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De qué está hecho el tiempo

En El orden del tiempo, Carlo Rovelli aborda la complicada tarea de intentar explicar qué es el tiempo. Y lo hace a través de las herramientas que le proporciona la física teórica

lorenzo

EL ÚLTIMO LIBRO de Carlo Rovelli no es un libro, sino tres. El primero es un libro de divulgación científica sobre la estructura del tiempo. Un libro apasionante que, con sorprendente sencillez y acierto, desmonta una a una todas las ideas que la filosofía, la física y la propia intuición del ser humano han venido proponiendo a lo largo de los siglos sobre la esencia y la naturaleza del tiempo. La claridad y lucidez de los planteamientos teóricos, su evidencia y precisión, distan mucho de las de otros textos de corte análogo que, a pesar de ser igualmente asequibles, pueden resultar más complejos en su exposición para el lector.El segundo libro es un compendio de conjeturas. De hipótesis plausibles, ya sean acertadas o no, que tratan de contestar a todas las preguntas que las propias proposiciones de Rovelli generan página a página. Y el tercero es literatura. Pensamientos y reflexiones del autor, a veces con una fuerte carga poética, sobre el propio devenir del tiempo, sobre la conciencia, sobre la vida y sobre la muerte. Es un territorio mucho más humano y mucho menos científico que, en determinados momentos, logra alejarse de lo emocional para adentrarse en lo filosófico.

En apariencia, los tres libros siguen un orden. Así viene, de hecho, estructurado en el índice. Cada uno de ellos se correspondería, en principio, con las tres partes en que se divide el volumen. A simple vista, además, tras una primera lectura superficial, este orden también parece derivarse del propio texto. De su tono. Del objetivo de cada capítulo. Sin embargo, al profundizar en cada párrafo, en cada línea, nos damos cuenta de que la realidad es otra. Los tres libros coexisten a la vez. La aspiración divulgativa no llega a desaparecer en ningún momento; hay ejemplos de literatura en casi todos los párrafos, y las conjeturas sobre la naturaleza del tiempo inspiran, en defintiva, la totalidad del ensayo. Lo creemos ordenado porque así es como nuestro cerebro prefiere observarlo. Porque le resulta más sencillo enfrentarse a él creyendo que existe un equilibrio. Pero en realidad ese orden no es más que un constructo. El producto de nuestra visión incompleta, desinformada o, sencillamente, desenfocada del libro. Exactamente igual que ocurre con esa sucesión incesante de momentos en la que, erróneamente, creemos que consiste el tiempo.

Para derribar nuestras viejas creencias sobre el mismo y explicar de qué está hecho, por qué lo entendemos como una vía ferroviaria sobre la que nos desplazamos en una sola dirección, subidos a un vagón al que llamamos presente, dejando atrás los paisajes pasados e ignorando los futuros, Rovelli se apoya en tres grandes conceptos físicos: la Teoría de la relatividad general, la gravedad cuántica de bucles y la segunda Ley de la Termodinámica —un cuerpo no transmite calor a otro más caliente—, presente en todos sus razonamientos de forma más o menos directa, casi desde la primera página. El orden del tiempo es un libro para todo el mundo. Cualquiera puede asomarse a él y comprender la mayoría de sus enunciados, al menos de forma abstracta. Sin embargo, para realizar una lectura completa, coherente y fluida del libro, es aconsejable no partir de cero y dedicar un tiempo previo a entender, aunque sea de un modo puramente enciclopédico, a qué se refieren esos tres conceptos y en qué consisten los postulados esenciales de cada uno de ellos.

La observación principal del ensayo, la idea sobre la que Rovelli construye su libro, es que las cosas no son, sino que suceden. Suceden como sucede un beso. O un suspiro. Y esto es así cuando se trata de acciones, pero también en el caso de los objetos. Una piedra no es. Una piedra sucede. Está sucediendo ahora mismo.

La piedra es sólo uno de los estados macroscópicos por los que creemos que atraviesa ese proceso, pero en realidad veríamos que tales estados en equilibrio son sólo una construcción mental

De la misma manera que, en apenas unos segundos y por efecto de la condensación, el vapor de agua se convierte en una gota en la superficie vertical de un vaso de agua muy fría, una piedra no es más que una cantidad enorme de átomos que se disponen en diferentes configuraciones, pasando de ser polvo y arena a solidificarse en forma de roca para después descomponerse otra vez en polvo. La piedra es sólo uno de los estados macroscópicos por los que creemos que atraviesa ese proceso, pero en realidad, si pudiésemos observarlos a nivel subatómico, veríamos que tales estados en equilibrio son sólo una construcción mental. Comprobaríamos que todas las configuraciones en las que se disponen sus átomos a lo largo de los milenios son igualmente particulares, aunque a algunas de ellas, de forma muy concreta, justo cuando se disponen de una determinada manera, podamos llamarlas piedra.

