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Joel

Galicia es, antes que cualquier otra cosa, agua. Hasta en un municipio del interior, lejos del mar, lo que te rodea es el agua.

MURIÓ JOEL. Ayer fuimos al entierro.

Era el pequeño de los tíos de mi padre, el más joven de ocho hermanos, y fue el último. Cuatro años casi exactos después de Carmen. Ahora, es de suponer que tardaremos en ir a aquella ermita y a aquel cementerio. Lo malo es que también tardaremos en volver a la aldea, me temo. Porque, quién va a la aldea. Hasta las visitas de fin de semana son ya cosa de la generación pasada, de la primera que vivió en la ciudad. Como mis padres. Nosotros ya no vamos. Ni nos queda casi a quién ir a ver.

Como hace cuatro años, llovía. El Mandeo bajaba rápido, llenísimo. Y el bar-peluquería sigue sin recuperar aquel nombre que en su momento me dejó perplejo: Chopenhauer. Fuimos andando desde el coche como hay que ir a los entierros, con paraguas, que se chocaban y no nos dejaban acercarnos bien a saludar. Cómo estás, te preguntan, y se alegran por ti y te agradecen que te vaya bien. Tíos, primos, caras familiares pero vidas distantes, que sin embargo llevan nuestros apellidos, que nos son algo. Algo que, no se sabe bien por qué, tira. Las raíces, que están allí en el subconsciente, y que en cuanto se ven se reconocen y se agarran por debajo de nuestros pies, por debajo de la tierra.
En la iglesia, la familia tiene asientos reservados. Por grados de consanguinidad. Yo me quedo de pie, pero me cuesta, porque una señora del banco de atrás pretende dejarme su sitio: que yo soy familia y ella no. No baja de noventa años, pero tardo varios minutos en convencerla de que se deje estar. Me mira fijamente hasta que cede y se vuelve a sentar. Y yo me quedo a un lado, con el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos, sintiendo cómo la humedad helada de las losas comienza a subirme desde los pies, piernas arriba. Mientras, atiendo a la misa, del mismo cura que la anterior, de unos setenta y pico años, y por lo tanto bastante más joven que el monaguillo y las señoras del coro. Que mientras están calladas ya parecen mayores, pero en cuanto empiezan a cantar queda claro que es más que eso, que están agonizando y lo que oímos son sus lamentos desgarrados durante los últimos estertores. El monaguillo, que es más viejo que el sacerdote pero un chaval al lado de la que me quería dejar sentar, se agarra al altar, al atril y al cirio cada vez que sube o baja las escaleras, y yo sigo en tensión sus evoluciones. Lo que se agradece, como se agradece cualquier distracción, porque el sacerdote, en la homilía, aunque no diserta sobre teología y gramática como la última vez, decide adoptar un tono perfectamente monótono y no dejar de hablar hasta estar seguro de que absolutamente nadie le está atendiendo. Entonces, para.

Al salir, ya es noche cerrada.

A Joel lo llevamos entre varios, a pasos cortos por miedo a resbalar. Noche cerrada, como cuando mi padre volvía con él desde la carretera y se agarraba al faldón de su chaqueta para cruzar por el medio del monte hasta casa. Aupamos la caja hasta un andamio inestable con dos tablones, bajo un chaparrón, empapados, levantando los brazos, con el agua que goteaba de la madera bajándonos por dentro de las mangas del chaquetón. Luego quedamos de pie con el pelo mojado, mirando, recordándonos qué es lo que estamos metiendo allí. Al dueño del Ney y del Sil. Grande, fuerte, rubio, colorado, cazador, mandón, gritón y cariñoso.

Llueve sin parar, y solo se oyen el responso y el río. Allí está también Carmen, su hermana. Que era tan bajita que de pequeños nos asustaba cuando salía a saludarnos y se colocaba al lado del coche. Hacía freixós con un cubo y un palo, y una tortilla con tanto sabor que no parecía tortilla, y cogía brasas de la lareira con la mano y nos decía que sopláramos para verlas ponerse incandescentes sobre su palma. Qué importantes éramos para ellos. Qué injusto. Y ahora, cuarenta, treinta, veinte años después, estoy quieto junto a su tumba, incapaz de asimilar, como la humanidad desde que es humanidad, que ella pueda estar ahí dentro. O que todo lo que fue Joel pueda caber en ese nicho.

Más besos, apretones de manos, abrazos y propósito de vernos que no sea en algo así, de hacer por quedar. A lo mejor una comida... Y nos metemos en el coche. Y salimos de aquel valle y de aquella época. Como dice mi madre, todo eso pasó, ya: las vueltas de las fiestas por los caminos, la merienda alindando las vacas, jugar a las cartas detrás de la cocina, quedarse dormida en un banco de la lareira oyendo contar cuentos, el tío Enrique, el tío Pedro, Maruja.  O esperar por que llegase Carmen de la feria de Betanzos con el periódico, que apareciese andando al final del camino, pequeña y cargada.

Todo eso pasó ya, pero algo nuestro queda allí. Algo que todavía nos ata. Una forma de hablar, un gesto con las manos. Paquita. Y una casa, una capilla y una chousa que da al Portorosa, sobre las que sigue cayendo la lluvia cuando no estamos.

Joel
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