Detrás del retrato

Una visitante contempla la exposición ‘Wonderland’ en A Coruña. /EUROPA PRESS
La exposición 'Wonderland', organizada por la Fundación MOP en A Coruña, muestra el recorrido de la fotógrafa Annie Leibovitz. Si miramos con suficiente atención podremos ver la historia cultural del siglo XX detrás de cada imagen.

El 2 de octubre de 1949, Connecticut, el paisaje de Connecticut, vio nacer una criatura cuya mirada iba a ser importante, en el sentido en el que importa lo que vemos o importa que alguien nos señale algo que no acabamos de ver. Anna-Lou Leibovitz, Annie, procedía de una familia judía, su padre era militar y su madre, profesora de danza moderna. Dicen que durante la infancia se marcan sin saber caminos futuros y, sea o no verdad, en ocasiones resulta sencillo acomodar ciertas trayectorias vitales a un devenir ya revelado. Ejemplo de ello tenemos esta historia. Samuel, el padre de Annie, recibía a menudo órdenes de traslado de base. Eso significaba la mudanza de toda la familia y la conformación —digamos — de una percepción retiniana móvil. No es lo mismo, acordarán conmigo, permanecer en un lugar años y años que moverse, cambiar, adecuar el crecimiento a nuevas carreteras y nuevas ciudades y, en definitiva, nuevos espacios a los que mirar por primera vez. Hay ahí un impacto que, de algún modo, queda retenido, un paisaje rehén del ojo que mira. 
Quiso estudiar pintura y para ello se matriculó en el San Francisco Art Institute, pero, tras asistir a un taller de fotografía, recondujo su especialidad y sus intereses. Y estuvo allí un tiempo, hasta que decidió pasar una temporada en un kibutz, en una suerte de búsqueda, quizá de arraigo, quizá de futuro.
En 1967, el empresario Jann Wenner y el crítico musical Ralph J. Gleason, fundan la revista Rolling Stone y tres años más tarde, una joven Annie, todavía estudiante, le presenta a Wenner su portfolio. Y él la contrata, sobre todo, al parecer, gracias a un retrato que Annie le había hecho a Allen Ginsberg. Asciende rápido, se posiciona rápido, se consolida.

En 1973 es nombrada fotógrafa jefe de la revista y define el estilo y el tono con portadas que, durante los diez años siguientes, serán referencia esencial, no solo de la publicación, sino del arte fotográfico. Ejemplo de ello son sus imágenes de la gira 'Rolling Stones Tour of the Americas ’75'. Tres meses al lado de los músicos, con esa mirada suya y en ese microcosmos frenético que tanto te eleva como te arrastra: "Nunca podías apartar el ojo de la cámara y estabas a merced de los técnicos de iluminación, que normalmente iban drogados. Además, tenías que estar preparada para que el público te aplastara". O también: "La experiencia es extrema. Está la grandeza de las actuaciones y luego el aislamiento y la soledad que les siguen. La banda era como un grupo de chicos perdidos, pero su música los salvó". O, además: "Se cuenta que apenas salí viva de aquello… No es para gente de corazón frágil". Experiencia inmersiva, por utilizar una expresión acorde con los tiempos. Las consecuencias fueron grandes fotos y tremenda adicción a la cocaína que la llevó a transitar por otros paisajes, más oscuros, más siniestros. "Al principio parecía un experimento, pero terminó apoderándose de mí. Cuando me di cuenta, busqué ayuda por todos los medios hasta ingresar en un centro". Allí estuvo y de allí salió con otras metas. 

En 1983 se fue de Rolling Stone habiendo dejado una de las imágenes de portada más famosas de todos los tiempos. El asunto sucedió así: Leibovitz fue a casa de la pareja Lennon-Ono para una sesión de fotos. Quería conseguir una portada. Era una tarde del 8 de diciembre de 1980. Estuvieron allí, tratando de buscar la imagen. Y después. 
"Íbamos a quedar más tarde para ver las diapositivas, pero esa misma noche, cuando John volvía de una grabación, un fan trastornado le disparó. Me lo dijo Jann. Habían llevado a John al Roosevelt Hospital, y fui a hacer algunas fotos a la gente que allí se había congregado. Sobre medianoche, salió un médico. Me subí a la silla y lo fotografié anunciando la muerte de John. Luego volví a Dakota y estuve con la gente en duelo sujetando velas". En la portada de Rolling Stone aparece

John Lennon desnudo abrazando a Yoko Ono. No se necesita texto en el mismo lugar donde nace un símbolo.

