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Mrs. Ashbury se confunde

El fin de semana pasado terminé Los anillos de Saturno (Debate), de W. G. Sebald, que cuenta un viaje a pie de varios días por el condado de Suffolk, en la costa Este de Inglaterra.

ES UNA DELICIA de lectura, tan lenta como el paseo del autor, que camina por un paisaje y unos pueblos, casi siempre a la vista del mar, y se va encontrando con gente. Poca. En ocasiones se desvía al interior cruzando esos páramos tan de las Brontë, para visitar alguna casa. Y habla de todo eso.


Por ejemplo, de la producción de seda y lo que supuso para el país, y de los propios tejedores, a quienes, curiosamente, relaciona con los eruditos y escritores para decir: "Creo que uno no se hace fácilmente una idea de la impotencia y los abismos a los que a veces puede arrastrar a una persona la reflexión constante, que no concluye con el denominado cese de la jornada, y la sensación que penetra hasta los sueños de haber prendido el hilo equivocado".


Hace años alguien me preguntó a qué tendía yo. Así, con esas palabras, "¿A qué tiendes tú?". Y le contesté que a la reflexión. Suena presuntuoso, pero no debería: me considero una persona reflexiva por cantidad, no por calidad; por el peso que ocupa en mi vida, por lo que me condiciona y me define como persona. Nada más, y nada menos. De hecho, que reflexione tanto y no haya llegado nunca a sacar en limpio nada que valga demasiado la pena, creo que dice más bien poco de mí.


Sebald se aloja un par de noches en la casa de los Ashbury, una familia venida a menos. La señora Ashbury le muestra imágenes de épocas dichosas y le relata las dificultades sufridas desde sus turbulentos años en la Irlanda de la revolución, y se lo explica así: "Desgraciadamente, no soy un ser nada práctico, confundida en eternas reflexiones. Todos nosotros somos unos soñadores, inservibles para la vida cotidiana. A veces me parece que nunca nos hemos acostumbrado a estar en este mundo, y que la vida es un incomprensible error que transcurre a nuestro alrededor".


En no pocas situaciones sociales, laborales y sentimentales compruebo cómo mi falta de interés por lo práctico y la tendencia a la teoría, a la abstracción, a alejar el foco, o directamente a la ensoñación, levantan a mi alrededor una barrera, me separan. Alumbran todo con una luz distinta bajo la que no consigo ver lo mismo que los demás, y me ponen más difícil encajar. Y aunque no querría cambiar, aunque no renunciaría a esa manera de mirar lo que me parece importante, es verdad que a veces, como Missis Ashbury, me siento un poco inservible para la vida cotidiana.

Mrs. Ashbury se confunde
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