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Nosotros, los esquimales

He venido a Madrid tras Filomena. Después de dos días haciendo un recorrido de media hora por la nieve, ayer vi el documental Nanuk, el esquimal y me sentí reflejado.

A PESAR de haber sido bombardeados durante una semana con escenas de cómo está la ciudad, al llegar a Chamartín nos quedamos sorprendidos. A partir del punto donde se ha detenido el tren, ya no se ven las vías, solo hay nieve. Como si en lugar del Ave nos hubiésemos bajado del Transiberiano. Me he traído botas de montaña y un bastón para caminar, guantes y, por primera vez en mi vida, mallas bajo los pantalones. Me envuelvo en la bufanda, salgo de la estación y la sorpresa se va transformando en asombro, y el asombro en alarma. Delante de las puertas hay una montaña de nieve apilada de la altura de tres personas. Comenzamos a andar y vamos dándonos cuenta de la verdadera dimensión de lo que ha ocurrido.

Ya, ya sé que están hartos de que las noticias sean el tiempo que hace en Madrid. Que hay muchos más sitios aislados. Que si el centralismo de nuestra prensa y tal. Y algo de razón no les falta. Pero es que, vamos a ver, aquí vive el diez por ciento de la población del país. Y no es que haya nevado, no es que la ciudad esté cubierta por un blanco manto: es que está literalmente sepultada bajo la nieve. Y se ha parado. Solo donde han pasado las máquinas se ve algo de asfalto, todo el resto de calles están intransitables, y si te aventuras por ellas te hundes hasta la rodilla. Los coches están atrapados en sus aparcamientos o dejados de cualquier forma donde ya no pudieron seguir, cruzados e invadiendo los carriles. Hay árboles caídos sobre vallas y señales de tráfico, y la mitad tienen ramas rotas colgando. Aunque todavía no son las ocho de la tarde, apenas hay gente y solo de vez en cuando pasa un coche muy despacio, con las luces de emergencia encendidas y atento a los peatones que avanzamos por la calzada. Arturo Soria, una avenida de tres carriles en cada sentido, está desierta y blanca, y el estanque de un parquecillo está congelado. Un trayecto que normalmente me lleva quince o veinte minutos, tardamos en hacerlo casi una hora. La impresión general, las escenas, son apocalípticas. Y sin querer pienso que los caminantes aislados que vemos son supervivientes de alguna serie de zombis buscando un supermercado que asaltar.

Por la tarde veo la película Nanuk, el esquimal, un documental de Robert Flaherty filmado alrededor de 1920, en el que durante una hora se ofrece una muestra de la vida de una familia inuit

Y en ese ratito andando por la nieve me da tiempo a imaginar lo que debe de ser una travesía de verdad en los Alpes, en el Himalaya, en Siberia, en el Ártico o en las montañas de Caradhras —salvo si eres un elfo—. Media hora de esfuerzo y ya me identifico con Scott, Amundsen o Shackleton, y con las dotaciones de tantos barcos atrapados meses e incluso años en los hielos.

Así que el jueves por la tarde veo la película Nanuk, el esquimal, un documental de Robert Flaherty filmado alrededor de 1920 –ya vemos películas de un siglo de antigüedad-, en el que durante una hora se ofrece una muestra de la vida de una familia inuit del nordeste de Canadá: desplazamientos en kayak, la caza de una foca, la de una morsa, la pesca del salmón, la construcción de un iglú con su ventana acristalada y todo, y los preparativos para pasar la noche. Curiosamente, la dieta esquimal, que en más de un 90 % consiste en proteínas y grasas, es saludable y completa, en parte gracias a comer casi todo crudo, y en parte porque se ve compensada con un desgaste energético terrible. La película me encanta.

No sabemos lo que son las condiciones climáticas extremas, claro. No tenemos ni idea, por muchas series noruegas que veamos. Cuando oímos que a Napoleón y a los alemanes los derrotó, en sus intentos de conquistar Rusia, el frío, a veces no nos convence demasiado. Que tampoco sería para tanto. Que a lo mejor es que ya no iban con muchas ganas. Hasta que te paras en una gasolinera de Valladolid a las ocho de la tarde de un día de enero, y bajas a estirar las piernas, y a los dos minutos te das cuenta de que, como no te abra el coche, mueres allí mismo.

Por eso a menudo me pregunto qué llevó a algunos pueblos a establecerse en lugares donde la mera supervivencia supone una lucha continua contra un entorno inhabitable. Qué hizo que un grupito de los que veinte mil años atrás cruzaron el estrecho de Bering, cuando los demás al fin consiguieron sortear los glaciares y seguir hacia el sur, pensase que en medio de aquella extensión helada se estaba bárbaro, que a ellos aquello ya les valía, y decidiesen no acompañarlos. Hasta hoy. O por qué los beduinos del Sáhara, en un primer momento, no se plantearon acercarse al borde del desierto y probar qué tal era lo de vivir a temperaturas menores de 45 grados. Pero también lo he pensado más cerca, a veces en Galicia, cuando allá lejos, en el quinto carallo, en medio de un monte inaccesible, ves, saliendo entre la niebla, la luz de una casa aislada: me cuesta imaginar el momento en que una familia apareció allí, exhausta, y llegó a la conclusión de que sitio como aquel para fundar un hogar, ninguno.

Los niños esquimales, los hijos de Nanuk, parecían muy contentos. La familia entera lo parecía, no dejaban de reírse.

Nosotros, los esquimales
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