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Italia, a juicio

Se cumplen cien años del nacimiento de Leonardo Sciascia, el escritor siciliano que desafió a todas las representaciones del poder, Iglesia, mafia, Estado. La memoria de Italia está en sus palabras.

EL SOL CAE a plomo sobre los visitantes del valle de los Templos de Agrigento al igual que caen, aquí y allá, los cuerpos abatidos por la mafia siciliana. Todo forma parte de la misma historia y en ella se entreveran los cultos, majestuosos y despiadados, a dioses y hombres. La omertà (ley del silencio) de la Cosa Nostra comparte tierra y raíces con las columnas de fuste estriado. Son homenajes distintos y, ambos, herencia de la humanidad.

A pocos kilómetros de allí, en la localidad de Racalmuto, nacerá un futuro escritor también prendido a la memoria histórica. De nombre Leonardo, como su abuelo paterno, curtido en la famosa mina de extracción de azufre, lugar de relatos de explotación y miseria en cada túnel, en cada galería, de misma narrativa y de misma pena única. Su padre, Pasquale, prolongará la tradición minera aunque en feliz movimiento ascendente: los metros necesarios para encaramarse al escalón social de una nueva clase. Como integrante del cuerpo administrativo, Pasquale Sciascia se encontrará en posición de priorizar los estudios de sus tres hijos frente a la opción más común que no permitía otra cosa más que perpetuar roles desesperanzados. Su madre, de nombre Genoveffa, integraba otra tradición, la de los artesanos, que Leonardo tampoco tuvo que seguir.

En 1921, año de nacimiento de Leonardo Sciascia, se materializan también dos visiones del mundo representadas por dos partidos políticos. El Partido Comunista de Italia y el Partido Nacional Fascista. Uno y otro, sus miradas, sus acciones, estarán presentes en la literatura y en la vida del autor, en forma de exposición de hechos, despliegue de argumentaciones, búsqueda de verdad.

En 1935 su familia se traslada a Caltanissetta y Leonardo prosigue sus estudios en el Instituto Magistrale IX Maggio. Allí se encontrará con dos maestros que marcarán su futuro: el escritor Vitaliano Brancati y el futuro senador por el Partido Comunista, Giuseppe Granata, quien le contagiará el interés por la literatura norteamericana. "Conocí al profesor Brancati antes de conocer al escritor en las páginas del Omnibus de Longanesi. Más exactamente, me llevó unos meses saber que [...] era ese Vitaliano Brancati cuyas ‘Cartas al director’ eran para mí las cosas más deliciosas que el semanario Longanesi publicaría". En ese ambiente de descubrimiento y admiración, va inoculándose en él el término sicilitudine, común en el sentir de pensadores y escritores sicilianos. Una condición existencial propia, contradictoria y radical: "Odio, detesto Sicilia en la medida en que la amo y en la medida en que no responde al tipo de amor que me gustaría tener por ella".  Querer irse y querer quedarse. 

Durante los años en el Consorzio se adentrará en la realidad campesina y conocerá de cerca los mecanismos del poder, el ejercicio sistemático de la injusticia contra los más desfavorecidos de la sociedad

Lo primero serán versos y relatos cortos. Muy arraigados al tiempo y al lugar, a la belleza y a la miseria, a la historia y a la política. En 1941 obtiene su título de maestro y regresa a Racalmuto donde entra a trabajar en el Consorzio Agrario.  Pocos años después se casa con la maestra María Andronico. Durante los años en el Consorzio se adentrará en la realidad campesina y conocerá de cerca los mecanismos del poder, el ejercicio sistemático de la injusticia contra los más desfavorecidos de la sociedad. A finales de esa década iniciará su profesión como maestro. En 1950 publica su primera obra: Favole della dittatura. Pasolini lee el libro y desde entonces serán amigos. La revista literaria Galleria también se fija en él. En ella publicará poemas, ensayos y opinión. Acabará dirigiéndola.

