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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Llamadme para pasear

Hemos pisado más parques que en toda nuestra vida, incluida la infancia

LE LEO a alguien en algún sitio de internet una reflexión. Ojalá recordara dónde porque esa indefinición es de muy mala educación, de persona dejada y desinteresada, que no presta atención a los detalles poco importantes. Pero rara vez los detalles son poco importantes. Tengo tanta pasión por ellos, y por la gente que se detiene ahí, que desprecia la mera imagen de conjunto y pide aristas, que me ofende esta actitud mía.

Lo que dice esa persona es que por favor, no la inviten a pasear más. Que cada vez que alguien le dice que se anime a dar una vuelta se quiere morir. Que qué mierda de entretenimiento es ese. Que como otra persona le pida que se una a su paseo entre bares cerrados y calles llenas de gente haciendo lo mismo -gente que antes no las pisaba, o no todos a la vez, o no así- le retira la palabra.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXADespués hablo con un amigo que vive en Burgos, una ciudad con una espeluznante incidencia acumulada y me hace una confesión. Dice que podría estar mejor, que podría asumir esta actual situación con otra disposición, hacer un esfuerzo zen, pero que no lo hace porque se niega a conceder que esto sea la normalidad. Habita el cabreo, le parece más coherente. Viviría mejor en la aceptación y se ve capaz de ejercer el aquí y ahora. Se niega porque ¿acaso es esto la vida, una vida, normal? Ya no sabe si es rebelde, negacionista o gilipollas. O todo. Pero no puede hacer esa concesión y adaptarse por una especie de principios que no le convienen, que le perjudican, pero que tiene. Por supuesto esos son los principios que exigen mayor firmeza. Si vienen bien ¿qué dificultad hay en mantenerlos? Elige conscientemente no adaptarse y vivir a la contra.

La persona de internet, mi amigo de Burgos, tú, ella, yo misma. Queremos pasear y no queremos pasear. Quiero decir que queremos tener la posibilidad de pasear, pero no queremos que sea lo único que podemos hacer. Queremos llegar a jubilados pero no queremos llevar ahora mismo la vida del jubilado que queda para pasear. Lo que queremos es una vida que ya no existe. Tengo ensoñaciones de realidad extemporánea. No pasada, pasadísima. Pienso en bares abarrotados y llenos de humo (¡de humo!), donde suena música de la que me sé la letra, mis amigos son jóvenes y no tienen hernias ni colesterol. Por algún motivo es verano, nos acostamos tardísimo y al día si guiente trabajamos con una resaca indolora, inodora e insípida. O sea, irreal. Todo el tiempo nos llamamos para ir a sitios y hacer cosas que no son pasear. La vida es, en gran medida, discutir sobre la vida. Hay preocupaciones, miles, pero no pesadumbre. Creemos que podremos salir de esa y de aquella y de la de más allá.

Veo ahora lo infantil que soy al percatarme de que todo el tiempo, todo los años que han durado estos nueve meses de 2020 y he mirado atrás, he mirado a ese atrás. Hace cuánto que ese atrás no existe, si es que alguna vez lo hizo así como lo recreo.

Total, que sí, que me llaméis para pasear. Para fingir que nos encontramos casualmente en una esquina, café en mano, todos a tres metros de los demás. Para hablar a gritos de cualquier cosa que no nos importa tanto. Para pisar en menos de un año más parques que en toda nuestra vida, incluida la infancia. Para fingir que eso que hacemos es vida social, que el café no pierde en un vaso de cartón y que la emoción son los ginkgos amarilleando. Para que olvide que siempre voy andando a todas partes, que caminar a aquí y a allí es lo que más hago; para que deje de ser algo que sucede y empiece a ser un plan. Un planazo.

Llamadme para pasear