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Rascarla

Llevo estudiando toda mi vida. Harto, estoy.

ADEMÁS, no es que estudie por mi cuenta para mantenerme al día en mi trabajo, como hace un amigo mío médico, sino que hago cursos, me matriculo en estudios reglados, con asignaturas, trabajos, calendarios y exámenes. Llevo estudiando toda la vida, literalmente. Lo último que hice lo acabé el mes que cumplía cincuenta años. Y estoy hasta las narices.

Ya, ya sé que hay cosas peores. Volviendo a la frase que hace unos meses me soltó mi hijo: problemas del primer mundo. Y más aún: hay que tener muchas cosas resueltas para permitirse estudiar. Es verdad, sin duda. Pero también es verdad que, como sabe cualquiera con una larga vida estudiantil a sus espaldas, hay sensaciones que solo te provoca el estudio.

Ese ruido de fondo permanente, esa sombra que te sobrevuela en todo momento, que hagas lo que hagas sabes que tienes encima, solo los da estudiar. No se trata exactamente de una preocupación, y, desde luego, ya hemos dicho que no es una desgracia ni una amenaza real, pero comparte con ellas la capacidad de no dejarnos en paz. Una mezcla de remordimiento, de sentimiento de culpa, un Pepito Grillo diciéndote, allí al fondo pero sin parar, que, como bien sabes, tienes que estudiar. Que sí, que vale, que no te apetece, pero deberías estar estudiando. Que es cierto que estás ocupado, o que ayer ya trabajaste mucho, o que por descansar un poco no pasa nada, pero deberías estar estudiando.

Para mí, pocas cosas me hacen sentirme más de vacaciones que quedarme solo despierto, de noche, leyendo o viendo una película cuando todos están ya durmiendo. Sin prisa. Eso es estar de vacaciones. Y, si además es verano y tengo un melocotón, y puedo quedarme dándole vueltas al hueso, chupándolo, arrancándole trocitos, levantando hilos de pulpa metidos en las grietas, rompiendo una arista y usándola de alfiler para llegar a los rincones, entonces ya es perfecto. Eso es el verano en casa. Y eso también te lo arruina saber que tienes que estudiar.

Ese malestar alcanzó su punto álgido, claramente, con mi tesis. Me llevó, entre unas cosas y otras, seis años, durante los que nunca pude relajarme totalmente —aunque juro que lo intenté—, porque en ningún momento lograba olvidarme de ella. Y, aun encima, sumaba a las penalidades del estudio normal el hecho de ser algo absolutamente voluntario, que solo hacía porque me daba la gana. ¿Que eso es mejor? ¡No, es peor, mucho peor! Porque todo ese esfuerzo lo tienes que realizar a base, exclusivamente, de fuerza de voluntad, ya que nada más te obliga: cada vez que no sales, que no quedas, que no viajas, que madrugas, que no te acuestas hasta tarde, que te vuelves antes a casa, que acortas una sobremesa, que coges un nuevo artículo que leer, que actualizas la bibliografía, que borras un párrafo y tratas de explicar mejor lo que pretendes decir, si es que a esas alturas aún sabes qué coño quieres decir; todo eso, lo haces porque te empeñas, porque así lo decides tú, porque quieres. No porque lo necesites, ni porque te obliguen. De hecho, si lo dejases, si parases, en realidad no pasaría nada, nadie te diría nada, a lo mejor ni siquiera se enterarían, o lo harían a los dos meses, cuando cayesen en la cuenta de que habías cambiado de hábitos. Lo haces solo porque decides hacerlo. Y es terrible.

El doctorado no fue lo último, ni mucho menos. Y siempre es parecido: qué hago aquí, si tendría que estar trabajando.

Por eso, ahora que no tengo que estudiar, vivo momentos maravillosos. Porque, si estoy por la tarde en casa sin nada que hacer, es que de verdad no tengo nada que hacer. Porque me siento, me quedo pensando y me digo "No, tranquilo". Y tardo en creérmelo. Puedes leer, puedes ver una película, puedes salir a pasear, o echarte una siesta o dibujar maragatos o mirar dos horas por la ventana, como has deseado tantas veces; puedes hacerlo y no estarás fallando en nada ni te estarás engañando a ti mismo; puedes hacer lo que te dé la gana, porque no tienes nada que hacer. Y te lo vuelves a preguntar: "¿Seguro que no tengo por ahí algo pendiente de leer o de entregar?". Y no. Y, cuando lo asimilas, esa ola de calma que te invade, y que te has ganado a lo largo de los últimos cuarenta años, es alucinante.

Y ahora es verano y acabo de empezar las vacaciones. Y de noche me levanto del sofá y cojo un melocotón en la nevera. Y tardó en comérmelo dos minutos. Y, luego, dos horas en acabar con él, dándole vueltas, sin prisa ni cargo de conciencia.

Rascarla
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