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Elemental, querida tabla periódica

La tabla periódica no es solamente un sistema de clasificación. De hecho, es un sistema del mundo. Una guía que muestra la correlación entre las propiedades químicas y físicas de aquello que, hasta hace no demasiado tiempo, se consideraba elemental

Tabla periódica

HACE ALGUNAS semanas recibí un encargo de la revista Táboa Redonda para que escribiese sobre la tabla periódica de los elementos. Aunque no siempre resulte evidente la importancia que tiene un texto determinado para una publicación, uno sabe que un encargo es de los serios cuando es una revista quien se lo hace, en lugar de una persona. En este caso, no obstante, el artículo debía tratar sobre uno de los iconos más destacados y reconocibles de la historia de la ciencia. Sobre uno de los emblemas mismos del pensamiento científico. No cabía duda alguna de por qué era la revista, directamente, la que levantaba el teléfono.

Escribir sobre la tabla periódica de los elementos es uno de esos encargos que, en el periodismo cultural, entran dentro de lo inevitable. La tabla no es solamente un sistema de clasificación. De hecho, la tabla es —sobre todo lo fue en su día, pero todavía lo es hoy— un sistema del mundo. Una guía que muestra la correlación entre las propiedades químicas y físicas de aquello que, hasta hace no demasiado tiempo, se consideraba elemental. El mapa de las piezas esenciales e indivisibles de las que está hecha toda la materia y que el científico británico Robert Boyle describió como "los cuerpos primitivos y simples que no están formados por otros cuerpos y que son los ingredientes de que se componen todos los cuerpos perfectamente mixtos" al referirse a los elementos en su fundamental obra de 1661 El químico escéptico.

Al leer la tabla entendemos que esa correlación entre las propiedades de los elementos es periódica. Que existe una correspondencia aritmética entre unos elementos y otros. Que se trata de un diagrama formado por piezas entre las que se produce, para entendernos, una conexión de carácter proporcional, como la que hay entre las notas de una escala musical. O dicho de otro modo: que las propiedades físicas y químicas de los componentes de la tabla se disponen de acuerdo a un orden. De acuerdo a un patrón. Y de ahí que, al interpretar ese patrón, haya sido posible predecir la existencia de elementos que hasta ese momento se ignoraba que existían, de tal forma que, a partir de su concepción en 1869 por el profesor Dmitri Mendeléyev, hace ahora justamente 150 años, la tabla periódica haya sido considerada la Piedra de Rosetta de la química.

Y precisamente por eso necesitaba una historia original para cumplir con el encargo. En primer lugar, porque era preciso encontrar un pretexto a partir del cual poder contar todo esto. Pero además, porque resultaba fundamental huir de lo típico. No podía limitarme a explicar en qué consiste la tabla periódica o a recordar que se cumple un siglo y medio desde su creación —o, mejor dicho, desde su perfeccionamiento— por Mendeléyev. Me hacía falta una anécdota alrededor de la cual hacer pivotar todo el artículo, pero nada de lo que yo hubiese leído sobre la tabla periódica me venía a la memoria.

Un tanto frustrado, llamé a la revista y expliqué lo que sucedía. Un par de semanas antes había escrito un artículo sobre el último libro de Oliver Sacks y recordé que, en uno de sus capítulos, el brillante neurólogo y divulgador científico explicaba cómo funciona el subconsciente creativo, por lo que recurrí a ese concepto para pedir a la revista algo más de tiempo. Aclaré que el subconsciente creativo es esa parte de nuestra mente que sigue trabajando en segundo plano mientras nosotros dedicamos nuestra actividad consciente a otros asuntos. No es lo mismo que el subconsciente cognitivo, que es el que te permite conducir mientras vas pensando en preparar lasaña al llegar a casa. Tampoco se trata del subconsciente freudiano, que es el que se refiere, por ejemplo, a miedos y deseos reprimidos. El subconsciente creativo, escribe Sacks, es el que soluciona problemas dejando pasar el tiempo. Por incubación. Y triunfa allí donde la actividad consciente fracasa. Por desgracia, a la revista le pareció un tema tan interesante que decidió que lo ideal sería relacionarlo en un mismo texto con el de la tabla periódica de los elementos. La habíamos hecho buena.

Poco a poco comenzaron a venirme a la mente algunas anécdotas científicas relacionadas con el subconsciente creativo


Dejé que los días fuesen pasando y, en lugar de recordar alguna historia relacionada con la tabla periódica, poco a poco comenzaron a venirme a la mente algunas anécdotas científicas relacionadas con el subconsciente creativo. Por ejemplo, la historia de cómo el matemático Henri Poincaré, que se encontraba en la costa para descansar porque se sentía incapaz de resolver el problema al que se enfrentaba, comprendió de pronto, casi sin querer, que "las transformaciones aritméticas de formas cuadráticas terciarias indefinidas eran idénticas a las de la geometría no euclidiana", según él mismo dejó escrito. Su subconsciente había solucionado el problema por incubación, dejándolo aparcado temporalmente, de un modo similar a cómo Richard Feynman, por ejemplo, había concebido los famosos Diagramas de Feynman un día cualquiera mientras observaba a un hombre lanzar una bandeja al aire, precisamente después de haber decidido no pensar en ecuaciones de rotación.

Incluso recordé otros casos en los que el subconsciente creativo había sido el motor de algún trabajo artístico, como la obertura orquestal de la ópera El oro del Rin, que se le ocurrió a Richard Wagner después de obligarse a hacer una excursión por unas colinas y que, como él mismo reconocía, debía de "haber permanecido mucho tiempo latente" en su interior. O la melodía de Yesterday, cuya estructura, tal y como explicó en su momento el propio Paul McCartney, se le reveló una mañana de 1963 nada más levantarse de la cama. Todas ellas eran anécdotas magníficas relacionadas con la creatividad inconsciente, merecedoras de ser contadas, pero ninguna tenía que ver con la tabla periódica y el plazo de entrega se me echaba encima.

Hasta que un día, al fin, tal y como les había ocurrido a los protagonistas de todas estas historias, mi subconsciente decidió echarme un cable. De pronto recordé que, en el propio capítulo del libro de Oliver Sacks donde se hablaba de esta solución en segundo plano de problemas incubados durante mucho tiempo, en letra pequeña se contenía una maravillosa anécdota sobre la tabla periódica: "Mendeléyev, el gran químico ruso, dijo que había descubierto la tabla periódica en un sueño, y que de inmediato, al despertar, la anotó en un sobre. El sobre existe y el relato, tal como lo cuenta, puede que sea cierto. Pero da la impresión de que este golpe de genio surgió de la nada, cuando, en realidad, Mendeléyev había estado meditando sobre el tema, de manera consciente e inconsciente, durante al menos nueve años, desde el congreso de Karlsruhe de 1860. No hay duda de que el problema le obsesionaba, y en sus viajes en tren por toda Rusia se pasaba largas horas con un mazo de cartas especial en el que había escrito cada elemento y su peso atómico, jugando a lo que él denominaba el solitario químico, barajando, ordenando y reordenando los elementos. Sin embargo, cuando la solución le llegó por fin, fue en un momento en que no intentaba alcanzarla de manera consciente".

Por fin había encontrado una historia estupenda sobre la tabla periódica. Una historia que además estaba relacionada con el subconsciente creativo y alrededor de la cual no sería difícil construir el artículo con el que podría cumplir el encargo de Táboa Redonda. Lo único que restaba por hacer, por lo tanto, era escribirlo. O al menos, sentarme a explicar lo elemental.

Elemental, querida tabla periódica
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