Carrère, voz y testigo

Emmanuel Carrère /AEP
Las constantes vitales se funden con las narrativas en un libro absolutamente Carrère. 'Koljós' es una madre que muere y un pasado en busca de sentido mientras el mundo sigue. 

Es acaso posible que algunas personas nazcan o parezca que han nacido ya en voz en off? Si es posible, puede que Emmanuel Carrère sea una de ellas. No resulta demasiado difícil imaginárselo caminando por un pasillo de hospital, sosteniendo una libreta, mientras una frase va tomando forma en su mente mientras el ruido del gotero marca el tempo: en este momento, tic, tic, mi madre se está muriendo, tic tic, y yo escribo. Todo lo que le sucede, incluso esto, una muerte, esa muerte, le sucede también como narración. 

No es una boutade o, al menos, no tendría por qué serlo. La voz en off es el filtro por el que la existencia del escritor se desliza. En 'Koljós', su último libro, cuenta la muerte de Hélène Carrère d’Encausse, su madre. Pero también la mujer a la que Francia honra en una ceremonia de Estado. Con toda la pompa que requiere una ceremonia de Estado que transcurre solemnemente mientras él va fijando la escena para después trasladarla al papel. El sentido del duelo pasa por la escritura, como el sentido de todo. Hélène fue su madre, pero fue muchas otras cosas: historiadora de referencia sobre la Unión Soviética, miembro de la Academia Francesa desde 1990 y, a partir de 1999, secretaria perpetua hasta su muerte, primera mujer elegida para ocupar ese cargo. Profesora, autora de más de treinta libros, con varios cargos institucionales y políticos y numerosos reconocimientos, el último de ellos, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2023. Es decir: la figura por excelencia de la intelectual francesa. 

La voz Carrère nace con el cuerpo Carrère. En París, en el año 1957. La cultura vive junto a la familia. La cultura se asea, se sienta a la mesa, se acomoda en el sofá y se adueña del espacio. La historia de Rusia tiene una habitación propia. Estudia en un Liceo situado también, como su casa, en el distrito 16º de París, un barrio poblado por la burguesía acomodada. Háganse una idea: diplomáticos, altos funcionarios, ejecutivos, profesionales liberales con la discreción como norma de conducta, asociada a las buenas maneras, al prestigio y a la conservación de privilegios. Pues ahí. Se graduó en el Instituto de Estudios Políticos, la famosa facultad de Sciences Po, dedicada desde 1872 a formar a las futuras élites políticas, económicas y administrativas de la República Francesa. 

La voz comenzó pronto a forzar los límites de su entorno. Empezó como crítico de cine y acabó escribiendo novelas que, al principio se mantenían, como él, en los cauces de la ficción, pero que poco a poco se fueron atreviendo a cruzar calles y adentrarse en nuevos distritos. El yo y el mundo, la voz y la mirada, la transgresión y la confesión son los componentes que despliega en novelas como 'El adversario', 'Una novela rusa', 'De vidas ajenas', 'El reino', 'Limónov' o esta última, 'Koljós'. 

Y es entonces cuando llega Carrère testigo. Está allí donde está su escritura. Realiza la tarea propia de un periodista o un antropólogo o una combinación para dar luz a sus libros: profundiza, tira de los hilos, habla con la gente, lee informes, interpreta datos, recoge documentos. Acude a actos, se sienta en la sala de un tribunal, presencia gestos, detecta incomodidades y miedos.

En 'Koljós' —también en otros—, esa presencia puede que se vuelva intrusiva, puede que sea más radical: el espacio es la familia, que se va empequeñeciendo y agrandando a medida que va y viene a través de documentos, archivos, imágenes. El hijo testigo, agonía y duelo. Consciente de que ya la hizo sufrir una vez. O más de una vez. Consciente de que, ahora, las circunstancias son otras, porque las consecuencias no van ya más a tener respuesta. Se dice que la reacción de Hélène a la publicación de 'Una novela rusa' fue implacable. Que al menos duró dos años en establecer de nuevo comunicación con su hijo, al que había pedido expresamente que ese libro no saliera a la luz. En él habla de un pasado oscuro, relacionado con su abuelo materno, colaboracionista del régimen nazi. Ella le pidió que lo mantuviera en la sombra. Él lo sacó a la luz.

