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Muchísimo

No recuerdo cuántas veces pensé en la cama, de niño, que mis padres, como todo el mundo, se morirían algún día

CUANDO YO tenía nueve o diez años, mi tío me contó, un día que cenó en casa, que al Sol le quedaban unos cinco mil millones de años para apagarse, y que cuando lo hiciese también se acabaría la vida que pudiese quedar en la Tierra. Era profesor de biología y le gustaba que le atendiese. El pobre no supo qué hacer cuando vio que de repente me ponía a llorar, desolado. No recuerdo cuántas veces pensé en la cama, de niño, que mis padres, como todo el mundo, se morirían algún día. Pensaba en ellos, sentados en la sala como estaban en ese instante, y entonces imaginaba que desaparecían para siempre y nunca más los veía. A partir de ese momento, alternando recuerdos suyos con escenas de aquel hipotético futuro, entraba en caída libre hasta que al rato aparecía en la sala llorando. Ellos trataban de tranquilizarme, con poco o ningún éxito. Creo que únicamente el hecho de verlos, de tocarlos y tenerlos delante normales y corrientes me sacaba de aquella pesadilla.

Hace un par de semanas, mi hijo y yo estábamos viendo Cosmos y precisamente hablaban de eso, del tiempo que le queda a la Tierra antes de que el Sol se convierta en una gigante roja y la funda. Al cabo de un rato noté que temblaba y vi que estaba llorando. Yo ya sabía por qué, pero le pregunté qué le pasaba: "Que tú algún día te vas a morir, y yo te voy a echar muchísimo de menos".

Le dije que no se preocupase, que para eso faltaban como mínimo cientos de años. Pero ese "muchísimo" me llegó hasta el mismo fondo del alma, porque lo dijo con tal énfasis que vi o quise ver en él todo lo que siento yo: la insoportable, insoportable e inconsolable tristeza de perder a alguien que quieres, cuando lo quieres así.

No se puede tranquilizar sobre eso. Porque, ¿qué puedes decir? ¿Que no es para tanto? Sí lo es, claro que lo es. ¿Que tiene razón y en realidad la suya es la reacción más lógica? O que va a llegar alguien a su vida que hará que esa pena suya de ahora por mí no sea nada, en comparación con el nuevo miedo que sentirá.

Solo cabe mentir. A veces le digo que nosotros no nos vamos a morir, y aunque los dos sepamos la verdad nos quedamos mejor. Mentir y dar cariño para que se olviden, para que no lo piensen. Como nosotros.

Mi amigo Ricardo es más optimista que yo, a pesar de que haya decidido no tener hijos para no perpetuar este desastre de especie. Le cuento todo esto y me dice que, probablemente, que nos echen de menos sea lo más parecido a que nuestra vida tenga sentido, la mejor o la única prueba de que hemos valido la pena.

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