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La poesía hecha mapa

La lucense Raquel Vázquez viene de lograr el prestigioso Premio Loewe a la Creación Joven con el poemario Aunque los mapas, un itinerario entre lo interior y lo exterior, capaz de seducirnos desde una palabra convertida en esa geografía por la que transitar

ADENTRARSE por los jardines de la poesía tiene, entre sus mejores consecuencias, la del descubrimiento. La oportunidad de encontrar una sensación, un aroma o una caricia desconocida. Si me disculpan lo cursi de esa imagen del jardín, sí que me interesa esa idea de plantear un espacio, el hecho de recorrer un ámbito más o menos ambicioso en lo geográfico, para comentar así uno de esos hallazgos que tiene mucho que ver con el viaje, el itinerario y las consecuencias que ello depara. Un descubrimiento definido por el poemario Aunque los mapas, de Raquel Vázquez (Lugo, 1990), merecedor del XXXII Premio Loewe a la Creación Joven y que ahora edita el sello Visor. Una juventud que emociona por ser capaz, desde esos treinta años, de construir un conjunto de poemas como este, con destellos maravillosos y que nos ponen muy en alerta ante la bendita señal de una poeta que nos deparará luminosos momentos.

Sorprende, en primera instancia, la madurez que emana de la consecución de una serie de imágenes que, desde la palabra, se proyectan sobre todos nosotros para concitar esa sensación de movimiento, la opción de recorrer diferentes espacios que son los que marcan las distintas etapas de ese trayecto. Espacios desplazados, espacios utópicos, espacios probables y espacios posibles, son los raíles por los que movernos, y la posibilidad de cruzar tiempos y latitudes. Una capacidad para medir la vida desde una turgente proximidad al día a día que nos ocupa. Su poesía se condensa desde la actualidad, desde aquello que nos encontramos a nuestro alrededor y que se evapora a través de un roce, una mirada o un silencio.

Toda esta cartografía enseguida atrapa a un lector que, como la frase de Christian Bobin, que nos recibe al acceder a este libro, asume que "Nos pasamos la vida volviendo a casa". Ese eterno retorno se manifiesta a lo largo de los cuatro anillos del libro que no dejan de moverse a nuestro alrededor. Cuatro estaciones de paso en las que acabamos descubrimiento otro itinerario más complejo que el puramente físico, como es el que atañe a la exploración de nuestro interior, a la posibilidad de calibrarnos frente a una sociedad que, normalmente, busca orillarnos de ese centro al que, por otra parte, nunca deberíamos renunciar.

"Sólo vemos la luz,/ no cómo nos quemamos", es el remate de uno de sus primeros poemas. Un poderoso final que nos encontramos en varios ejemplos más, capaces de dejar entre la autora y el lector una imagen flotando en el aire, una contundente hilazón que afianza la complicidad y muestra lo accesible de su propuesta que, en una primera parte nos conduce a espacios maravillosos: un desierto, Hiroshima, California, Dakar, geografías a las que se nos lleva para darnos cuenta de la verdad de la frase de Bobin. Estamos allí, pero realmente estamos aquí. Entre ambos una distancia física que no deja de ser tiempo, la capacidad de medir la vida. Tiempo que tenemos, del mismo modo que el que no tenemos: "Tu hogar es siempre el tiempo que te falta". Un reloj de arena que voltear a cada instante para registrar lo vivido y valorar lo que está pendiente de vivirse. Un nuevo viaje nos lleva a la utopía, y ahí es donde quizás Raquel Vázquez exhiba sus mejores armas, las del pellizco en lo íntimo, las de la sugerencia, el querer y el silencio, el tocar desde el poema, los jardines que brotan de los ojos. ¡Ven como no estaba yo tan errado con el inicio de mi comentario!

Descendemos hacia el final del libro, hacia esos dos últimos desfiladeros entre lo probable y lo posible. Aquello que es factible que suceda y lo que tiene más oportunidades de acontecer. Es la ocasión de "mapear el dolor", de sentir el tiempo como una alambrada de la que quedar prendido, pero, sobre todo, de llegar a ese lugar que es uno mismo donde, como escribe el gran Luis Alberto de Cuenca: "Volveremos a vernos donde siempre es de día".

Fin de la travesía, pero inicio del descubrimiento, de ese maravilloso momento iniciático que consiste en abrir un nuevo espacio de conocimiento y emoción, en este caso, de mano de una paisana nacida en Lugo y asentada en Betanzos, entre nieblas por las que moverse como un corredor a la captura de una marca que señale ese norte en un mapa en el que estar contigo.

La poesía hecha mapa
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