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LA EXTRAÑEZA de saber que por todos lados se acaba. De preguntarse cuándo empieza todo en un pedazo de tierra en medio del mar, cómo se llega aquí y por qué. Menorca

LA EXTRAÑEZA de saber que por todos lados se acaba. De preguntarse cuándo empieza todo en un pedazo de tierra en medio del mar, cómo se llega aquí y por qué. Menorca. La extrañeza visual, orográfica y climática y, a la vez, las raíces culturales del Mediterráneo reconocidas en gran parte como propias. Un puerto fortificado como tantos otros, como La Valeta, como Marsella, como media Italia, como Toulon, como Hania de Creta, testimoniando el intercambio de ataques y conquistas durante siglos en el primer y más duradero melting pot de nuestra civilización.

Cancelas de madera. Tantas cancelas idénticas de tablas retorcidas de madera que uno acaba sospechando si se fabricarán en serie, y a lo mejor en China. Muros como nuestros valados, también sin argamasa, pero de otra piedra, calcárea, separando campos y flanqueando estrechas carreteras como en Irlanda. Matorrales y pinos, y ya no tantas encinas, y sabinas que dan origen a la ginebra local por obra y gracia de los ochenta años de soberanía británica. Como el maravilloso queso es fruto de las vacas que de vez en cuando se ven pastando. Yo creo que el queso figura, por méritos propios, entre los diez mayores logros de la Humanidad.


En Mahón las casas colgantes hacia el puerto, sobre la roca ocre, impresionan. Y la última tarde descubrimos una plaza y dos callejuelas llenas de vida. Un restaurante de una italiana y otro de un americano, donde comemos chile con carne. Pero Ciudadela es preciosa, sofisticada, histórica y culta a pesar de nuestras hordas. Ventanas verde inglés y contras venecianas o mallorquinas o provenzales, bicis apoyadas junto a las puertas y bajos con el comedor en la entrada y un patio al fondo, en sombra. Porque, ah, el sol. Y el calor.


Calor excesivo, calor todo el día y toda la noche y los constantes e ineficaces intentos de aliviarlo y de dejar de sudar. Una avería del aire acondicionado es una catástrofe únicamente comparable a que se acabe la comida. Yo intento hacerle ver a mi familia lo ilógico de todo esto, solo explicable a causa de la maldición de la moda de estar moreno y porque la imagen del veraneo ya no es otra que languidecer a la orilla del agua; que admitan que lo que el cuerpo pide es justo lo contrario: huir. Pero no me hacen caso. Por eso recorremos en procesión caminos de tierra seca para llegar a arenales mediocres y abarrotados frente a –eso sí- calas preciosas. Playas donde para no caer desvanecido necesito estar todo el tiempo dentro del mar. Todo el tiempo. Por suerte, está limpio y no tan caliente como me lo esperaba, y se nada bien, aunque el precio sea salir convertido en una dorada a la sal. Y volvemos al aparcamiento y al coche ardiente y, al irnos, vemos, en medio del humo y el polvo que todos levantamos, y a 35 grados, a una familia sentada delante de su autocaravana, comiendo con vistas a las filas de vehículos. Y yo me digo una vez más que sin duda, bajo unos rasgos físicos más o menos similares, convivimos especies distintas.

Comparar es un poco tonto, pero a la vez casi inevitable. Y a la vuelta, nadando en el océano frío con una inmensa playa semidesierta y los montes a mis espaldas, me reafirmo en que no necesito buscar otro lugar.

Al marcharnos, pienso que me ha gustado pero a lo mejor nunca más vuelvo a Menorca. Simplemente por una cuestión de tiempo: no es que no quiera; es que probablemente ya no me dé tiempo. Y así con tantos sitios y tantas cosas: comer en aquel restaurante de Santiago, charlar con Luis, releer a los suramericanos, ver tantas películas, volver a una casa. Qué raro.

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