A los 33 años publica Le Parrocchie di Regalpetra (Las parroquias de Regalpetra) que empezó a escribir como una crónica del curso escolar en Racalmuto y acabó combinando en un libro todos los temas que constituirán su estilo: "En efecto, todos mis libros constituyen uno solo: un libro sobre Sicilia que toca los puntos más dolorosos del pasado y el presente, y que gira en torno a la historia de una continua derrota de la razón y de quienes se han visto afectados y destruidos por esa derrota".  Ganará el Premio Crotone y las ofertas para colaborar en revistas crecerán. Escribe en Officina, revista fundada por Pasolini, Leonetti y Roversi y durante las décadas de los 50 y 60 profundiza en ese género que lo llevará al reconocimiento mundial: el racconto-inchiesta, un relato de investigación a modo de crónica policial, procedimiento judicial y trama política conectada siempre a los resortes impulsados desde el corazón de la Cosa Nostra y desde la Iglesia. Se exponen los hechos, se analizan las evidencias y se aplica la razón. Así se encontrará la verdad. Aunque esto no es nunca, del todo, cierto: "No hay cosa o acción en nuestro país que no esté viciada por la doblez. Se trata de una doblez propiamente constitucional, que brota del poder y se multiplica en perfecta circularidad, retornando al poder como una linfa nueva, depurada, de aquellos detritos y venenos que acaban abajo […] Nunca se sabrá ninguna verdad respecto a hechos delictivos que tengan relación, incluso mínimamente, con la gestión del poder". 

Durante los años en el Consorzio se adentrará en la realidad campesina y conocerá de cerca los mecanismos del poder, el ejercicio sistemático de la injusticia contra los más desfavorecidos de la sociedad

En 1967 se muda a Palermo e inicia la década de los 70 retirado definitivamente de su profesión de maestro. Comienza su etapa política, engrosará como candidato independiente las listas del Partido Comunista y será elegido, pero poco después dimitirá por diferencias irreconciliables. Por contradicciones ideológicas. Por conflictos entre una verdad y otra. A finales de los 70 el Partido Radical llama a su puerta. Decide abrir. Será el encargado de la comisión investigadora del secuestro de Aldo Moro, primer ministro de Italia en dos ocasiones, líder de la Democracia Cristiana, secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas. Publica L’affaire Moro. Comienzan a hablar de él como el escritor de las profecías: aquello de lo que escribe acaba cumpliéndose. Recibirá críticas desde todas las perspectivas humanas y divinas: la izquierda, la derecha, la fe, la mafia. Es un escritor muy incómodo. Son los tiempos de El día de la lechuza, Todo modo, El contexto. Una tarde, mientras paseaban plácidamente por Racalmuto, le explicó a José Agustín Goytisolo el panorama local: "Este es un mafioso, y aquél también, y estos dos…" y también le dijo: "No han atentado nunca contra mi vida, vaya usted a saber el porqué". 

Durante la década de los 80, combina su carrera política con escritos sobre la memoria, la historia, la identidad, la justicia y la verdad. Abandona definitivamente la política y se retira a París. Entonces enferma. Recorre distintas ciudades europeas en busca de un tratamiento efectivo para un dolor que va en aumento. Le diagnostican un raro tumor. Escribe El caballero y la muerte, tiene 67 años y, consciente de su final, reúne en la novela sus temas, sus gustos, sus ideas sobre la vida y la literatura y la verdad. Escribe un último libro, Una historia sencilla que sale a la luz el día en que él se va.

A las afueras de Racalmuto, en lo alto de una colina, hay una casa de campo con viñedos y cerezos. Es la casa que Sciascia heredó de su padre. Allí está su estudio, en el segundo piso. Allí la historia de un escritor, también periodista, también político, que removió la tierra italiana en busca de la verdad: “En mi casa siempre se ha respirado un infinito respeto por las cosas de la escritura, un respeto y un miedo típicos del mundo campesino. Para el campesino, ¿la escritura no es quizá engaño, impostura y falsificación?  (...) De la escritura-engaño, como era para el campesino y como era para mí mismo, he llegado a la escritura-verdad y me he convencido de que, si la verdad necesariamente  ofrece  muchas  caras,  la  única forma posible de verdad es aquella del arte".

El sol vuelve a iluminar los templos, allá en Agrigento y, aunque, a primera vista, todo parece igual, nunca podrá ser lo mismo, porque aquel paisaje suyo, desde su muerte, está más lleno de memoria y mucho más lleno de preguntas.

Italia, a juicio
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