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Pessoa es como el caldo gallego

Que no tiene sustancia. Que no sabe quien es. Que no tiene nombre siquiera, y por eso se pone muchos nombres. Llamarse Pessoa (Persona) es como llamarse Nadie. Que es el desasosiego de no saber ni qué siente

QUE NO TIENE personalidad y acumula las personalidades. Que solo piensa y piensa. Que no es nada, dice él.  Pero también dice que lleva en sí todos los sueños del mundo. Y los sueños dan muy buen caldo.

Sí, Pessoa tenía mucha sustancia, dijera lo que dijera. Y el caldo gallego tiene mucha sustancia. Que no creía en nada, decía. Pero creía en Portugal y en el rey Don Sebastián y en el quinto imperio del espíritu, como dice en Mensagem. De modo que sí tenía sustancia y corporeidad. Tenía tanta corporeidad como el caldo gallego en los inviernos.

Podemos decir que era como el hombre sin cualidades de Robert Musil.  Ese tipo del imperio austrohúngaro que no tenía cualidades, que solo quería analizarlo todo. Pero sí que tenía cualidades. Diríamos que se sentía muy bien poniéndose cien nombres, negando todas sus identidades, contradiciéndose continuamente. Que estaba bien sin cara. Pero sí que tenía cara, una cara bien afilada, iba bien metido en su abrigo, y me lo imagino entrando en una cocina de antes, en una de esas cocinas económicas que usaban las abuelas, y que la abuela le dice: "Ven aquí, Fernando, siéntate junto al fuego, caliéntate aquí, y tómate un poco de caldo, que le puse mucho unto". Y él también tenía mucho unto, y estaba deseando tomar el caldo de la abuela, igual que estaba deseando que volviera el rey don Sebastián, y que Portugal le enseñara el espíritu y la saudade al mundo entero.

"Déjate de tonterías, Fernando y toma caldo con unto". Y él también llevaba dentro un buen caldo. Por mucho que despotricara, que quisiera desorientarnos, que él mismo estuviera desorientado, que paseara por todas partes en Lisboa sin saber quién era, que fuera de noche por la carretera de Sintra deseando estar en Lisboa, o fuera por Lisboa deseando ir por la carretera de Sintra, él sabía lo que era la tradición portuguesa, sabía lo que era la angustia y la nostalgia, y tenía ese unto en sus libros, que es como un sabor inaccesible, pero muy sustancioso, como un espíritu que se deshace en el caldo, pero está lleno de carne, y sobre todo que renueva contra el frío abstracto de las calles y de los pensamientos.

Decía que solo pensaba, que todo él era pensamiento, que no sabía lo que era el sentimiento, no era como Unamuno que al menos decía "siente el pensamiento y piensa el sentimiento",  pero vaya sí sentía, sentía esa nostalgia que está en todos sus escritos, sentía esa zozobra  del Libro del desasosiego, un desasosiego que le hacía dar vueltas sin fin por las calles de Lisboa y por los pensamientos, por las ocurrencias y los estados de ánimo, se sentía un vagabundo metafísico muerto de frío, y en el fondo llamaba a su abuela portuguesa, y pedía socorro en medio de ese desasosiego, y vaya si hacía algo más que pensar, sentía ese desasosiego, con más angustia que Kafka, con más melancolía que Borges. "Y llevo en mí todos los sueños del mundo", decía. Y los sueños son como el unto, ya sabemos. Y llamaba a las glorias portuguesas para que trajeran la mística al mundo, el esoterismo apasionado y silencioso al mundo. Al fin y al cabo Aleister Crowley no era más que un gilipollas que jugaba con el diablo de la sabiduría, para él eran más sustanciosos los viejos sueños de Portugal, y las abuelas portuguesas que cocinaban bacalao en pedazos, igual que él soltaba su literatura en un montón de pedazos amarillos y heterónimos, pero estaban llenos de sabor marino y amarillo.

Uno de los heterónimos no hacía más que decir que solo creía en lo concreto y que la metafísica no existía, pero lo repetía tanto que era para dudar de que lo creyera, y para pensar que en realidad el unto del caldo estaba en esa metafísica que negaba, otro heterónimo jugaba a lo clásico y las serenidades colmadas, otro soltaba directamente metafísicas sinceras sin avergonzarse, y decía en Tabaquería: "No soy nada, no puedo querer ser nada, pero aparte de eso llevo en mí todos los sueños del mundo", y así somos todos, y todos nos perderemos en el viento, pero todos habremos probado dos buenos platos de caldo, y los llevaremos para siempre en la nada, más intensos que la magdalena de Proust, y eso lo sabía muy bien Pessoa, que quería asustarnos, espantarnos a todos con su desasosiego, con su falta de identidad, con su negarse a sí mismo de todas las maneras, pero luego entraba en el Martiño da Arcada, antes de que cobraran una millonada por comer allí porque él estuvo allí, y pedía un buen plato tradicional silencioso, porque siempre pasa eso, también un día pedirán un dineral por comer en el bar A Tasca de Lugo porque allí comí yo, pero yo ando negándome a mí mismo continuamente, si acaso ocurre que no sé quien soy.

Y a Pessoa  le pasaba lo mismo, pero consiguió que lo buscaran por Lisboa personas hambrientas del mundo entero, porque todos saben quién es aunque él no lo supiera, porque saben que en el fondo equivale a un buen plato de caldo de Lugo lleno de unto. Él no tenía su yo, al revés que Unamuno que siempre decía: "Mi yo, que no me quiten mi yo", pero ahora todo el mundo sabe muy bien cuál es el yo de Pessoa, ese yo tembloroso, angustiado, deseando encontrar a su abuela por el Chiado o encontrar la sombra del rey don Sebastián, deseando entender el mensaje. Y aunque en su Ora Marítima lo mezcle todo y lo fragmente todo, aunque lo deshaga todo en la incertidumbre metafísica y moderna, y por eso les interesa tanto a los modernos, a pesar de todo eso, él sabía muy bien quien era, y sabía muy bien que hacía el gilipollas cuando le dijo a aquella única novia que tuvo: "Perdona lo que te dije ayer, es que ayer no te hablaba yo, sino Alvaro de Campos", y la novia lo mandó a paseo, y le dijo mentalmente: déjate de gilipolleces y vete a tomar un plato de caldo, pon tu cara sobre el caldo, y ahora miles de novias del mundo entero se enamora del yo que sí tiene, lo añoran como el unto de un plato de caldo gallego, quieren hacer caldo con él, quieren leerlo en sus cuartos abrigados de ventanas verdes como las que hay en Cais do Sodré, quieren compartir con él sus angustias y sus incertidumbres y sus contradicciones,  y saben que su ropa mojada huele por las calles de Lisboa, y que sus ojos literarios están llenos de unto.

Pessoa es como el caldo gallego
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