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Dylan o los momentos únicos

El mundo se conmueve ante las cosas que pasan solo una o muy pocas veces en la vida. Por eso pasó Bob Dylan por Galicia por quinta ocasión y fue como si no lo hubiese hecho nunca, y después del concierto nunca más vaya a hacerlo

Bob Dylan.TR
Bob Dylan.TR

ASÍ QUE SUS seguidores, convencidos de que secretamente los lunes son días milagrosos, acudieron a no olvidarlo fácilmente. Eso incluyó a los admiradores del futuro, como la santiaguesa de nueve años sentada a mi lado, a la que su madre llevó para que, llegada la hora, cuando su hija discierna las cosas bellas e importantes de las otras, cuente que escuchó a Dylan el día que el artista pasó tan cerca de su casa que, de alguna manera, lo hizo para verla expresamente a ella. Hay artistas que solo lo son si sienten que se columpian en un movimiento perpetuo; de aquí para allá, sin detenerse. Son los artistas que huyen del tiempo, que no se apegan a nada, salvo al arte, que son felices bajo la sensación de que todo es provisional. Tal vez se rebelan contra la idea de conformarse con lo que fueron. "¿Por qué siempre estás de gira?", preguntaron a Dylan un día. "¿Qué hay en casa?", respondió.

En Santiago apareció con esa una puntualidad que brilla en los instrumentos al irrumpir en el escenario, y se puso a hacer música derechamente, sin gestos, sin pamplinas. Eso se espera de él, y al cumplir gélidamente con su halo de leyenda recordó a aquel otro Bob, el Bob del cuento ‘Bienvenido, Bob’, de Juan Carlos Onetti, un personaje esquivo que podía mirarte "durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar un cigarrillo y limpiar la ceniza de la solapa de sus trajes claros".

Cuando Bob Dylan toca, no importa demasiado qué tema —ocurrió en Things Have Changed, Highway 61 Revised, Pay in Blood, Like a Rolling Stone o Love Sick—, se vuelve un creador de momentos únicos. No se repite, como si aborreciese parecerse demasiado a sí mismo. Por eso los seguidores acuden a constatar, en buena medida, cómo han cambiado sus grandes canciones. No hay duda que para Dylan hacer las cosas como ya sabe hacerlas, como todo el mundo sabe cómo las hizo una vez, carece de mérito, y por esa razón las rehace, para dejar claro que, si los tiempos no son los mismos, una canción tampoco pude ser como lo fue alguna vez. Los años pasan para todas las cosas, también para lo igual. Es recurrente, porque es ilustrativo, la evocación que Rodrigo Fresán hace del diálogo que en los ochenta el cantante mantuvo con su ingeniero de sonido, Chris Shaw, tras un concierto en Colonia. Shaw quiso saber si uno de los temas del repertorio de ese día lo había vuelto a tocar como en la versión original. "Bien, ya sabes, Chris, un disco no es más que un registro de lo que estabas haciendo ese día en particular. Y a nadie le gustaría vivir el mismo día una y otra vez, ¿no?", explicó.

A los 78 años, y con voz de que todos los días y conciertos tienen su importancia, y no pasan en balde, se parapetó tras el piano como si fuese un castillo. Al acabar cada canción, sin embargo, bajaba y estiraba las piernas entre compañeros e instrumentos, para enseguida regresar a la torre. Al séptimo tema al fin se situó en el centro del escenario, se ajustó la chaqueta, mitad divertido mitad coqueto, y cantó sin muros. Fue un acto casi secreto, con el que parecía anunciar "no me voy a acabar nunca, pero no se lo contéis a nadie". A esas alturas, la niña de nueve años que un día amará al artista, lo había probado todo para distraerse, desde arrancar el número de su butaca y pegárselo en la frente, a dar una cabezada en las piernas de su madre. La leyenda, después de todo, es una suma de actos épicos y actos vulgares. El concierto se cerró con uno de los primeros, cuando antes de los bises, en el momento que los artistas desaparecieron, se formó un silencio que dio paso, desde la grada, al grito más célebre de la literatura gallega —"¡Adeus ríos, adeus fontes!"—, y entonces Bob Dylan regresó para poner el final.

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