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Beber y leer

"Algo debemos de hacer muy mal para que nuestras cosas (...) tiendan a complicarse y a atascarse tanto"

EL DÍA DEL LIBRO fui a una librería y me tomé dos cervezas y unos cacahuetes.

Mi amigo Javi llegó mojado y me empapó de un abrazo. Siempre me sorprende que llueva en Madrid; no sé a qué viene, la verdad

Me regaló El elogio de la sombra (Siruela, Biblioteca de Ensayo), del japonés Junichiro Tanizaki, que trata, literalmente, de la sombra, de su importancia en la casa tradicional japonesa, de su influencia en la concepción de las estancias, en sus artes decorativas o en la presentación de sus comidas, y también en la estética de los roles clásicos del teatro noh o en el maquillaje y vestuario de las mujeres. Pensar que se oscurecían los dientes con laca negra da una idea de la distancia sideral que separa nuestros dos cánones de belleza.

Entre trago y trago compré El periodista deportivo (Anagrama) de Ford, porque he perdido el que tenía, y para ver si esta vez consigo acabarlo; Mañana tendremos otros nombres (Alfaguara), de Patricio Pron, una incógnita para mí; Dog soldiers (Malas Tierras), al parecer una obra maestra de Robert Stone de la que yo no había oído hablar, e Historias tardías (Eterna Cadencia), de Stephen Dixon, que si hacemos caso al crítico Rodrigo Fresán es una joya. La librería era Tipos Infames, de Madrid; una de esas que te permiten contestar dos preguntas: qué falta en las de tu ciudad y cuál es la clave para sobrevivir vendiendo literatura en vivo en la era de internet. La respuesta es la misma y se llama buen librero.

Javi venía con ganas de beber y yo no vi motivos para no hacerlo. Justo ayer leí en Los anillos de Saturno, de Sebald, que fue Edward Fitzgerald quien tradujo en su casa de Suffolk y presentó en Occidente la obra del astrónomo, matemático, filósofo y poeta persa del siglo XI Omar Jayam. Acordarnos de que en Rubaiyat cantó las bondades del vino y de beber con los seres queridos nos habría hecho sentir un poco más trascendentales. Pero, sin saberlo, le hicimos caso.

Sufrimos demasiado. Quiero decir: para no sufrir en serio, sufrimos bastante. Algo debemos de hacer muy mal para que nuestras cosas, que vienen fáciles, que no nos ponen en peligro y hasta son voluntarias, tiendan a complicarse y a atascarse tanto.

Hace unos meses, viendo una película con los niños, les di un consejo. Que no pasaba nada si de mayores bebían, como bebemos nosotros, con cabeza, como nos ven ir de cañas o cenar con vino con amigos. Que tenía su parte buena. Pero que siempre bebiesen porque se sentían bien, no porque estuvieran mal. Creo que es un buen consejo. Aunque nosotros a veces no lo sigamos.

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