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Lost in translation

En cierta ocasión leí que traducir es, en esencia, traicionar al autor. Al menos, en lo que se refiere a la literatura. Se trata de una afirmación con la que llegué a estar de acuerdo en su momento. Pero ahora ya no

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LA SENTENCIA, ciertamente categórica, se basa en que un escritor elige cada palabra con una intención determinada. Una intención particularmente concreta que el traductor debe esforzarse en interpretar con la mayor exactitud posible, ya que, a continuación, está obligado a reproducirla mediante una palabra distinta, construida con las reglas de un idioma distinto.

Pero aunque el traductor consiga adivinar la intención del escritor, siempre puede haber algo en el término elegido para la traducción que difiera del original. Tal vez una determinada sonoridad. Tal vez una relación rítmica con otra palabra. Tal vez un diminuto, casi inexistente matiz semántico que, sin embargo, en su momento pudo ser el que motivó que el autor eligiese exactamente esa palabra y no otra.

Es ese singular matiz que, por ejemplo, chirría cuando comprobamos que «Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa» —así comienza el relato de Borges titulado ‘La forma de la espada’— se ha convertido en inglés en «A resentful scar crossed his face». Es posible que a primera vista una cicatriz rencorosa y una cicatriz resentida parezcan lo mismo, pero no lo son en absoluto. El carácter que el rencor proporciona a esa cicatriz nunca puede proporcionárselo el resentimiento. Aunque el traductor, en su momento, considerase lo contrario.

Y ahí reside el auténtico problema. En la naturaleza voluntaria o involuntaria de esa traición. Porque, aunque no exista la traducción perfecta, en la inmensa mayoría de ocasiones el traductor hace todo cuanto está en su mano por pervertir lo menos posible el original. Pero algunas veces su vocación es otra. Y decide que el texto se puede mejorar. Finalmente, una labor que debería ser prácticamente inapreciable se convierte en un ruidoso atentado contra una obra original.

El 10 de junio de 2012, la escritora argentina Mori Ponsowy publicó una columna en el diario La Nación en la que denunciaba cómo el trabajo de Raymond Carver había sido contaminado por su traductor. Al comparar algunos textos originales del escritor estadounidense con los publicados en castellano por Anagrama había descubierto una alteración considerable: «Lo que estaba viendo era, simple y llanamente, una violación al autor. El traductor había decidido modificar a Carver: cambiarle el estilo, poner adjetivos donde Carver no había puesto ninguno, exclamaciones donde Carver había elegido puntos, sonrisas donde Carver había preferido caras de póquer».

A veces el estilo de un autor se define también en negativo: tan importante es lo que ha escrito como lo que ha elegido no escribir. Como las frases más inspiradas del jazz. Carver es uno de los mejores ejemplos de concisión literaria. De exactitud descriptiva. Su gran virtud como narrador —y como poeta— es la austeridad. Siguiendo las directrices de su editor, Gordon Lish, si era capaz de decir algo en cinco palabras en lugar de quince, descartaba las diez que no necesitaba. Era una cuestión de precisión. De economía. Casi de aritmética, si me apuran.

Por eso a Mori Ponsowy le llamó la atención la traducción del cuento ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’: «Cada vez que uno de los personajes dice algo, Carver escribe: Mel dijo o Laura dijo. Nunca describe de qué manera se expresó el personaje. Y bien, se ve que al traductor eso no le pareció correcto. Así, donde Carver escribió dijo Terri, él tradujo protestó Terri; donde Carver escribió dijo Mel, él tradujo saltó Mel, y así sucesivamente, inundando ese cuento despojado con miles de sonrió Terri, ‘regañó Terri, saltó Laura, redondeó Mel, corrigió Terri,  exclamó Mel».

