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Hablar con el camarero

Nunca me he encontrado con un camarero como los de las películas, con la camisa blanca remangada, un mandil a la cintura, algo barrigones, impasibles y mudos.

A VECES, la sinceridad es más fácil con los extraños. No sé si alguno de ustedes se acordará de Eusebio, un desconocido lector que hace meses me escribió. Ahora, muy de tarde en tarde, hablamos. Y aunque en mi caso, que me pasé años conversando en mi blog con gente que no conocía de nada más, no es una sensación nueva, sigue sorprendiéndome. Aparece una persona, que está lejos o ni sabes dónde está, que tiene intereses que lo han acercado a ti, y se sincera y te sinceras. Sin más razón para hablar que esa, que precisamente os gusta hablar. Te asomas a la vida de alguien a quien no pones cara, del que tienes dos datos, te metes en su casa, te sientas con él una noche a la mesa de la cocina y de repente os estáis contando que los domingos lee el periódico después de desayunar, lo que pretendéis encontrar escribiendo o que, a veces, el cariño por tus hijos te da un poco de miedo. Y te maravilla el hallazgo, otro más, y en cierto modo te tranquiliza y hasta te reconcilia un poco con la humanidad, el mundo y todo.

Un amigo de la infancia ha reaparecido en mi vida. Después de cruzarnos durante meses por la calle, el confinamiento nos ha llevado a hablar. Es una sensación rara, una mezcla de recelo por abrirle tu puerta a alguien y de optimismo por darle, por darte, por daros una segunda oportunidad. Durante tiempo, creo que él no ha estado bien, y ahora tampoco lo sé. Entre otras cosas me cuenta que de niño se enamoró de una aparición, de una doctora de urgencias que debió de mirarlo con cariño y le dejó huella para siempre. Lo mejor de la vida, a veces, es eso: personas que pasan. Algunas, para nunca volver.

Hablo por teléfono con otro. Un compañero que ha pasado a esa extraña condición de los que ya son más que eso, pero, a la vez, al no compartir nuestra vida no laboral, no son amigos al uso y con ellos no entramos en ciertos terrenos. A menudo sabe a poco y querríamos dar un paso más, pero, al mismo tiempo, estar en ese limbo les hace conservar la condición de camarero anónimo, de quien escucha desde fuera, sin saber nada más que lo que le dices, sin partir de ideas preconcebidas y sin enfangarse demasiado: solo escuchando y dándote de vez en cuando su opinión, externa, ajena a todo tu entramado vital, a tu familia, a tu armazón. Con ellos nunca llueve sobre mojado, y eso es una liberación y, de nuevo, puede ser una oportunidad.

Y no es que mintamos o finjamos, pero sí que podemos jugar a empezar de cero, podemos hacer borrón y cuenta nueva, podemos ser, por unos instantes, como nos gustaría.

Los desconocidos, en ocasiones, te permiten hablar como con nadie. O te lo permites tú. No te juzgan, no confrontan tu versión con la suya ni dan nada por supuesto en ti. Con ellos no tenemos un rol al que ajustarnos, no esperan que ocupemos nuestro sitio de siempre. Ante los desconocidos no arrastramos ningún lastre, ni siquiera cuando confesamos. Y no es que mintamos o finjamos, pero sí que podemos jugar a empezar de cero, podemos hacer borrón y cuenta nueva, podemos ser, por unos instantes, como nos gustaría.
Estoy seguro de que muchas infidelidades surgen justo de esa sensación. No es solo que esa persona, a la que no vemos en bata, que conocemos solo con su mejor cara y no nos cuenta problemas de los niños ni de la calefacción, nos guste más: es que nos gustamos más nosotros.

Tal vez por eso, hace muchos años una amiga me dijo algo que entonces sonaba esotérico -éramos jóvenes e inexpertos hasta para eso- y ahora parece casi obvio: a la gente hay que darle la posibilidad de cambiar. Y especialmente hay que dársela a nuestra pareja; que es precisamente con quien peor lo hacemos. Cada vez que damos por sentada una respuesta, cada vez que encajamos lo que nos dice en el molde que le hemos hecho, cada vez que interpretamos sus reacciones con las claves habituales, las que ya se han instalado entre nosotros -todo lo cual es, por otra parte, lógico y comprensible-, podemos estar negándole esa posibilidad y condenándola a seguir igual.
Si un día me encontrase con un camarero de esos, me gustaría que fuese en un bar con la barra en ele, si puede ser, el bar de un hotel, y que hubiese taburetes bajo las luces suaves. Y yo bebería solo un poco de más, casi no podría considerarse una borrachera, contándole lo que me preocupa. Él estaría secando vasos y me respondería con algún monosílabo, y otro hombre solitario, al fondo, después de mucho mirarme me diría que me entendía, y me lo demostraría contándome su historia, que al principio parecería no tener nada que ver. Y yo, al cabo de un rato, asentiría.

Hablar con el camarero
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