Todo en 'Koljós' gira en torno a una reacción, a veces culpable y otras no, a la autoridad materna. Esa figura: eminente historiadora de Rusia, referencia de la Academia Francesa, voz autorizada para decir lo que sea. Aunque sea erróneo. En el fondo fluye algo que pudiera ser la incomodidad del Carrère voz haciéndose evidente. Se prometió, o, al menos, declaró en alguna ocasión, que iba a seguir una norma, en principio, sencilla: no herir. Después pasaron cosas.

En otro plano o en otra capa narrativa, se encuentra la guerra de Ucrania, que no se refiere solamente a la guerra en sí, sino a las significaciones adheridas a las lealtades. Hélène, durante mucho tiempo, defendió una versión de Rusia y una lectura de Putin como político brutal, pero previsible: "Un hombre racional, consciente de los riesgos, que nunca se lanzaría a una acción temeraria". No supo adelantarse a la escalada bélica, un acontecimiento que la llenó de consternación profunda. Tomemos esa emoción como una mezcla explosiva y dolorosa de vergüenza, orgullo herido y responsabilidad. Desplazó su discurso prorruso, dadas las circunstancias, aunque no terminó de adecuar el lenguaje a las dimensiones de la crisis. La revisión de la figura de Putin no acababa en la revisión de la figura de Putin. Ya me entienden.

'Koljós', entonces, planea entre esas dos aguas: la realidad de una madre muriendo y la realidad de la guerra, que altera los cimientos de una estructura familiar, en su día sólida, inamovible. Carrère escritor pensó primero en dos libros separados, que se fueron engarzando en un mismo relato. Habla de las dimensiones horizontal y vertical para, digámoslo así, hablar del mundo: "Los libros, las películas y las historias que más me conmueven son aquellos que muestran al mismo tiempo las dimensiones horizontal y vertical de la vida. Horizontal: el amor, la amistad, las alianzas que se forjan cuando se cruzan las mismas aguas, la misma época. Vertical: las relaciones entre generaciones".
El libro se mueve así entre escenas minúsculas y recorridos geográficos e históricos. Entre el relato materno se cuela un intento de aproximación al padre: "Hacia el final de sus días le diagnosticaron párkinson. Después del confinamiento, su declive continuó; suave, pero constante. Mi madre solía decir, con cierta rotundidad, que se hundía en la noche. No era la impresión que yo tenía. Más bien parecía haberse quedado quieto en una tarde de otoño, echando una larga siesta al sol".
Carrère voz, Carrère testigo: un ir y venir, un acercarse y alejarse, como una cámara y su movimiento de captación de algo que a la vez es íntimo y a la vez ajeno. Todo lo que existe, también el entorno pegado a él, es susceptible de convertirse en material narrativo. A veces titubea, otras no, finalmente siempre escribe. "Nos instalamos para pasar la noche junto a nuestra madre, como cuando éramos pequeños y nuestro padre estaba de viaje supervisando las oficinas que tenían en provincias. Recordémoslo: extendíamos en el dormitorio de nuestros padres dos colchones en los que dormíamos Nathalie y yo, ya que el lugar junto a mamá en la cama de matrimonio lo ocupaba Marina, la más pequeña. Lo llamábamos "hacer koljós". Dice Wikipedia: "Un koljós (granja colectiva) era una cooperativa agrícola en la antigua Unión Soviética donde la tierra y los medios de producción eran colectivos, aunque técnicamente no propiedad directa del Estado; a diferencia de los sovjoses. Impulsados por Stalin, forzaron la colectivización en la URSS". 
O sea: Rusia metida en la habitación de matrimonio en torno a una madre, fuente de autoridad y de cobijo, de subordinación y rebelión. "Aquella noche, reunidos los tres alrededor de nuestra madre, en su habitación de la residencia Jeanne-Garnier, hicimos por última vez koljós".