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«No sé cuándo dejé de hacer exclusivamente cosas que me gustaban. Supongo que bastantes años atrás, a eso de las ocho y treinta y cinco de la mañana. Descubres de repente, y tarde, que cada vez haces más cosas que te fastidian. ¿Por que las haces?»

Elvis Presley se une a la armada.TR
Elvis Presley se une a la armada.TR

HACER SOLO aquello que te gusta, y desechar lo demás, es un pequeño capricho que se va desgastando con los años, como las cosas que pasan mucho tiempo al sol. Quizá las cosas que te gustan empiezan a gustarte menos, y a las que te desagradan no te importa ya perdonarles ese defecto. Los lujos también sufren el asalto de la decadencia, así que llega un día, casi sin darte cuenta, en que te pones a hacer cosas que no te gustan. Es una inercia, como lavar la taza del desayuno en lugar de meterla en el lavavajillas. Cuando al fin lo adviertes, te animas pensando que los buenos tiempos pasaron, y que ahora hay que apañárselas de cualquier manera. Hace unos días, a la abuela de una amiga le preguntaron qué quería de regalo para Navidad, y respondió: «No morirme». Eso es arreglárselas. En el salón se formó un gran silencio, me contaron, y los familiares no supiesen discernir si el deseo que expresaba la abuela era fruto de la ambición perdida, o lo contrario. Al final, uno de los nietos, para distender el ambiente, la animó a pedir algo más, «por si acaso».

No sé cuándo dejé de hacer exclusivamente cosas que me gustaban. Supongo que bastantes años atrás, a eso de las ocho y treinta y cinco de la mañana. Descubres de repente, y tarde, que cada vez haces más cosas que te fastidian. ¿Por que las haces? Porque tienes que hacerlas, porque nadie las hace por ti, porque si no las haces más tarde tendrás que hacer otras todavía peores. Madurar te obliga a renunciar paulatinamente a la felicidad fácil, por llamarla así, que vas atrapando en el aire, de puntillas, y metiéndotela en los bolsillos, insaciable. Basta que te guste algo para tomarlo, sin pensar que en la vida también hay que perder y ponerse triste por ello. No es un modelo de existencia realista ni sostenible. Sirve para que, antes o después, seas aplastado por la frustración. En cambio, aceptar poco a poco cosas que te desagradan, te entrena para la edad adulta, en la que se supone que las cosas rara vez salen como te esperas. Para entonces la idea que tienes de la felicidad exige una compleja elaboración, que llega a veces después de un esfuerzo titánico, y no pocas veces melancólico. No es ya algo que venga dado, que se recoge del aire, sino que más bien hay que inventar, y que disfrutas durante un lapso brevísimo.

Yo me di cuenta hace unos días de hasta qué punto los buenos tiempos habían desaparecido por debajo de la puerta, o por un resquicio aún más perfecto e inaccesible, como el hueco entre los dedos, cuando constaté que en media mañana me había dado tiempo a hacer tres o cuatro cosas que me disgustaban notablemente. Ni siquiera advertí, mientras las hacía, que me disgustaban. Y sin embargo eran cosas que en otra etapa de mi vida —los buenos tiempos— me habrían hecho llorar, sospechando que la suerte me daba la espalda para siempre. Ya estaba tan acostumbrado a ello que las afronté con naturalidad, como si esas tres o cuatro cosas solo fuesen líneas en una lista que vas tachando. ¿Qué cosas fueron? Devolver una falda de Zara, que ni siquiera era mía; pagar un recibo bancario; visitar a un enfermo en el hospital y rechazar una oferta para salir a cenar calculando que al día siguiente tendría trabajo y sufriría resaca.

Al llegar a cierta altura, tachar una lista entera, da igual de qué, se vuelve una de esas acciones que producen sensación de felicidad. Significa que has llevado algo hasta al final, y aunque sea una sarta de cosas grises, eso te hace sentir inexplicablemente bien, hasta casi sentir rabia. Empezar y acabar una tarea representa un sueño de la edad madura, y da igual por el medio haya que hacer recados aborreces. Aquellas tres o cuatro cosas descorazonadoras, que en otro momento si hacías te hundían, significaron de pronto tan poca cosa que creo que simplemente chasqueé la lengua. Gestos como chaquear la lengua, o resoplar, y palabras como ‘hostia’ y ‘joder’, te ayudan a curar los pequeños tedios de la vida.

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