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Ignominia

HACE AÑOS, Jaime Mayor invitó a almorzar a cuatro o cinco periodistas de los tiempos de la Transición en compañía de Santiago Carrillo y de Rodolfo Martín Villa. Este último era ministro de Gobernación cuando Carrillo fue detenido después de semanas de callejear por Madrid clandestinamente, cubierto con una peluca para pasar inadvertido. Pasó pocos días en prisión, Martín Villa movió hilos para que las autoridades penitenciarias lo pusieran en libertad e iniciara su carrera política en la nueva España posfranquista, en la que fue figura clave.

El almuerzo tenía una razón: entregar a Carrillo la peluca que había sido su seña de identidad en la clandestinidad, encontrada poco antes en una comisaría. Los dos políticos recordaron tiempos pasados, contaron experiencias y anécdotas de los años en los que se puso en marcha la Transición y demostraron su excelente relación. Finalizó el encuentro de forma desconcertante para Mayor Oreja: la peluca que sacó de una caja no podía ser la de Carrillo, pues la del dirigente del PCE era canosa, no color caoba.

Martín Villa tuvo cargos en el franquismo -era azul, como se decía durante la Transición- pero desde el "azulismo", como hicieron Adolfo Suárez y tantos otros, apostó firme y activamente por la democracia. Ahora, una juez argentina le ha llevado a declarar porque en su país se presentó una querella contra la Transición española por supuestos crímenes contra la humanidad, tomando como referencia una docena de muertes que se produjeron en los años setenta por parte de la Policía española, la mayoría de ellas en confrontaciones con manifestantes.

La Justicia española respondió a Servini que no tenía competencias para juzgar a un español sobre supuestos delitos cometidos en España, pero Martín Villa ha querido declarar para defender la Transición; años históricos en los que el objetivo fue convertir una dictadura en una democracia plena, con un rey como impulsor y la participación de todas las fuerzas políticas sin excepción. En un clima de responsabilidad compartida que se vio en el almuerzo de la peluca, con dos de los protagonistas de una experiencia vital y política que asombró al mundo. Como declaró Martín Villa, un genocidio habría sido impensable en la Transición.

Los jueces y fiscales españoles han sido claros, pero la fiscal general Dolores Delgado ha caído en la ignominia de poner en duda que Servini no pudiera interrogar a Martín Villa, basándose en las iniciativas de su buen amigo Baltasar Garzón en pro de la llamada "memoria democrática".

Los expresidentes de gobierno han enviado cartas a Servini elogiando el papel de Martín Villa en tiempos difíciles, pero siempre hay quien pretende enmendar la plana a quienes saben. Es inconcebible que personajes públicos, varios de ellos en el Gobierno y las instituciones, todavía se empecinen en cuestionar lo incuestionable e incluso se atrevan a dar la razón a una juez argentina frente a los jueces y fiscales que defienden las leyes españolas.

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