Nosotros no podemos observar el universo, todos los fenómenos que suceden a nuestro alrededor y en todo momento, a nivel microscópico. No podemos ver la configuración fundamental de cuanto nos rodea, su estructura a escala cuántica. Interpretamos ese universo, por tanto, a través de nuestra mirada desenfocada. Y las cosas que vemos, las cosas que creemos que son en lugar de estar sucediendo, son el fruto de ese desenfoque. En realidad, todas esas cosas que suceden lo hacen porque pasan de un estado de menor entropía —la transformación irreversible de algo, que pasa de estar más ordenado a menos ordenado— a un estado de mayor entropía. A veces podemos observar in situ ese proceso. Por ejemplo, cuando echamos al fuego una pila de leña estamos asistiendo a la transformación de esos troncos. Pero en realidad, si esa pila de leña no ardiese, si la dejásemos durante siglos en un rincón, los troncos que la componen también terminarían por transformarse. Su entropía no aumentaría drásticamente, como en el caso de la hoguera, pero el proceso de desorden sería igualmente incesante. Lento, pero incesante. De ese aumento de la entropía se deriva el cambio que, a fin de cuentas, produce el desenfoque con el que observamos el mundo. Es nuestra visión desenfocada la que nos produce la sensación de que el tiempo pasa. De atrás hacia adelante. Constante y gradualmente. Siempre fluyendo.

¿Y no es así? A nivel cuántico, no. En las ecuaciones fundamentales del mundo no existe la variable tiempo. Al menos, según la tesis de Rovelli —todavía existe un encendido debate al respecto en el mundo de la física teórica—. El tiempo es la otra cara del espacio. Ese espacio-tiempo es el tejido del que están hechas todas las cosas. Y en términos de la Teoría de la Relatividad General, es elástico. Se deforma. No es estático ni simétrico. Pero si entendemos que el espacio-tiempo es un campo físico más —el campo gravitatorio; equiparable como el electromagnético, debería ser también cuántico. Me explico: debería existir una unidad mínima en la que se descompone. Una unidad determinada por la Escala de Planck por debajo de la cual ni siquiera existe la noción de tiempo. Y si esto es así, el tiempo también es probabilístico, fluctuante y sujeto al principio de indeterminación cuántica: igual que es imposible predecir dónde aparecerá un electrón, o de igual forma que cualquier otro objeto, a nivel fundamental, se encuentra en una superposición de configuraciones diversas —podría ser cualquiera de ellas—, el tiempo también. A escala cuántica, por tanto, "un acontecimiento puede darse a la vez antes y después que otro", explica el autor.

Eso no quiere decir que no exista el pasado, el presente y el futuro. Quiere decir que, a nivel subatómico, no se ordenan en una sucesión lineal y gradual, aunque nuestra visión desenfocada nos haga creer que, desde un punto de vista macroscópico, sí lo hacen. En otras palabras, no quiere decir que no exista el tiempo. Quiere decir que éste no existe como creemos. Que no está hecho de una progresión ordenada y macroscópica de momentos. Por eso, Rovelli aclara que no hace falta una variable tiempo para explicar un mundo que está en un continuo proceso de desorden —en términos de entropía—. Hace falta una teoría que explique cómo las configuraciones elementales de las cosas cambian cuando cambian las otras. Que establezca la relatividad cuántica del espacio-tiempo. De esa compleja tarea es de la que se encarga la Teoría de la gravedad cuántica de bucles —aunque no existe entre los físicos consenso sobre ella, debido al amplio apoyo que recibe, por oposición, la Teoría de cuerdas—. Y de la lectura enfocada de ese cambio, es de donde se deriva el verdadero tiempo.

El orden del tiempo
"Debes recordar esto, un beso es sólo un beso, un suspiro es sólo un suspiro. Las cosas fundamentales suceden mientras el tiempo pasa", canta Sam en Casablanca. Puede que en esa frase, antigua pero eterna, se concentre todo cuanto uno puede descubrir en El orden del tiempo de Carlo Rovelli.

 

De qué está hecho el tiempo
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