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Fe de erratas

Bibiana Candia, que había dejado atrás una vida de funcionaria, cómoda, pero odiosa, necesitaba por entonces sentirse a solas con una historia que no estaba segura de si sabría contar, y nada más llegar se dio cuenta de que se encontraba en la ciudad perfecta, "Berlín nunca termina. Está siempre empezando", sostenía

COMPRÉ Fe de erratas, el último libro de Bibiana Candia (A Coruña, 1977), en la página web de su editorial, desde el aeropuerto de Bilbao. No pude esperar a encontrarlo en una librería de mi ciudad, cosa que, por otra parte, nunca pasaría, ya que se edita bajo demanda. Al día siguiente, cuando ya estaba en casa, recibí un mail de Franz Miniediciones agradeciéndome la compra. "Ya hemos empezado a manufacturar tu libro y te volveremos a escribir cuando esté listo para ser enviado", me explicó la editora, Christel Penella. Me quedé sorprendido. No tenía ni idea de que el libro se haría a mano. Le pedí que me contase algo más sobre el proceso.

Entretanto, escribí a Bibiana Candia, a quien sigo desde que publicó su primer libro de poesía, La rueda del hámster, en 2013. Para entonces, ella llevaba ya algún tiempo viviendo en Berlín. Sus planes desde hacía un tiempo "salir de España para ser escritora". Esa determinación todavía me admira hoy. "La mayor satisfacción es hacer lo que te da la gana. Hacerte dueño de quién eres. Yo me pertenezco", sostiene. Candia, que había dejado atrás una vida de funcionaria, cómoda, pero odiosa, necesitaba por entonces sentirse a solas con una historia que no estaba segura de si sabría contar, y nada más llegar se dio cuenta de que se encontraba en la ciudad perfecta. "Berlín nunca termina. Está siempre empezando", sostenía. Cuando nos escribimos por primera vez me confesó que trataba de sacar adelante una novela. "He pasado por un tiempo en que he estado casi más aprendiendo a escribirla que a escribirla propiamente". Eso fue a mediados de 2013. 

Un año después, en verano, me comentó que estaba cerca de acabarla. Entonces transcurrió casi otro año. "Me estoy matando con ella para terminarla, pero creo que finalmente estoy viendo la luz. He aprendido más del propio proceso que de lo que he escrito", me dijo. Siguió pasando el tiempo, que rodaba por el suelo como una bobina de hilo. Entretanto, publicó un libro de relatos y después otro más de poesía. Hace unos días, después de hablar con su editora, volví a preguntar por la vieja novela. "Aquella novela murió. Cometí todos los errores posibles y al final se convirtió en algo tan lejano de la primera idea que dejó de interesarme completamente. Hace un par de meses comencé a escribir una nueva".

Casi al mismo tiempo que me confesaba el secreto, la editora Franz Miniediciones me explicaba que siempre publica "literatura breve, contemporánea, en libros hechos a mano". La idea de brevedad fue anterior a la elección de artesanía. Un día asistió a un taller de encuadernación impartido por los editores argentinos de Clase Turista, y eso cambió su perspectiva. "Ellos habían empezado su proyecto tras el corralito, cuando se agotaron los recursos para producir libros en una imprenta y decidieron hacerlos ellos mismos". Así nacieron las editoriales cartoneras, vinculados a los basureros autónomos que recogían cartón en Buenos Aires. 

Christel Penella halló una vía híbrida de hacer libros, entre el diseño y la artesanía, que ha seducido a autores de cuatro continentes, que "exploran los márgenes de la realidad y la rompen en pedazos", señala la editora, tomando las palabras de la escritora Vera Giaconi. Los libros van maquetados con un programa de edición profesional y están impresos con impresora, también las portadas. Luego se cosen con una máquina de coser telas, se cortan con guillotina y, finalmente, se unen las portadas con cola al pliego del volumen. Al acabar, cuando el libro está pagado, y en manos del lector, el proyecto se encuentra "más cerca del arte que del comercio". Miniediciones habla de su impulsora, pero dice también mucho de sus autores, "que adquieren un compromiso con su obra desde el punto de vista existencial, psicológico y formal". ¿Tiene consecuencias editar así? "Sí, las tiene, y son ruinosas desde un punto de vista económico, pero absolutamente felices para la literatura", concluye Penella.

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