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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Elija su frecuencia

Todo es ruido, mil radios emitiendo a la vez indicaciones contradictorias

Leo un artículo de Mariana Enríquez en el que critica la nostalgia de los 80, años que le espantaron, y elige como único buen recuerdo llorar a grito pelado en el cine por un extraterrestre agonizante. Por lo que sé, yo hice lo mismo, moquear en el gallinero del Gran Teatro y preguntar a voces ¿Por qué? ¿Por qué?.

Imagino que seremos legión. Que los cines de medio mundo se llenaron entonces de niñas inconsolables a causa de E.T., levantando el puño al cielo como Escarlata por aquella tragedia griega.

Yo no me acuerdo bien del pollo que monté en el cine, pero sí de lo mucho que quería tener mi propio extraterrestre para guardarlo en el armario, llevarlo en bici, disfrazarlo y tocarle el dedo iluminado con la primera falange del índice. O sea, para tratarlo como a un Nenuco.

Además de enseñarnos a cuidar de un ser de otro planeta si se nos presentaba la oportunidad (ojalá), E.T. nos mostró algo más importante: cómo escaquearnos del colegio y de su pegajosa realidad con un método probado y objetivo. Nada de ‘me duele la tripa’, ‘no estoy bien’. Algo indiscutible, una fiebre medible. De la escena en la que Elliot pega el termómetro a la bombilla para subir el mercurio aprendimos la fórmula. Luego a algunas nos falló la ejecución. Yo hice lo mismo poco después, pero, ambiciosa, dejé tanto tiempo el termómetro al calor que lo reventé. Gotitas de mercurio cayeron al suelo y descubrí ese elemento fascinante. Recibí una bronca y fui al colegio como todos los días. Se me pasaron las ganas de tener un extraterrestre al sustituirlas por las de tener litros de mercurio con los que jugar. Quedaron en evidencia mis lagunas sobre química.

MxAlgunas teorías apuntan a que la segunda ola de la gripe de 1918 fue peor que la primera por la fatiga. Porque la gente no podía más y se empeñó en hacer la vida más normal posible, entendiendo por esta la anterior a todo aquello.

La teoría es facilísima. La teoría es que, ante algo terrible, lo que queda es pasarlo, cruzarlo, llegar al otro lado. La teoría es que, cuando estás atravesando esa crisis, no sabes lo que va a durar, por tanto no sabes si estás al principio o al final, si queda mucho o poco. La teoría es que, si en realidad no llevas tanto tiempo para la envergadura del problema aunque se te haya hecho larguísimo, tiendes a echar la vista atrás porque lo que te queda más cerca es el comienzo y es a él al que quieres volver.

Nos veo así. Cansadísimos todos. Nos parece que ya está bien, que ya hemos hecho suficientes sacrificios. ¿Qué quieren de nosotros? ¿Por qué nos piden una cosa y otra y una tercera diferente a las anteriores?

Esta es una experiencia colectiva única y rarísima. Por una parte, el mundo entero atraviesa el mismo túnel. Por otra, todo es un caos acústico, mil radios funcionando a la vez y hablando de lo mismo pero dando indicaciones diferentes. Elija su frecuencia para obtener consejos adaptados a una realidad que nunca es la suya. Si miramos lo que pasa en otros países, vemos la misma crisis pero en distinto momento, sin saber nunca del todo si es nuestro pasado, nuestro futuro o un presente del que aún no somos conscientes.

Tener claro el destino es imposible. Quisiera apagar el ruido pero nunca lo consigo, siempre queda una radio encendida y olvidada al fondo de este pasillo. Lo que quiero es acercar el termómetro a la bombilla, hacerlo bien esta vez, y quedarme en casa sin salir ahí fuera, donde nada se parece a lo de antes y aún no alcanzo a ver qué es lo que nos espera.

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