A principios de los ochenta, pues, deja Rolling Stone y se incorpora a otra revista icónica: Vanity Fair. Pocos años más tarde firmaría también con Vogue. Y el territorio personal e iconográfico se desplaza. El ojo ya no mira los márgenes deslegitimados de la cultura y de la sociedad, sino que empieza a cubrir los espacios aprobados y desarrollados por las élites culturales. La estética se transforma y entran en juego otros lenguajes expresivos. Comienza a tener significación un contexto determinado y a haber una narrativa. Sus retratos, a esas alturas, son famosos y de personas famosas. Su estilo —que es su mirada— es reconocido. A través de su luz transitan gente del cine, de la música, de la política, de la realeza. Nadie parece querer escapar del instante porque más allá de la obviedad de un desnudo o de una particular contorsión corporal, se encuentra un sentido que guarda relación con los elementos clásicos y modernos con los que, a través de los siglos, se ha construido el arte. Descubrir esas capas puede ser un juego, un experimento, un viaje, una reflexión, un cuestionamiento. O todas esas cosas a la vez. 

Aunque las verdaderas preguntas, o las más profundas, si se prefiere, son las que llegan con Susan Sontag, que había publicado ya su ensayo 'Sobre la fotografía', en el que desarrolla la tesis de la violencia simbólica del acto fotográfico y critica la idea de la neutralidad de aquel o aquella que aprieta el disparador de la cámara. Pero no solo había publicado ese libro, ella misma era una referencia intelectual, se atrevía con todo, todo lo sabía. Nadie como ella para analizar la sociedad, el espíritu de los tiempos. Tampoco nadie como ella para dejar clara su superioridad. El caso es que se encuentran. Y se atraen. O, en el inicio, la atracción viene de un lado: "Cuando la conocí me di cuenta de que le gustaba y no sabía qué hacer con eso. Pensé: Dios mío, es Susan Sontag y está interesada en mí, ¿qué hago? Supe que si me involucraba con ella esa relación afectaría a mi trabajo". Se involucró. Y de ahí salió su obra 'Women', casi en el cambio de siglo, una obra concebida por ambas, con un análisis más Sontag que Leibovitz. No fue una relación fácil. Incluso, en ocasiones, podríamos calificarla de perturbadora. Al respecto, el hijo de Sontag, dijo esto: "Nunca he visto una relación en la que hubiese tanta crueldad". 
Tras la muerte de Susan Sontag en 2004, Annie continúa su trayectoria perfeccionando sus espacios propios y planteando grietas iconográficas interesantes: dónde está el poder de una imagen, quién detenta ese poder, la imagen o la persona, cuánto hay de artificio y cuánto de verdad. No se puede pensar en el retrato contemporáneo sin acudir a su nombre y a su obra. 

En los años 2000, Leibovitz continúa produciendo portadas emblemáticas para Vanity Fair y Vogu. Presenta 'A photographer’s life, 1990–2005' una exposición con la que reflexiona sobre lo privado y lo público, sobre el elemento íntimo y la comercialización del yo. En 2010 lanza el proyecto 'Pilgrimage' con el que mira de nuevo, no se desprende de su mirada, pero vuelve a los paisajes primigenios, a aquellos que miró en su infancia. O, mejor dicho, con el ojo aquel. Y entonces fotografía lugares y objetos asociados a figuras históricas y culturales. Continúa cumpliendo encargos y realizando campañas con gran impacto mediático. Está presente en museos y en galerías con grandes montajes fotográficos que recorren su trayectoria como 'Annie Leibovitz: Work' o  'Annie Leibovitz: Stream of Consciousness' ('Flujo de conciencia').

No faltan cuartos oscuros en el recorrido vital de Annie Leibovitz. Tiene, como ocurre siempre, defensores y detractores igual de intensos. Lo que vamos a encontrar en A Coruña es el espíritu de las distintas épocas traspasando los retratos. Y es por eso. Ir, por eso.