«Yo sí soy de Bilbao y, por tanto, cuando pongo en boca palabras a personajes de autores norteamericanos e ingleses, les pongo las palabras que se me salen de los cojones»

A la autora argentina le pareció indignante la conducta del traductor, quien se había atrevido a transformar voluntariamente la obra original de Carver, por lo que decidió buscar en internet si alguien más se había percatado de aquel abuso. Y no sólo encontró quejas semejantes a las suyas en el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, sino que, como explica en su columna, descubrió que el propio traductor había contestado a las mismas en estos términos: «Yo sí soy de Bilbao y, por tanto, cuando pongo en boca palabras a personajes de autores norteamericanos e ingleses, les pongo las palabras que se me salen de los cojones».

Descubrí esta historia hace algún tiempo, mientras conversaba sobre editores y traductores durante una comida con el escritor de Carballo Xurxo Chapela. Fue él quien me la contó, mostrándose también sorprendido por la falta de escrúpulos del traductor de Carver —especialmente al traducir, pero especialmente al contestar en el blog—. Sin embargo, buscando más información sobre este asunto, descubrimos que Ponsowy había publicado otra columna algunos meses más tarde en la que relataba un inesperado final feliz para toda esta historia.

El traductor de Carver al castellano se había puesto en contacto con ella tras leer su columna. Y no sólo era el traductor de Carver. También era el traductor de William Faulkner, Truman Capote, Jack Kerouac, Richard Ford, Ian McEwan, Yukio Mishima, Vladimir Nabokov, Kazuo Ishiguro, Martin Amis y Graham Swift. En su primera columna no había querido decir su nombre porque le parecía «de mal gusto exponer a alguien sin conocer sus motivos, ni darle oportunidad de explicarse». Pero ahora sí aclaraba que se trataba de Jesús Zulaika. Uno de los mejores y más respetados traductores literarios en lengua castellana.

Transcribo aquí literalmente su mensaje, publicado por la propia Mori Ponsowy en el diario La Nación el día 12 de agosto del año 2012:

«Comprendo tu estupor —e indignación— al leer aquella respuesta mía en la que invoqué la ciudad donde nací y mis atributos sexuales externos. Tengo que explicar que me sentí agredido por un comentarista injusto, que me endosaba haber escrito ‘¡Merluzo!’ —y otras atrocidades— con un ensañamiento sardónico y una impunidad que no eran de recibo, y a quien quise responder muy personalmente —no era una proclama universal, ni mucho menos—. Fue muy ofensivo para mí, y reaccioné de modo irreflexivo. Me gustaría decirte, sencillamente, que no soy tal energúmeno. Y luego, ya en el terreno de la traducción, que en aquel tiempo —mil novecientos ochenta y tantos— era lisa y llanamente inconcebible por estos pagos que en narrativa alguien utilizara ‘dijo’ para todo uso. De ahí que me sintiera impelido —tras obtener la anuencia de la editorial— a deformar el original. No sabes cuánto me arrepiento.

Incluso cuando la alteración del texto original es deliberada, puede que obedezca a motivos perfectamente comprensibles

Lo que digo se ve refrendado en Principiantes, donde, en el mismo relato —y en todos los demás— respeto escrupulosamente el dijo original, porque han pasado los años y en España los lectores ya han asimilado que tal laconismo repetitivo no es una pobreza expresiva —ni del autor ni del traductor—, sino un recurso estilístico —de una gran fuerza y belleza literarias, por cierto—. Eso es todo. Te pido perdón por mi exabrupto, y por mi deformación del estilo carveriano en aquel pasado ya lejano —hoy no es fácil rectificarlo, me dicen—. Nunca me lo reprocharé lo bastante. Pero he tenido que perdonarme —por razones obvias: tengo que poder mirarme al espejo—. Te envío un saludo sincero. Jesús Zulaika».

La conclusión es evidente. Incluso cuando la alteración del texto original es deliberada, puede que obedezca a motivos perfectamente comprensibles. Motivos lógicos. Motivos circunstanciales. Motivos humanos. Así que no: traducir no siempre constituye una traición al autor. A veces, de hecho, y aunque pueda parecer lo contrario, la intención es incluso la opuesta. Pero hasta quienes tienen las mejores intenciones se encuentran en ocasiones perdidos en la traducción. Y si no, que se lo digan a Sofia Coppola.

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