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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Las cercanías

Sigue extrañándome la cantinela de la hoja parroquial, las asunciones que se hacen sobre el periodismo local

UNA PERIODISTA de provincias abre el libro de Jodi Kantor y Megan Twohey sobre su investigación del caso Weinstein —meses de trabajo discreto, tiempo para trabajarse a las fuentes, concienzudas entrevistas, muro tras muro y mucha gente que no es lo que parece— y piensa qué lejos queda todo. Lejos los viajes, lejos la pausa con la que se crea confianza, lejos las doscientas revisiones de un mismo artículo, lejos también las consecuencias de ese artículo. Sobre todas las cosas, lejos el tiempo por delante.

A la vez, una periodista de provincias abre el libro y piensa qué cerca queda todo. Cerca las dudas de cómo hacer, de cómo contactar y convencer a alguien de que puede confiar en ti; cerca la inquietud de querer que alguien te cuente y no tener claro si para ella va a resultar a la larga mejor contar o quedarse callada, cerca las demandas de tus jefes para que cubras ese o aquel flanco que te ha quedado tan descubierto. Sobre todo, cerca las preocupaciones y el método.

Todavía me extraña cuando a alguien le admira que, consultando a un especialista en Madrid o Pamplona, este le diga que se vuelva a casa porque en su hospital va a recibir exactamente el mismo tratamiento. Suelen contarlo con la estupefacción del que jamás hubiera esperado hacer ese viaje inverso, como si solo aguardase una fuerza centrífuga que lo alejase necesariamente de aquí cuando necesita que se hagan las cosas bien. Que se hagan las cosas.

De igual manera, sigue extrañándome la cantinela de la hoja parroquial, la asunción de que el periodismo local es algo distinto a lo que se practica en otros sitios, que aquí no tenemos todas las preocupaciones que tienen los otros y que no usamos sus mismas herramientas. Como si hubiera otras. Ja.

El libro muestra muy bien las dudas de todos nosotros. Aparecen —sobre otro tiempo, sobre otra gente, sobre otros temas— conversaciones que yo he tenido o que he presenciado en este pequeño periódico de provincias, entre compañeros o con mis jefes, exactamente el tipo de cosas en las que pienso cuando alguien nos acusa de lo de siempre, de carroñeros, de descuidados, de kamikaces, de insensibles, de irresponsables, de tirar para adelante con todo, descerebrados. Cierto es que nos equivocamos. Eso no ayuda a la hora de convencer a los demás de que nos preocupamos por ellos. Y lo hacemos. El caso es que lo hacemos.

Además, el libro refleja algo que siempre he pensado, pero como se piensan las cosas que están más que rebatidas públicamente: a escondidas. Se da por hecho que alguien ha de creer en algo, ha de defenderlo, tener una posición moral clara sobre ello fruto de la reflexión y no de la experiencia personal. Lo que vale, lo que vale de verdad, es lo primero. En este caso, un hombre tiene que repudiar todas las formas de acoso y abuso sexual porque son deleznables, además de un delito, y no porque piense en que es algo que le puede ocurrir a su hermana, a su hija, a su madre. Pues bien, aparece en el libro como fuente clave de esta investigación un ejecutivo de la compañía cinematográfica de Weinstein que desde que se percata de que algo pasa vive indignado, pero no es hasta que, harto, años después, lo comenta con su hija, una joven universitaria y feminista, cuando decide hacer algo para pararlo, cuando da activamente un paso.

En fin, que de este libro del que habría mil cosas para sacar, yo me quedo con las distancias que nos separan a los periodistas y, a la vez, con nuestras cercanías. Con lo asombroso que resulta pensar que una señora de The New York Times y yo nos hayamos ido alguna vez a la cama dándole vueltas a lo mismo. Y también que a veces sí que hace falta una hermana, una madre, una amiga o una hija.

Las cercanías