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Todo esto de entonces

Cojo el autobús. Al salir de la ciudad cruzó el barrio en el que viví de pequeño, y por la ventanilla voy viendo calles por las que anduve, y que ahora no conozco.
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POR ELLAS MI ABUELO me llevaba al colegio. Nunca tuve una relación más continuada ni más cercana con él que aquellos meses, que ahora me parecen años. Caminábamos juntos. No hablábamos mucho, pero sin duda fue cuando más hablamos.

La casa donde vivimos ahora, nuestra casa, está casualmente en el edificio donde pasé de los quince a los diecinueve años. Es otro piso, pero el mismo portal. Por casualidad. Y es curioso que, justo ese es, de todos los sitios donde he vivido, quizá del que menos recuerdos guardo; y, además, ninguno especialmente bueno. Fue, la adolescencia ya un poco tardía, una edad bastante gris para mí. No di problemas, no viví ni protagonicé conflictos y, aunque ahora resulta evidente que muchas cosas estaban eclosionando en mi interior, nada fue, ni de lejos, desgarrador. Me recuerdo estudiando por las tardes, ya de noche, a la luz de un flexo, y ver mi reflejo en la ventana y quedarme mirándolo, y hacerme preguntas que se podrían resumir -imagino- en quién era yo, o quién sería o quién querría ser. Pero nada más. Era un chaval estudioso, que tardé en salir, y cuando lo hice salí tranquilo. Y aquellos años me parece que fueron, sobre todo, aburridos, como un paréntesis algo apagado entre una infancia muy feliz y el comienzo de lo que, supongo, sería mi vida adulta. Solo destaca, de aquella etapa, que hice los que todavía son mis mejores amigos: no es poco, ahora que lo pienso.

El autobús pasa cerca de un mesón, hoy con otro nombre, al que durante mucho tiempo —¿o sería solo una temporada, también, y en mi memoria se ha transformado en una costumbre asentada?— fuimos a comer cada domingo. Luego nos íbamos a casa, a pasar el resto de la tarde, como solo se pasan las tardes de domingo, a medias entre el descanso, la sensación de final de fiesta siempre un poco resignada, y el ambiente hogareño. Estoy convencido desde hace mucho de que los domingos nos dan la medida de nuestra felicidad. El Mesón de José, se llamaba. Mi hermano y yo casi siempre pedíamos zorza. Ahora miro para aquel bajo de aquel edificio, en una parte de la ciudad a la que ya nunca voy, y no me dice nada de nada. Y, sin embargo, allí nos sentábamos los cuatro y desdoblábamos las servilletas con la ilusión de lo excepcional; allí viví e incluso, sin duda, disfruté. Disfrutamos.

El pan es de barra del país, y es de jamón, queso de Arzúa y tomate, que le he comprado a Alejandro. Estuvimos en la misma clase en parvulitos pequeños, párvulos mayores y 1º de EGB

Muchas veces lo he pensado, e incluso creo que mientras ocurría ya lo sabía: la edad siempre idealizada como la mejor, y que giraría alrededor de los dieciocho, o hasta los veintipocos, para mí no lo fue ni por asomo. No fue mala, no, pero sí mucho menos interesante y, curiosamente, muchísimo menos intensa que otras. Claro que cada uno encuentra la intensidad donde la encuentra.

Entrando en Santiago, de pie entre dos vagones del tren, me como un bocadillo. Hacía tiempo que no tomaba uno tan rico. El pan es de barra del país, y es de jamón, queso de Arzúa y tomate, que le he comprado a Alejandro. Estuvimos en la misma clase en parvulitos pequeños, párvulos mayores y 1º de EGB. Un día contó que bajaba de su casa por el pasamanos; pero no deslizándose, sino colgado por el hueco de las escaleras. No me extrañaría. Ahora despacha muy amablemente en su pequeña tienda, y siempre me trata con mucho cariño.

También con todo el cariño me hablan el sábado al mediodía, en la calle, V y J, amigos de mis padres desde antes de nacer yo. Quizá en algún momento fui algo parecido a un hijo, para ellos, o al menos el niño que más claramente les permitía imaginarse cómo sería tenerlo. Estuvieron presentes en mi infancia, y encontrármelos es siempre volver unos minutos a ella. Y me encanta. Como me encanta tener la oportunidad de hablar con Alejandro, cuarenta y cinco años después, y poder seguir diciéndonos que estamos. Que estamos.

Cuánto daría por volver a pasear con mi abuelo Vicente, y poder preguntarle muchas cosas. Y cuánto daría por volver a comer al Mesón de José con mis padres y mis hermanos —ahora tengo dos—, y sentarnos en aquella mesa redonda y pedir zorza. Y pienso cuánto de todo esto que es mi vida de ahora me estará pasando desapercibido y pronto lo recordaré con el cario de las cosas que terminaron.

Por suerte, los domingos vuelvo a una casa donde también da el sol y se está a gusto, como en la que fui un niño.o de las cosas que terminaron.

Todo esto de entonces
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