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San Antonio

San Antonio es el patrón de la aldea de mi padre. Y ese día era la fiesta. En pasado.

ME CUENTA mi padre que el 12 de junio, hace muchos años, en su casa como en tantas, era día de horno y de cocina, de ilusión y de mirar al cielo por si llovía. Y al día siguiente, San Antonio, llegaban todos sus tíos, y pasaban la tarde alrededor de la mesa. Horas comiendo y hablando a gritos, y noches en las que cada uno se acostaba donde podía. Recuerda a su tío Jesús durmiendo en aquella misma mesa. Otros, por el suelo. Y piensa en lo felices que eran, si, como dijo Virgilio, lo supieran.

Y me lo cuenta, me cuenta algo así, un recuerdo bueno se mire por donde se mire, alegre, y sin embargo yo sé que al escribirlo se habrá quedado triste. Como yo al leerlo. Somos así. Somos así y pensamos, sobre todo, en que todo aquello ya pasó; no podemos evitarlo.

 Por eso me siento también yo triste al recordar mis fines de semana en Vicedo con los niños, cuando eran pequeños, o nuestro primer verano allí, o acunarlos de bebés, o dar aquellos paseos cortos alrededor de mi casa los sábados por la tarde, después de ver una película, con ellos corriendo delante de mí. Porque soy así. Porque, como mi padre y como mi madre, y como un abuelo y el otro, miro hacia atrás de ese modo, reconociendo cosas buenas, pero sintiendo siempre, mezclada con ellas, la pérdida.

Es nuestra cruz: la nostalgia y la añoranza parecen imponerse y dejarnos un poso permanente de tristeza

Supongo que hay gente para la que los buenos recuerdos son exclusivamente buenos; que solo enriquecen, que solo alegran. Debe de ser una gran suerte. Otros, en cambio, apreciándolos y valorándolos como lo hacemos, y precisamente por eso, al recordar vemos la ausencia, la falta, lo que ya no volverá. Es nuestra cruz: la nostalgia y la añoranza parecen imponerse y dejarnos un poso permanente de tristeza. No llegamos a depresivos, creo, pero la melancolía es casi nuestro estado natural.

Parece que Unamuno se refería a otra cosa, que su conflicto era el de ciencia versus religión —¿saben que ‘versus’ ya se estudia como preposición?—, de razón y espíritu, pero, desde luego, yo no dudo que el mío es un sentimiento trágico de la vida. Así la veo, por mucho que intente evitarlo. Que la vida es una película que acaba mal, en la que al final el protagonista muere; en la que, de hecho, mueren todos. Y la muerte es la cuestión, sin duda. Es la muerte la que me acecha tras cada una de esas pérdidas, en las que tiendo a ver, de forma más o menos inconsciente según el día, un anticipo del adiós final.

Así de alegre soy, y así de alegre debe de ser vivir conmigo.

Leo unas cuantas páginas del diario de mi amigo Javi y me gusta mucho. Él es ingeniero y filólogo, y no sé si es como es por haber estudiado eso, o estudió eso porque es así, pero su punto de vista es interesante y original. Escribe que renunciamos a nuestra intimidad, que al airearla, al compartirla, al aspirar a hacer de nuestro día a día algo parecido a un espectáculo, deja de ser interesante porque deja de ser propia. Incluso deja de ser: nos vaciamos, al llevar a la superficie lo nuestro, nos vaciamos de verdad. O al menos corremos ese riesgo.

En qué cabeza cabría, hace nada, que la fotografía más corriente llegase a ser la que se hace uno a sí mismo. Y qué querrá decir de nosotros ese autorretrato infinito.

Al separar lo individual de lo grupal, cada uno regresa a su casa a vivir esa otra parte de vida propia

El filósofo coreano Byung-Chul Han le da vueltas a algo parecido, al afirmar que, pese a la manida conexión permanente de todos con/contra todos, nuestra sociedad tiene su centro puesto en el ego. Que la conexión no es tal, solo lo parece. Y las dinámicas que nos invitan a hablar en público nos instan a hacerlo sobre nosotros, a mostrar nuestra intimidad; la cual, por uniforme, por calco buscado de la de los demás, deja de significar algo, ya no revela casi nada. Y el filósofo la contrapone, contrapone esta exhibición de lo privado, al ritual, al ritual como acto comunitario en el que, paradójicamente, hay sitio para lo íntimo: al separar lo individual de lo grupal, cada uno regresa a su casa a vivir esa otra parte de vida propia. A recordar a solas lo que acaba de sentir, a dejarlo sedimentar antes de pasar a lo siguiente. Para recuperarlo años después. De dentro, no de los recuerdos del Facebook.

Este año no se hizo nada por el San Antonio. Ni siquiera misa. Y de fiesta ya ni hablemos. La sensación de que hablar de la aldea es hablar en pasado se hace aún más aguda al saber estas cosas. Pero, además, hay otra, la de que algo más se pierde. Y hasta yo, que de festeiro ya ha quedado claro que tengo bien poco, pienso con pena en la desaparición de los patrones, en las nochebuenas para dos, en los velatorios a solas o en que muchas familias no volverán a reunirse tras esta generación.

Y pienso con desconcierto si la exaltación de lo individual nos está dejando solos. Solos y cortados por el mismo patrón. Y un patrón bastante más tonto que San Antonio.

San Antonio
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