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Él la besó apasionadamente

En Tormenta de verano, la gran novela de García Hortelano, el protagonista sale a dar un paseo por el campo y dice que solo es capaz de distinguir entre árboles, matorrales, hierbajos y flores. A mí hoy me ha pasado lo mismo, pero paseando por una calle de Madrid: solo sé que eran árboles.

Yo creo que poca gente lee a Hortelano. Y es extraordinario, un escritor extraordinario. Tan bueno como el noventa por ciento de Marsé (todo el mundo patina alguna vez, sobre todo cuando ya es famoso, y yo tuve que dejar Caligrafía de los sueños, a pesar, o a causa, de que llegué a ella recién conmocionado por sus obras maestras). Y esa novela en concreto, junto con El gran momento de Mary Tribune, me deslumbró. De hecho, me influyó tanto que cuando la estaba leyendo salí, un sábado, y decidí beber lo que aquel protagonista: ginebra sola con hielo y unas gotas de zumo de limón. Ya que no podía escribirlo, me dediqué a imitarlo. Pero me dediqué poco tiempo, porque al cabo de una hora y pico, cuando pasé de la quinta a la sexta copa, de repente todo me cayó encima y quedé fuera de combate. Mi novia tuvo que llevarme a casa, y no recuerdo subir los cinco pisos de escaleras. Ella estrenaba coche y yo cazadora, y vomité sobre ambos. Las costuras de la cazadora nunca quedaron bien del todo, y el asiento del acompañante del Arosa, tampoco.


Es muy difícil escribir bien. Y escribir ficción lo es infinitamente más. Por una parte, si uno escribe una tesis, una crónica o incluso una columna como esta, en realidad no inventa demasiado, se limita a dar forma a algo que ya estaba ahí. En cambio, en la ficción hay que crearlo todo. Aunque se hable de algo real que existiese antes, desde que el autor se mete en ese terreno tiene tanta libertad y tanto margen de decisión que todo cambia. Crea. De cero. Y las posibilidades nos desbordan, nos enloquecen las alternativas infinitas de fondo y forma. Pero es que, además, al sentarnos a escribir ficción, al sentarnos a crear, nuestra cabeza se llena de ideas terribles, tales como literatura, artista o escritor; y entonces sobreviene la catástrofe.


García Hortelano, como Marsé, escribe sin que se le vean los andamios. Escribe tan bien que parece natural. Sin intentar demostrarnos en cada párrafo lo buen escritor que es y la gran literatura que hace. Y la hace. No hay tópicos, no hay expresiones forzadas, no hay frases levantadas en honor al autor, no hay voz engolada, no hay ojos entrecerrados que callan secretos mientras contemplan la puesta de sol, no hay baratijas ni basura. Lo único que hay es talento. Que es lo único que no se puede aprender.

Él la besó apasionadamente