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Mayor de edad

Podría escribir el artículo más triste esta noche. De hecho, lo había escrito, pero entonces me di cuenta de que se iba a publicar el día 14, el día del cumpleaños de mi hija, el día que cumple 18. Y decidí escribir esto.
FOTO PORTOROSA

PAULA FUE prematura. Muy prematura: nació tras seis meses y medio de gestación, a consecuencia de una preeclampsia de la madre, detectada por los pelos el día antes. Yo estaba en Cádiz y, tras mucho dudar, pues no teníamos una idea clara de la gravedad de aquello, volé a Ferrol. Y esa misma noche, a las pocas horas de llegar al hospital, metieron a Cris en el quirófano. Fui llamando a su familia y a la mía, y esperé llorando sin parar. Al cabo de un rato, a las dos y cuarto, salió un carrito con una especie de vitrina encima, cuyo interior no pude ver. Pasó tiempo antes de que alguien me dijese que era el bebé, y que estaba vivo.

Más tarde, cuando la anestesista me tranquilizó sobre el estado de la madre, subí a la UCI pediátrica y la vi. Estaba boca arriba, con las piernas abiertas como una rana, intubada, mirando hacia un lado. Tan pequeña. La piel, en algunas partes, era todavía semitransparente y dejaba ver los capilares de debajo. Estaba inmóvil, salvo el latido acelerado en el pecho. Pesaba un kilo.

Cuando me dejaron entrar a reanimación le dije a Cris que todo había salido bien, y que era una niña —aún no lo sabíamos—. Pero en realidad aquella noche temí que fuéramos a perderla.

Estuvo dos meses y medio en la incubadora, atendida por unos médicos y unas enfermeras que me parecieron un verdadero ejemplo de profesionalidad. Cuando cumplió un mes me dejaron sacarle unas fotos. Metí un brazo y me agarró el meñique, y su mano entera ocupaba la primera falange de mi dedo. Tuvo problemas, y pasamos miedo. Me recuerdo andando solo por el Barrio Alto lisboeta, en un viaje de trabajo, suplicando que cogiese peso, que saliese adelante. Pero no volví a dudar que todo acabaría bien. Hace un par de años fuimos a Lisboa y nos hicimos los dos una foto en una terraza donde entonces me había desahogado escribiendo.

Una noche, cuando tenía cuatro años, me senté con ella en la cocina y le dije que iba a dejar de vivir allí. Pero que no se preocupase, que los dos la queríamos mucho y la iba a seguir viendo cada día. Fue lo más duro que he hecho en mi vida.

A veces yo me desespero con ella, porque en algunas cosas somos muy diferentes, más racional yo, más intuitiva ella. Y me cuesta entenderla y me enfado. Pero no suelo tener razón.

Paula ha tenido siempre muy buena salud, quitando unas vegetaciones que durante sus primeros años la tuvieron con ojeras permanentes. Después de que aquellos pulmones minúsculos prácticamente colapsaran, no solo ha corrido finales de campeonatos gallegos de cros y medio fondo, sino que toca el saxo. Y es una niña —bueno, hoy ya no tanto— fuerte, alta y atlética. Y guapísima.

Pero sobre todo Paula es un niña —ya, ya— muy buena. Una persona buena, discreta y bien intencionada. Sincera, y que simplemente no concibe portarse mal. Jamás, a ninguna edad, dejó a nadie de lado por las opiniones ajenas, y, aun así, que yo sepa, nunca ha tenido un solo enemigo.
A veces yo me desespero con ella, porque en algunas cosas somos muy diferentes, más racional yo, más intuitiva ella. Y me cuesta entenderla y me enfado. Pero no suelo tener razón. Y aun así ella nunca, nunca, me lo tiene en cuenta. Como todas las buenas personas, no guarda ningún resentimiento, e inmediatamente está dispuesta a continuar como si nada. Hace años le expliqué el significado de la expresión llover sobre mojado: con ella nunca ocurre, nunca quedan charcos.

Ahora, desde hace poco, tiene novio. Tardó bastante más que muchas de sus amigas, y a mí me daba miedo que tuviera prisa por ponerse a la altura de las demás y se precipitase, que le hiciese caso al primero que apareciera. Pero, una vez más, me demostró que tiene más cabeza. Se llama Xurxo y el otro día le indignó que yo le preguntase si sabía quiénes eran los Rolling, lo cual es buena señal. Parece buen chaval, y Paula dice que lo es; y debe de estar coladito por ella… como es lógico. Yo no creo estar reaccionando mal, para ser el padre. Solo espero que la trate como se merece.

Podría escribir el artículo más triste esta noche. De hecho lo había escrito, repito. Pero quedarme encerrado en mis propias angustias, hoy, no tenía perdón. No siempre somos capaces de animarnos a base de pensar en la suerte que tenemos en lo importante; no es extraño que, pese a saber que no sufrimos desgracias, nos sintamos mal, haya presencias o ausencias en nuestra vida que nos duelan. Pero hoy no podía ser.

Porque hoy hace dieciocho años vi a aquello que era mi hija, que ya era Paula, que no ocupaba más que un brik de leche, tumbada bajo un cristal. Y habría dado cualquier cosa, cualquier cosa, por saber que llegaría este día.

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