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Hibris

En mi habitación de Madrid hay una tele. El otro día la enchufé. Cogí el mando, le soplé el polvo y pulsé el botón On/Off, pero no hacía nada. Abrí el compartimento de las pilas y vi que estaban sulfatadas. Pero, tras buscar durante un buen rato, descubrí dónde estaban los botones de la pantalla y conseguí encenderla. Puse la 2 y me encontré con que iba a empezar Lawrence de Arabia.

No me acordaba de lo larga que es. Estuve sentado en la butaca, luego me tumbé en la cama apoyado en unos cojines, me quedé dormido un rato, me senté en el sillón otra vez, pero me dolía la espalda, me cambié a la silla y así aguanté hasta el final. Me encantó, me pareció sensacional; aunque luego un amigo me dijo que el libro de T. E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría, es aún mejor. Me lo iba a prestar, pero leo tan poco que ya no me atrevo a que me dejen ningún libro. Llego a las noches sin ganas. Además, la plataforma Filmin acaba de incluir en su catálogo más de cien títulos de la Metro Goldwin Mayer, que me han entusiasmado, y que me van a hacer leer todavía menos.


Thomas Edward Lawrence consiguió lo que parecía imposible, unir voluntades hasta entonces irreconciliables, y así hacerlas fuertes. Se atrevió a hacer lo impensable y triunfó. Como Aquiles, como César, como Napoleón, Lawrence, si hacemos caso del personaje que nos ha llegado, pudo sentirse un elegido de los dioses. Pero, como ellos, era inconsciente de que en realidad los estaba retando. Es la hibris, esa falta terrible en la Grecia clásica consistente en no aceptar los límites que a uno le han sido impuestos, y que solía hacerse merecedora de la némesis o venganza divina. Porque los dioses son celosos y se vengan. Con él no utilizaron el desierto, ni la guerra, ni una emboscada los Idus de marzo: lo atormentaron haciéndolo debatirse entre dos lealtades, a sus amigos y a su patria, hasta que llegó a la carretera secundaria de Inglaterra donde lo estaban esperando.

Algo parecido les pasa a veces a los que les toca la lotería. Su suerte desmedida, lejos de poner fin a todos sus problemas, acaba conduciéndolos a un infierno, al enfrentarlos a decisiones que no necesitaban tomar, a miedos que no conocían, a la obligación de comprarle un Mercedes a cada cuñado.

Así que, si ustedes ven que no digo nada, que sigo viniendo aquí y escribiendo con normalidad después del sorteo de hoy, ya saben, desconfíen. Porque seguramente no esté haciendo otra cosa que disimular, para que nadie en el Olimpo se fije en mí.

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