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La intrusa

Le parecía natural y merecido recibir el Nobel como broche a su carrera, sin embargo, un cáncer borró toda posibilidad. Susan Sontag se fue sin acabar de creerse que la muerte le estaba pasando a ella. Benjamin Moser firma la biografía Sontag. Vida y obra con la que acaba de ganar el Pulitzer y en la que despliega la complejidad de una mujer reconocida como el símbolo cultural por antonomasia.

LO QUE MÁS se dijo de Mildred Jacobson fue lo siguiente: que era una belleza y que era una alcohólica. Lo uno y lo otro con el mismo grado de intensidad. Eso, y el resto de las cosas que fue y que no fue, habitaron en el interior de otra persona, de la misma manera que un parásito se aloja en el huésped elegido. Eso, y el resto de las cosas que fue y que no fue, crearon en el organismo reservorio espacios yermos, cavernas temibles, lugares en los que nadie se quiso, nunca, aventurar.

Jack Rosenblatt fue un hombre hecho a sí mismo que en pocos años pasó de los suburbios neoyorkinos a uno de los barrios más elegantes de Long Island. Había desarrollado su negocio en China, adonde viajaba constantemente con su esposa Mildred. Ella aspiró sus años con él, su vida de lujo en Tientsin, con tanto ahínco, que no supo tras su temprana muerte, acompasar el ritmo de su respiración a las insistentes llamadas de sus dos hijas, Sue y Judith.

Sue, la mayor, adoptó desde muy pronto un rol de complejidad extrema para una niña de seis años. A veces hacía de madre, otras de confidente, otras de admiradora, otras de huérfana; reclamando un amor al que no tenía acceso de forma permanente. Mildred tenía tendencia al melodrama, reclamaba atención constante o se desentendía de la vida y lo que había en ella. Alguien, el mundo, la traicionaba una y otra vez. Las mudanzas, así como los amantes —que, al decir de las niñas, eran muchos y recibían el apelativo de ‘tíos’—, se sucedían fugaces en su particular huida hacia ninguna parte.

A los doce, creo Cactus Press, una suerte de periódico que informaba sobre los embates finales de la Segunda Guerra Mundial

Cuando Sue contaba diez años se instalaron en Tucson, Arizona, con la intención de curar su asma, que no hacía más que agravarse a cada traslado. Allí, en aquel lugar remoto, comenzó a ser consciente de que escribir podía significar una libertad anhelada, intuida y, hasta el momento, inalcanzable. A los doce, creo Cactus Press, una suerte de periódico que informaba sobre los embates finales del acontecimiento más importante de la época: la Segunda Guerra Mundial.

Otro suceso marcaría 1945 como una fecha crucial. En el mes de noviembre, Mildred viajaba en secreto a México para casarse con el capitán Sontag, que había caído herido en Francia y trasladado para su tratamiento a la base militar de Tucson, Arizona. A su regreso a casa, Mildred informó a sus hijas de su nuevo estado civil.

Para cuando se instalaron en Los Ángeles, al año siguiente, la hija mayor ya había adoptado el apellido de su padrastro y daba el primer paso para convertirse en el símbolo mundial de la alta cultura, en el icono intelectual del siglo XX. Atrás quedaba Sue Rosenblatt, una niña judía inteligente, marginada, incomprendida. Nacía, en su lugar, Susan Sontag, la mujer que, sintiéndose una extraña en un mundo que creía entender mejor que nadie, acabó siendo una intrusa para sí misma.

Dicen que el parásito puede llegar a manipular de tal manera a su huésped que consigue incluso que actúe en su beneficio. A lo largo de su vida, Susan Sontag dejó anonadadas, consternadas, humilladas, destrozadas a múltiples personas, en la misma medida en que ofreció pasión, respeto, altruismo, comprensión y sabiduría. Salman Rushdie, para quien Susan fue un apoyo indiscutible durante su condena a raíz de la publicación de Los Versos Satánicos, dijo de ella: "En realidad había dos Susans: la Susan buena y la Susan mala. Si la primera era brillante, divertida, leal y en líneas generales una persona fantástica; la segunda podía llegar a ser un monstruo implacable…".

