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Un extraño verano

Ha sido muy extraño, para mí, este verano de este año tan raro.

NO HA SIDO, en parte, por lo mismo que para todo el mundo: el virus y los temores, las distancias, los aforos y, como elemento icónico, las mascarillas, demostrando que a cualquier cosa se acostumbra uno, incluidos los decorados distópicos. Y, dominándolo todo, la incertidumbre, que incluso los que ya hemos pasado la enfermedad tenemos, de no saber cómo de grave es la situación y cuánto te estás arriesgando con cada cosa que haces; esa sensación incómoda que flota en el ambiente y hace que no poca gente no sepa cómo tomárselo, y alterne períodos de preocupación y prevención a rajatabla con otros donde baja la guardia, un poco por olvido y otro poco por cansancio.

Lo ha sido por eso, y porque -no por casualidad- no hemos ido de vacaciones a ningún sitio. Creo que es el primer verano, desde que nos conocemos, que lo pasamos entero en casa. Y no ha estado mal, porque Ferrol es un sitio estupendo para veranear, te guste o no la playa, pero ha sido extraño. He echado de menos viajar juntos, aunque los niños se quejen del coche y nosotros nos lamentemos de su desinterés cultural. Y, sin viajes, el tiempo se ha pasado más rápido, como ocurre siempre que, al mirar atrás, uno no ve hitos destacados sino una línea continua. Siempre parece más corta.

Además, ha sido el año que menos he ido a la playa en mi vida. Iban ellos y yo me quedaba en casa. Si no me equivoco, hasta el 28 o 29 de julio no la pisé. Inaudito. Pero, aun así, ha habido varios baños, por la mañana, que ya sé que no voy a olvidar. Con olas frías de espuma limpia que durante un segundo se me quedaba, blanca, en la barba, me decía Carlos, que se reía feliz a mi lado solo por estar allí conmigo. Olas que olían al Atlántico entero, del Sáhara a Terranova. Y con un abrazo digno de anuncio de colonia con Marta, unos ojos verdísimos rodeados de pecas, al encontrarnos en la orilla. Y todo eso casi solos, entre el monte y el océano, en medio del paisaje que hemos tenido la fortuna de haber recibido en suertes, y que aún no hemos conseguido estropear del todo.

Nos hemos ido a una casa llena de luz, desde la que vemos los barcos entrar y salir de la ría

También ha sido un verano raro porque nos hemos mudado. Lo que explica, en parte, lo de no viajar y lo de las tardes ocupadas. Nos hemos ido a una casa llena de luz, desde la que vemos los barcos entrar y salir de la ría, y salir y ponerse el Sol. Y desde la cama veo el mar. Una casa donde esperamos vivir muchos años. Todos, quizá. Quién sabe.
Y ha sido, en fin, un extraño verano porque me he casado. Nos hemos casado.

Y no es normal, casarse. Y menos en segundas nupcias —¡qué expresión!, ¡y decirla de uno mismo!—. Y con cincuenta años. Todo eso ya lo haría extraordinario. Y, unido a que los invitados fuesen contadísimos y tuviésemos que conformarnos así, y a tener que quitarnos la mascarilla para el sí quiero y el beso, y recibir el arroz con ella, más todavía. Pero que en tu boda estén tus hijos, viéndote, acompañándote atentos y contentos, y que tu hija cene a tu lado, la hace maravillosa. Y si, aun encima, su madre, tu ex, es la madrina, ese momento que ya era único se convierte además casi en un acto simbólico que no diré yo que ratifique que la vida te ha salido bien, pero de verdad que por momentos se le parecía. Y desde luego ayuda a tranquilizar, y alivia y consuela muchas tristezas de mucho tiempo.

Y estaban los amigos, claro. Pocos, a la fuerza, pero los amigos de toda la vida, los que nos definen. Elegidos y mantenidos porque nos queremos parecer a ellos, porque nos dan lo que nosotros no somos pero nos gustaría. Los amigos que te hacen sentir orgulloso, y que son no como nuestros logros sino como nuestras aspiraciones, por las que querríamos ser juzgados.

Y solo queda ella. Mi mujer. Qué cosas: mi mujer. Que no es lo mismo, porque para nosotros es diferente. Que aunque desde fuera no lo parezca, algo ha cambiado, porque así lo sentimos.

Marta, detrás de un ramo de hortensias, a mi lado, sin dejar de sonreír ni un segundo. Ojalá no deje de hacerlo.

Un extraño verano
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