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Derek Walcott, Helena al atardecer

"Ahora Derek Walcott ha muerto y lo miramos otra vez. Nació en Santa Lucía, una de las Antillas Menores, humilde y sin grandes pretensiones históricas, precisamente al margen de las petulancias de la Historia, refugio secreto de los piratas en otros tiempos, o retiro de funcionarios imperiales, y le dio un gran sentido"

Derek Walcott. EP
Derek Walcott. EP

HACE TIEMPO me propuse escribir una novela sobre un español que quiere conocer a Derek Walcott en la isla de Santa Lucía, y se queda varios meses dando vueltas por las Antillas Menores, unos millonarios de Barbados lo invitan a sus fiestas, una anciana le paga por contarle historias de Francia, sigue los pasos de Jean Rhys en Dominica, se enamora de una chica a la que ve reflejada en el agua, y al final acaba conociendo a un poeta que se parece mucho a Derek Walcott. Y charlando en una playa solitaria el poeta le dice que Santa Lucía es como una mujer sensual e inasible que vive cada instante, que te roza con la ligereza de las hojas, que desearon los imperios europeos pero acabó por seducirlos y enloquecerlos con su ligereza. De modo que hasta la emperatriz Josefina era de Martinica, y Saint John Perse, que nació en un lugar llamado San Ligero de las Flores en Gudalupe, fascinó al mundo entero con su poesía nómada y viajera. Al final la novela se quedó en un relato, ‘La chica reflejada en el agua’, que publiqué en una revista, pero creo que en él sugerí la ligereza profunda que quería transmitir.

Ahora Derek Walcott ha muerto y lo miramos otra vez. Nació en Santa Lucía, una de las Antillas Menores, humilde y sin grandes pretensiones históricas, precisamente al margen de las petulancias de la Historia, refugio secreto de los piratas en otros tiempos, o retiro de funcionarios imperiales, y le dio un gran sentido. Santa Lucía es Helena de Troya, es la ligereza apasionante que queremos conquistar, es aquello por lo que peleamos y que se nos escapa al pelear. Es la isla sensual y leve y secreta y profunda y viva como un viento que agita todas las hojas. Es instantánea en sus placeres y trágica en sus tornados.

En los tercetos de Omeros Walcott recrea la mitología griega en las Antillas, dos pescadores y un soldado inglés se pelean por los encantos de Helena. Late toda la viveza de las islas, todo se mezcla como en un sueño y se hace mestizo, aparece la cama-lámpara, el mar-almendra, la onda-ruido, el azúcar-manzana. Walcott habla del picor en las axilas, del chisporroteo de los fritos en aceite, del jamón tachonado con olores, de los caballos de carreras, de las villas naranja, del hedor de los bosques desconocidos, de los olores transportados por el viento. Mezcla reminiscencias de África, imágenes cristianas, palabras en francés, la música calipso, las velas como enaguas de los barcos, la vida de los pescadores.

Se burla de las sonrisas de postal y de las falsificaciones del turismo, nos dice que hay que vivir auténticamente el ser a cada instante, nos invita a una orgía adánica, nos impulsa a vivir de modo imparable, nos muestra que todo se mueve. Y Helena es la isla de Santa Lucía: "Me acosté en la cama / llevado por la corriente y oí el rugido/ del viento agitando las ventanas y me acordé/ de Aquiles en su colchón y del desesperado Héctor/ tratando de salvar su canoa, pensé en Helen/ como mi isla perdida en la bruma". Helena es la isla que todos desean y que ninguno posee.

En los ensayos de La voz del crepúsculo Walcott nos invita a vivir el crepúsculo, el delirio, la brujería, la ausencia de fronteras. Reniega de la prepotencia de la Historia, dice que hay que vivir lo adánico, lo originario, que hay que escapar de la trampa de venganzas y de remordimientos que siempre nos secuestra. Recuerda a los poetas adánicos de América, a los que escriben según él en el crepúsculo, como Neruda o Walt Whitman, Saint John Perse o Aimé Cesaire. Dice que rompemos la vasija de las distintas culturas mal pegadas, pero un amor desgarrado reúne los fragmentos, es más fuerte que el amor que impone las simetrías de las vasijas intactas.

Dice que somos juntura y frenesí como el crepúsculo, que el niño que lanza una piedra en el Egeo vive lo mismo que el que escucha el susurro de las palmeras en el amanecer en el Caribe. Habla de resonancias de todas partes, de los ibis de color rojo que regresan a la isla Trinidad al atardecer, donde también se han mezclado los hindúes con los europeos y con los indígenas. Walcott reivindica el crepúsculo, la mezcla, el misterio, el delirio, la libertad. Toda gran poesía según él nace del crepúsculo: "Todo poeta lleva en el alma un particular crepúsculo, y el de Brodsky no es el de un mar oscuro como el vino". Los ensayos a menudo son como poemas, usan imágenes propias de la poesía. Aparta las chorradas de la crítica pedante, habla con pasión de sus poetas preferidos de todas las latitudes : "Frost llegó a parecerse a un abedul torcido, con su corteza jaspeada, su voz ronca y susurrante".

Santa Lucía era Helena de Troya. Era esa locura, esa sensualidad que se salta las filosofías, los encierros ideológicos, las purezas raciales, los conceptos que separan. Santa Lucía era ese sueño al cual pertenecía, del cual sacaba su inspiración y su fuerza. Al final de La voz del crepúsculo, el texto Café Martinique, habla de un viejo poeta que regresa a su isla después de haber viajado por todo el mundo y siente esa levedad y esa intensidad. Ese poeta era él mismo. Ahora ha muerto y lo miramos con nostalgia.

Una vez yo soñé que podía captar su espíritu, que tiene tanto que ver con Jean Rhys y su pasión de los sargazos, con Saint John Perse y sus anábasis, incluso con Naipaul y sus sinceridades vagabundas, que podía representarlo con una muchacha reflejada en el agua con el que mi héroe Swan tenía una relación ligera y profunda como la de una hoja en la piel y que acaba destruida por un huracán. Era mi fascinación por Santa Lucía y era mi fascinación por Derek Walcott, los dos representaban para mí ese secreto que acaba resonando en el mundo entero, ese toque casi imperceptible pero lleno de gracia que no se olvida nunca, como esa isla que no ha dominado en el mundo pero acaba seduciendo a todos, esa isla donde los poderosos quieren poner sus botas y acaban dejando las botas y retirarse a vivir intensamente. Para mí significaba mucho. Igual que Helena, esa Helena que para Seferis era un fantasma absurdo por el que no valía la pena luchar, pero que para Walcott era una isla solitaria con brisas y susurros que nos seduce más allá de los poderes y las grandes palabras y las afirmaciones trascendentales. Y era adánica pero también era crepuscular, y como todos los delirios se aparecía sobre todo en el crepúsculo.

Derek Walcott, Helena al atardecer
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