Conoció a su primer amor, Harriet Sohmers, que la catapultó al mundo contracultural, al arte experimental, a la liberación sexual y también mental

En el instituto ya había leído, reflexionado y escrito más que alumnos y profesores juntos. Y, a pesar de sentirse ajena al ambiente social y cultural que marcaba las relaciones cotidianas, quiso, desde el principio, conocer de primera mano cualquier acontecimiento que tuviera significación real. No estaba dispuesta a pasar por alto ningún hecho susceptible de reseñarse como esencial para el mundo, para la cultura, para el ser humano, para ella.

Trazó en aquel entonces y, como así consta en sus diarios, su glorioso futuro. Con quince años entró en la Universidad de Berkeley -aunque su primera opción había sido Chicago-, pero Mildred con su actuación melodramática la retuvo cerca de casa. Allí conoció a su primer amor, Harriet Sohmers, que la catapultó al mundo contracultural, al arte experimental, a la liberación sexual y también mental. Consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Chicago y dejó atrás a su familia, a su aislamiento, a su sensación de extrañeza con respecto a los demás. O eso creía.

En la misma medida en que Susan iba iluminando espacios sombríos de su interior tras una niñez infeliz, dejaba deslumbrados a sus compañeros y docentes. Por su cultura, por su inteligencia, por su osadía y, también, como su madre, por su belleza. No dudaba en desafiar cualquier canon, cualquier teoría, con una argumentación brillante. Empezó a comportarse como la imagen que ella y los demás querían ver, a convertirse en una proyección perfecta de sí misma. Ya abrumaba en aquel entonces, y tenía, tan solo, 16 años. 
Dicen que el parásito libera compuestos que actúan sobre los circuitos neuronales del huésped. Que es así como controlan su comportamiento. Susan Sontag daba luz a sus propias cavernas mientras avanzaba en el conocimiento de sí misma, cuando se hacía consciente de aquel miedo, de tal vergüenza, de cual potencialidad. Sin embargo, esa lucidez que adquiría con experiencia y un elaborado, exquisito -y casi inalcanzable para los mortales- plan de lectura y escritura, no presuponía la adquisición de herramientas emocionales para afrontar determinadas situaciones clave de la existencia. La paradoja estaba servida. La gran Susan Sontag, ejemplo indiscutible de sabiduría y clarividencia para muchas generaciones en el largo y ancho mundo, no sabía cómo vivir. 

A los 18 años se licenció y se casó con Philip Rieff, profesor de Economía, el cual no estaba a su altura, como así hace constar en su diario

Lo que sí sabía era quién quería ser a toda costa. En el plano intelectual. Y dedicó a ello la mayoría de su tiempo. A los 18 años se licenció y se casó con Philip Rieff, profesor de Economía, el cual no estaba a su altura, como así hace constar en su diario: «Un perfecto inútil y un patán a quien tuve que educar», con quien tuvo un hijo y coescribió una obra sobre Freud, a cuyos derechos renunció en favor de su marido. Hoy día todas las pruebas apuntan a la autoría única. La de ella.

A los 20 años ya era profesora, y a los 21, entró en Harvard y estudió el posgrado en Filosofía. Dejó atrás a un esposo resentido y a un hijo que se quedaba, con cuatro años, leyendo obedientemente a Homero. Se fue a Oxford primero y después a París. Allí se reencontró con Harriet, viajó, analizó, escribió, conoció a Sartre y su círculo, sufrió el vaivén de una relación que no acababa de entender. Sentía pasión y rechazo, necesidad de ser amada y, en ocasiones, de ser salvada. Se veía como la niña a la que su madre no hacía caso y a quien suplicaba afecto al tiempo que no soportaba tener cerca a alguien que no alcanzara su nivel de erudición.

Regresó a Nueva York sola, luchó por la custodia de su hijo en el divorcio, ganó, y, desde ese momento, no paró en su carrera hacia la cima de la intelectualidad. Siempre con episodios vitales excesivos, crueles y heroicos, siempre con polémica. Rompió multitud de relaciones por su incapacidad para ponerse en el lugar de los otros y, al tiempo, escribió obras con las que enseñó a los otros a mirar la realidad. Salvó, literal y literariamente, vidas ajenas en Sarajevo, en donde montó ‘Esperando a Godot’ bajo las bombas. Arrastró a su hijo, a sus amores, a sus admiradores, a sus compañeros y a ella misma, a una vida, por veces, atroz. Asistió y analizó todos los hechos indispensables de la historia y de la cultura de mitad del siglo XX. Brillante y feroz. Vulnerable e invencible. Intrusa y auténtica. Parásito y huésped.

La intrusa
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