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Extrapolando

Es bien sabido que en las aldeas gallegas, durante mucho tiempo y a veces aún ahora, bastantes perros llevaron los nombres de algunos de los mariscales de Napoleón.

NEY Y SOULT, los más habituales, eran por ejemplo los de mi tío abuelo Joel. Dos perros de caza que a duras penas se levantaban de su rincón de la lareira, cansinamente, cuando llegábamos, para venir a olernos sin demasiada curiosidad. Solo en una ocasión en que Joel, para enseñarnos su escopeta de caza, la disparó en la eira, de repente cobraron vida, la adrenalina inundó su torrente sanguíneo y salieron de la casa ladrando y buscando la presa a cobrar.

Ayer hablábamos de eso, mientras Gabi, Gabriela, extrapolaba. Estaba contenta con su piedra nueva proveniente de un valado menorquín, y quizá por eso extrapoló tanto durante toda la noche, que no era otra que la de Fin de Año. Estábamos en casa, y lo que iba a ser una cena de fortuna, improvisada y sin complicarnos demasiado la vida, resultó un exceso descomunal incluso en el marco del exceso crónico que son todos estos días. Menos mal que la velada fue larga y al llegar el momento de acostarnos mi cuerpo ya admitía la horizontalidad sin riesgo de desbordamiento.

Y al día siguiente, a pesar de la desmesura previa, ya estábamos dispuestos a seguir celebrando. Era el día del santo de mi madre, como todos los 1 de enero, y tuvimos una comida agradable y una sobremesa aún mejor. Jugamos al Rummikub, que es una especie de chinchón de mesa estratégicamente evolucionado, y mi padre aprovechó para darme la última entrega de correcciones al libro que le estoy pasando a ordenador: es un libro sobre Cunqueiro, en el que le rinde homenaje y va explicando por qué, y con el que he disfrutado mucho, pero no tanto como él, que ha tenido la excusa perfecta para sumergirse durante meses en ese mundo en el que tan feliz ha sido cada vez que ha entrado. Lo de los nombres napoleónicos de nuestros perros, por ejemplo, si no fuese cierto se lo habría inventado el de Mondoñedo, como se inventó el paisaje de Bretaña por si acaso no era como debía.

Van pasando los años. Y pasan por nosotros, sin duda; y a veces por encima. Pero por ahora sigo pensando cómo va a ser el que viene y qué podré hacer para aprovecharlo mejor, para que resulte bueno. Lo que incluye propósitos y todo. Todavía encuentro motivos para hacerlo, y muchos, a mi alrededor. Y yo, en eso, en ese gesto optimista, veo, quizá extrapolando también un poco, una señal de esperanza: parece que aún estoy lejos de tirar la toalla.
No la tiren ustedes tampoco.

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