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La batalla de la que hablo

LO PRIMERO que me da por pensar al ver esta serie es en la valentía de todo aquel que se salió del camino, que abrió nuevos horizontes, que transformó un muro en una posibilidad. En este caso es de toda aquella. Porque la que se sale del camino es una mujer. La maravillosa señora Maisel es una serie que reconforta solo por el hecho de saberse pisando terreno desconocido, diferente, audaz. Con una primera mitad de temporada digna de recordar, aunque los capítulos que siguen decaen en sorpresa y eficacia, la serie ya merece la pena. Hay varias cosas importantes: la ruptura de la protagonista con lo establecido, la interesante circunstancia de que lo que rompe sea un elemento externo —en este caso, la mánager—, ajena, extraña, extranjera, en un mundo de convenciones en el que su personalidad no encaja en ningún sentido, la comicidad de la familia de la protagonista que, anclada en sus valores de clase, generan situaciones absurdas y tremendas. Que serían trágicas si lo que tuviéramos entre manos fuera un drama, pero como es una comedia, resultan claramente lo mejor de la serie.

La maravillosa Sra. Maisel. EPEso es lo inquietante y esa es la base de la risa. El abismo que puede llegar a abrirse entre dos mundos separados por apariencias, por una moralidad de artificio. Con un ritmo rápido, la protagonista atraviesa conflictos interiores y exteriores oponiendo más o menos resistencia, oscilando entre la comodidad de lo establecido y la excitación de lo prohibido. O —lo que en su universo se considera prohibido, tabú, escandaloso, inapropiado— y algo así como la libertad. No es nuevo el discurso. La necesidad de sentirse libre para tomar decisiones, para realizar acciones, para emprender proyectos locos y profundamente reconfortantes, para soñar y decir y pensar y negar determinadas cosas y afirmarse en una identidad repleta de maravillas confusas y sorprendentes, esas necesidad, digo, ha estado siempre ahí. No ha sido fácil que los responsables de series de televisión por fin se decidieran a abordar este tipo de temas. El tratamiento de esta clase de rupturas no ha constituido un frente común de actuación. Sin embargo, ahora parece que comienza a ser abordado, bien es verdad que con resultados irregulares. Bueno, todo es empezar. Lo único que queda es seguir, que es la peor parte. Persistir no es agrado de todo el mundo.

Lo que tiene de maravilloso la señora Maisel es que traslada el deseo de libertad individual a una suerte de lucha universal por la justicia, ya no de género, sino humana. A una batalla por la razón de ser, que es mucho más larga, más costosa, más dolorosa, que cualquier otra. "Nada de lo que podamos percibir en este mundo iguala el poder de tu intensa fragilidad", escribió, en un verso exquisito, E.E. cummings. Es esa, y no otra, la batalla de la que hablo. Esa que de tan sensible puede desaparecer, de tan fuerte, puede hacerse invisible a los ojos de los demás. Hay que tener cuidado con esos conflictos, con esas revoluciones; hay que ser lo suficientemente delicados como para percibir el cambio, permitir la sutileza, celebrar, al fin, la justicia de todo esto.

La maravillosa señora Maisel es una serie que bien puede servir de ejemplo o bien de entretenimiento.

Cada cual, a su manera, capta determinadas señales, o se adhiere al conjunto y sigue su estela. Si la miramos desde el análisis de la narración audiovisual, le sobran algunos capítulos reiterativos. Es la misma historia sin apenas derivas argumentales que puedan sugerir otras cosas. Sin analizar, nos reímos y nos percatamos de una intención nueva. Eso es bueno.

Cómo vivir una vida buena
Y aquí venimos con DKISS ofreciendo lo último en programas espectaculares, por su impacto visual, pero, sobre todo, por su profundidad temática. Es la historia, la historia de fondo, lo que nos interesa, lo que nos atrapa, lo que nos abruma. Porque, atrévanse a reconocerlo conmigo, DKISS es lo más en atrapar el alma humana. Con este canal aprendemos a vivir. Urgencias bizarras es lo que traigo hoy, que ya lo dice todo, que ya es suficiente como para no decir nada más.