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Jugando con las gradas vacías

Ver a un futbolista dedicarle eufóricamente un gol a una grada vacía es un espectáculo tan entrañable como patético. Me recuerda a cuando yo, que no soy religioso, miro al cielo con las palmas hacia arriba pidiendo explicaciones por una mancha en la colada que no sale. Lo cierto es que, desde el bar y a solas, también encojo los hombros soliviantado, con mueca recriminatoria, cuando el de negro les pita cosas descabelladas. Somos una colección de gestos aprendidos con los que tratamos de relacionarnos entre nosotros y con el mundo, buscando dar sentido y coherencia a lo que nos ocurre. Somos actores en un teatro de la vida que, en ocasiones, puede ser tan absurdo como un partido de fútbol sin público.

Jugando con las gradas vacías