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¡A la hoguera!

ESCRIBÍA Manuel de Lorenzo hace unos días una columna en la que defendía por qué, en su opinión, la obra de un artista puede, y debe, ser valorada con independencia del juicio que la persona nos merezca. Y ponía numerosos ejemplos: Celine, Polanski, Lovecraft o Caravaggio. Y los que no sospecharemos, añado yo.

Y hacía un comentario sobre las últimas acusaciones, de nuevo, a Woody Allen. Acusaciones que le han valido la condena generalizada de, por así decirlo, Hollywood: actrices que repudian el haber trabajado con él, o que prometen donar sus ingresos por películas suyas a fundaciones que ayuden a víctimas de abusos, por ejemplo. A pesar de que esas acusaciones no hayan sido nunca probadas. Es más, a pesar de que ya lo hayan juzgado en dos ocasiones y nunca haya sido condenado, como explicaba muy bien Robert Weide hace hoy cinco años en Diez cosas que no sabes sobre el caso Woody Allen.

Yo no sé si mi director favorito es un pederasta. Y no me da igual; porque, aunque básicamente estoy de acuerdo con Manuel, me resultaría imposible obviar ese dato, si fuese cierto. Lo que sí sé es que, a pesar de las constantes acusaciones y de la fuerza de la parte contraria, W. A. no es, para la justicia, culpable de nada. Y también sé que eso parece no importar.

Las épocas en que acusar equivalía a condenar, en que llegaba con señalar y llegaba con creérselo, han sido numerosas: las brujas con la Inquisición, las otras brujas con McCarthy, los conversos españoles, los judíos ante los nazis, los antisoviéticos en la URSS de Stalin, etc. Y fueron siempre épocas terribles, dominadas por el miedo y la sinrazón. Aunque en todas y cada una de ellas quienes las provocaban no dudasen de que hacían el bien.

Me repito, pero ya lo describió perfectamente Philiph Roth en La mancha humana: una cita literaria de un profesor es interpretada como un comentario racista y la desgracia cae sobre él, que pierde su empleo y el respeto de la comunidad. Pero donde hace hincapié Roth no es en quienes actúan desde la maldad o la estupidez, sino en quienes (colegas, jefes, amigos), aun sabiendo que todo ha sido un error, se callan para no tener problemas, para no llamar la atención de los linchadores.

Porque de eso se trata, de linchamientos. En nombre de la justicia, como siempre. Linchamientos basados en la respuesta inmediata a informaciones sesgadas o falsas, y espoleados por las redes sociales. Linchamientos contra los que casi nadie se atreve a alzar la voz, por miedo a resultar sospechoso.

Afortunadamente, hoy en día ya no es tan fácil encontrar un árbol y una buena soga.

¡A la hoguera!
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