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Fingir

A las dos semanas de que empezara todo esto hice una broma, diciendo que había descubierto que era alérgico a la gente. Ahora temo que sea verdad.

HAY ALERGIAS alimentarias que se tratan a base de ir intoxicando poco a poco, bajo control, al paciente. Si sale bien, después, el alérgico tiene que seguir consumiendo ese alimento, porque de lo contrario el cuerpo vuelve a su normalidad y se hace intolerante de nuevo. Pues bien, creo que el confinamiento ha sacado a la luz mi alergia a la gente: una temporada sin contacto ha provocado que cada vez la tolere menos, que no tenga paciencia, que me sobre, y que pensar en volver a rodearme de ella se me haga un poco cuesta arriba.

Y eso tiene que ser muy malo. No se puede escapar de los demás, como no se puede escapar del mundo ni de la vida, salvo que se pida definitivamente la baja. No se puede y no se debe, supongo.

«Es increíble la cantidad de tonterías que uno puede llegar a creer si se aísla demasiado tiempo del pensamiento de los demás»: hace años que conozco esa frase y se la atribuyo a Keynes, pero la verdad es que no tengo ni idea de si es suya ni la encuentro por ninguna parte. En todo caso, es magnífica, y creo que resume bastante bien el peligro que me acecha tras esta cuarentena.

Está claro que el aislamiento no necesita estados de alarma, que viene de antes. Sobre los perjuicios de cocernos en nuestra propia salsa ideológica, agudizados contra todo pronóstico por las redes sociales, ya se habla mucho —aunque sea en vano—.

De ese discutir en el gueto, con nosotros y para nosotros, reafirmando sin cesar nuestras posturas frente a cualquier intromisión, para bien y para mal. La normalidad ya era alarmante. Pero esto que me pasa es diferente; he vuelto al aislamiento auténtico, al original: todo el día a solas, pensando y repensando, razonando y monologando, dándole vueltas y más vueltas a toda cuanta gilipollez se me pasa por la cabeza y preguntándome, después, qué querrán decir de mí mis absurdas conclusiones.

Y es agotador.

Y sé que voy a echar de menos estos días en que, aun estando todos en casa, teníamos tiempo para nuestras cosas.

Fue Montaigne —y esta cita es segura, de sus Ensayos— el que dijo que encontraba más soportable estar siempre solo que no poder estarlo nunca. La soledad hace falta. A mí, al menos, sin duda. Y sé que voy a echar de menos estos días en que, aun estando todos en casa, teníamos tiempo para nuestras cosas. Tiempo para trabajar, para leer, para escribir, para escuchar música, para hacer deporte, para ver películas y para no hacer nada. Cuando la vida social no es una opción, lo íntimo cobra vida. Además, yo, casi todas las cosas interesantes las hago en casa.

Pero ahí mismo acecha el peligro. El peligro de encerrarse mental y afectivamente; el peligro de desacostumbrarse a los demás. Porque no es solo que nuestras ideas lo acusen, que se empobrezcan, que desvariemos por falta de aire fresco y sostengamos más tonterías de lo normal, si cabe. Al fin y al cabo, hay bastante gente que no te enseña nada. La cuestión no es tanto aprender, como ponerse a prueba; el problema no es tanto que no te convenzan, como que ya no quieres oír rechistar. Lo peor no es ir a la deriva sin nadie que nos advierta de que hemos perdido el rumbo; lo peor es llegar a un punto en que ya no admitimos otra voz que la nuestra.

Acabamos de empezar una serie, River. Conmigo las series triunfan sobre todo por los personajes, no por el guion. Esta está protagonizada por el sueco Stellan Skarsgård, que es un policía de Londres, ya mayor, taciturno, que habla con los muertos. No es una película fantástica ni esotérica; su caso se enfoca desde un punto de vista psiquiátrico. Es un personaje muy interesante, que vive en un pequeño apartamento lleno de discos. Y muy solitario. De hecho, habla más con esos muertos que con los vivos.

Y lo dice: cuando estás solo no tienes que fingir.
Y así es: contigo no tienes que fingir.

Y hay una escena en la que se está desahogando, y reconoce cuánto le cuesta relacionarse con normalidad con el resto, con sus compañeros, con sus vecinos, con sus amigos que no tiene. Y lo dice: cuando estás solo no tienes que fingir.

Y así es: contigo no tienes que fingir.

La cuestión es que tal vez fingir responda una necesidad mayor que la de guardar las apariencias. Fingir, quizá sea un seguro de vida, una protección contra nosotros mismos, un modo de mantener a buen recaudo esa parte de locura, de rareza, de anormalidad. Una forma de descansar de esa parte excesiva que todos tenemos.

Tenemos que salir ahí fuera y relacionarnos, para dejar de estar sumergidos permanentemente en nuestros propios pensamientos. Para dejar este ambiente tan cargado. Por eso necesitamos mezclarnos y rozarnos con los demás. Necesitamos exponernos. Que nos molesten un poco. Para no tomarnos tan en serio.

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