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Interferencias

El verano da sus últimos coletazos, estos fines de semana incrustados en la rutina laboral ya casi normal de Madrid

AUNQUE creía que ya lo habíamos despedido, el final de nuestro verano están siendo estos baños en San Jorge por las mañanas. El agua está helada, pero fuera hace calor y, al meterse en las olas, y al salir a la arena, se tiene esa sensación de fuerza, de energía, de estar vivo —o resucitado—, que solo se tiene aquí. Y me paso las manos por la cara y me doy la vuelta para mirar el mar y los montes de enfrente, y es todo perfecto. Y pienso que sí, que, cuando me pregunten si no me gusta la playa, porque no quiero pasarme la tarde en una toalla, seguiré contestando que no. Para acabar antes.

Lo increíble es que a la mañana siguiente esté caminando junto al tráfico de la M-30, viendo los coches pasar a mi lado. Lo increíble es ser el mismo en ambos sitios. Si es que lo soy.

El consuelo es que en Madrid es muy fácil sentirse en casa. Aquí sí es verdad lo de que nadie es forastero. Al segundo día de llegar, cualquiera es de Madrid, si quiere. No hay advenedizos, entre otras cosas porque casi todos lo somos, y eso provoca una acogedora sensación de normalidad. No creo que muchas más ciudades en España puedan decirlo.

Hace una semana comentábamos mi hermano pequeño y yo, que somos los dos que vivimos aquí, lo equivocados que estamos en Galicia, y en general en casi todos lados, sobre los madrileños. Los madrileños, sobre todo, como colectivo turístico. Hasta qué punto nos equivocamos al juzgar su comportamiento, que interpretamos desde nuestra propia óptica y a la luz de unas referencias que no son las suyas.

No nos damos cuenta de hasta qué punto el madrileño, acostumbrado al anonimato de la gran ciudad y a que nadie se meta en la vida de nadie, actúa sin complejosNo nos damos cuenta de hasta qué punto el madrileño, acostumbrado al anonimato de la gran ciudad y a que nadie se meta en la vida de nadie, actúa sin complejos

Tradicionalmente, hemos cargado de connotaciones negativas —ya saben, jodechinchos y esas cosas— una manera de estar que en la capital es completamente natural, y la atribuimos a una actitud, a unas intenciones, incluso a un creerse no sé qué, que dejarían estupefacto a cualquiera de los acusados, ajeno a todo eso. No nos damos cuenta de hasta qué punto el madrileño, acostumbrado al anonimato de la gran ciudad y a que nadie se meta en la vida de nadie, actúa sin complejos, sin pensar demasiado en si lo que hace le puede chocar a alguien. También hay gilipollas, claro; pero dónde no.

Algo por el estilo nos suele pasar a los del norte con los del sur; con los andaluces, para ser más exactos. Un error de juicio parecido. Que son falsos, decimos. Porque tienen un comportamiento que nosotros interpretamos como una muestra de sintonía, simpatía, confianza e incluso amistad, cuando no lo es. "Mucho ji jí ja já, pero luego, nada", decimos dolidos. A mí me pasaba también, hasta que viví dos años en Cádiz.

En mis primeros encuentros casuales, nocturnos o no, y después de una charla como de colegas toda la vida, me volvía a casa entusiasmado: "¡Hay que ver lo bien que le he caído a este tío!", o "A esta le gusto, fijo…". Hasta que me los encontraba al día siguiente y a mi solícita y encantada sonrisa correspondían, como mucho, con un hasta luego dicho sobre la marcha. Y la sonrisa se me helaba en la cara.

Pero, tras un par de meses de batacazos de este tipo, comprendí lo que, naturalmente, ocurría: había diferencias culturales interfiriendo. Estaba interpretando su comportamiento con mis códigos; estaba entendiendo, en sus risas, en sus comentarios, en sus palmaditas y en sus bromas, lo que todo eso significaría si me lo hiciera alguien de Aranga o de Viveiro. Y no. No significaban nada de eso. 

Pero no porque fuesen falsos, sino porque son distintos.

Supongo que igual que los nórdicos, pero al revés. Porque, ahora que veo series policíacas escandinavas, como todo el mundo, me pregunto si tras esas reacciones hieráticas se esconde algún tipo de sentimiento. Y quiero creer que sí, por su bien, porque llega un momento en que los civilizados habitantes del Primer Mundo, los que pasaron de bárbaros vikingos a elfos, llegan a darme lástima, solos en sus habitaciones con muebles de líneas sencillas.

Pero no son prejuicios: solo las perspectivas equivocadas de las que nacen los prejuicios.

Y sigo en la playa mirando a la gente, pensando que, si me cuesta entender al de la toalla de al lado, cómo voy a comprender al granjero de Kansas o al feirante de Wuhan.

Y vuelvo al agua. Helada. Pero buenísima.

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