quizás por todo lo que ha traído el 2020, se hayan revalorizado como una casa en la playa. En esta espiral de volver atrás es necesario hacer una parada en The Office (Amazon Prime).

Esta clásica comedia terminó al principio de esta década pero, aún con el paso del tiempo, permanece y amplía sus afiliados a cada minuto que pasa. Imágenes incesantes sobre muchos momentos de sus capítulos se recuperan todos los días en redes sociales, algo que pocos iconos culturales son capaces de lograr y mucho menos el humor, un material de riesgo que puede caer maldito debido a un mal envejecimiento.

Una primera señal fue sobrepasar a la versión original, la británica de tan solo 14 capítulos que Ricky Gervais hizo famosa. Los de la isla de Shakespeare fueron incapaces de evitar el tsunami yanki que capitaneaba Steve Carell, aunque su paseo por la cuerda floja con determinados chistes casi les cuesta una cancelación prematura. Lo que pudo parecer sexismo y racismo terminó entendiéndos como el retrato de la valiente ignorancia que son.

Utilizar una oficina como escenario cómico no era novedoso, como tampoco lo son sus personajes arquetípicos. Sin embargo, en la interacción entre ellos hay una frescura —entendida como tal en 2005— que, trazando una línea, llega hasta comedias actuales como Fleabag, Modern Family o el ya extinto Camera Café español. No hay secreto: hablar a cámara directamente sabiendo que hay un espectador, sin intermediarios visibles.

Estas miradas, gestos y acciones que parecen secundarios son, en realidad, lo humano tras la broma. Los cuatro o cinco bufones de turno chocan con otras identidades que diariamente viajan en autobús, llegan a oficinas y nos atienden por teléfono. Y, de ahí, nace el humor por momentos incómodo de The Office.

No es habitual que en radio o televisión el sonido se ausente, es la muerte de la presencia y deja un momento para que la audiencia escuche su propia voz

Quizás si hay otro secreto a mayores de romper la cuarta pared con naturalidad. El silencio, los silencios. No es habitual que en radio o televisión el sonido se ausente, es la muerte de la presencia y deja un momento para que la audiencia escuche su propia voz. Pero si este mutismo se utiliza sabiamente puede convertirse en un arma punzante, de las que evidencian y ridiculizan públicamente.

Mientras que muchas comedias antiguas —y otras recientes— siguen apostando por risas enlatadas, The Office permite que la risa surja sin fuerza, sin un clip de sonido de 14 gargantas a carcajadas que encaje con lo que el guión considera un punch o chiste potente. Con el paso del tiempo y el avance de la ética social, cosas del viejo humor ahora nos repugnan y esas risas enlatadas, son casi de conserva mala y aceitosa.

Dicen los que se dedican al negocio de la comedia que lo peor que un chiste puede generar es silencio incómodo, de ese que te señala como culpable del malestar general. Simultáneamente, es el contenido fantasioso —o casi de ciencia ficción— de estas bromas lo que nos ata al sillón e impide apagar la televisión. La vida, con sus más y sus menos, parece la fuente primordial del humor y capaz de superar los guiones de la ficción.

Al igual que en las novelas de misterio, las comedias deben ir al detalle y usar la mejor narración para que nos embauquen,

Mientras que los dramas pueden crear universos alternativos, la comedia se agarra a lo común y mortal para empatizar con quien busca reírse. Esta incesante búsqueda de proximidad y verosimilitud nos fuerza a creer que hay en el destino una especie de sentido del humor, como si nuestra vida fuese el entretenimiento de otro alguien que mira.

Al igual que en las novelas de misterio, las comedias deben ir al detalle y usar la mejor narración para que nos embauquen, para despertar eso que llaman curiosidad y sorprendernos al crear una risa inexistente. Es la forma del relato lo que consigue este objetivo, la velocidad y la pausa, elementos casi científicos que con sus dosis correctas pueden parecer pólvora.

Algo que falla en la expansión internacional de las ficciones es la inadaptación de una cultura extranjera con la nativa, la falta de contexto entre unos chistes o referencias con el entorno de la audiencia. Perder la conexión. Solo aquellos que profundizan en lo esencial logran imponerse a las barreras sociales, los que entienden que los monólogos anglosajones de stand up comedy están emparentados con los contacontos de Galicia.

No es sencillo hacer reír, esto ya lo descubrieron los griegos. De hecho, la lágrima es más accesible que el sonido de una carcajada. Pero la verdadera virtud es que aquellos que deben divertirnos también consigan emocionar y apelar a lo emotivo, completando el abanico de emociones humanas. Y a quien lo logre, deben meterlo en una oficina para que trabaje y los demás miremos.

Risas en conserva
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