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Leer con ganas

HOY, QUE CASI todos vemos tantas series, es habitual discutir el porqué de su éxito. Para mí hay dos razones evidentes: una es que hay muchas que son muy buen cine, sin más, y la otra es que las series son largas pero sus capítulos cortos, y por lo tanto te ahorran el trabajo de elegir peli cada día y, al mismo tiempo, se ajustan perfectamente a ese último momento de antes de acostarse.

Estos Reyes le regalé a mi padre, entre otros libros, Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia (Acantilado, ejem), de María Belmonte. Yo no lo había leído, así que me fié del criterio de la editorial y del resumen que esta hacía: un recorrido literario y estético por aquel asomarse a la cuna de nuestra cultura que hace dos siglos se llamó el Grand Tour, cuando viajar por placer era algo que solo hacían algunos ricos. Y resulta que la elección ha sido un acierto. Tanto, que me comentaba el fin de semana pasado si yo recordaba la última vez que había leído con verdaderas ganas. El último libro que me hubiese gustado tanto que buscase cualquier momento para cogerlo y la sensación al sentarme a leer fuera la de que no cambiaría aquello por nada. Y la verdad es que de vez en cuando aún me pasa, pero no mucho. Lo cierto es que, incluso disfrutando de la mayoría de mis lecturas, esa intensidad se vende muy cara. Cada vez más.

Y eso enlaza con lo que estoy leyendo ahora en el metro, La experiencia de leer (Alba Editorial), de C. S. Lewis, un libro que en sus diez primeras páginas acumula tanta incorrección política que hoy en día sería directamente impublicable, y que compara, nada más empezar, el comportamiento de un lector afectado y esnob con "la única experiencia realmente literaria de la casa, en un dormitorio del fondo, donde un niño pequeño armado con una linterna lee La isla del tesoro debajo de las mantas". Y es que más de una vez me he preguntado si esa forma de leer, esa emoción y esa entrega, no serán algo propio de una determinada edad. Porque, o mucho me engaña la memoria, o cuando era pequeño lo normal era eso.

Tal vez haya una tercera razón a favor de las series, algo que ellas ofrecen y un largometraje no: la sensación de sentarte en el sofá y poner el siguiente episodio sabiendo que la historia que te está gustando te espera. Que al darle al play vas a trasladarte a las calles de Londres, a Nuevo México o a Baltimore, como cuando abrías la novela y aparecías en el bosque de Sherwood, en los Carmelitas Descalzos de París, en Siberia o en el centro de la Tierra.

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