Mantener la mirada

Joyce Carol Oates /EP
Alguien ve algo que tú todavía no has visto. Quizá porque su mirada permanece más tiempo y más dentro. Para averiguarlo, hay que leerla. Joyce Carol Oates es, siempre, una mirada desafío.

Los comienzos, si resulta que más tarde escribes, pueden calificarse de literarios. O, al menos, con materia prima suficiente para moldear historias inquietantes, profundas, luminosas. El tiempo —su tiempo— se inicia en 1938 en un lugar llamado Millersport. Y Millersport presentaba en aquella época los rasgos que más tarde escribes, pueden calificarse de literarios. O, al menos, con materia prima suficiente para moldear historias inquietantes, profundas, luminosas. El tiempo —su tiempo— se inicia en 1938 en un lugar llamado Millersport. Y Millersport presentaba en aquella época los rasgos que toda comunidad rural que se precie presenta. Un paisaje de dureza palpable, horizonte y silencio y trabajo duro, dispuestos a devorar cualquier atisbo de negociación con un futuro más amable. Estaba la granja. Sin agua corriente, con electricidad caprichosa. Mientras su madre se quedaba en la casa, su padre salía de allí a convertirse en un obrero más, uno de los tantos que mantenían el dinamismo de la ciudad de Lockport, especialmente atareada en la industria bélica. Fue su abuela, Blanche Woodside, quien apretó el disparador. Antes de eso ya imaginaba historias, las dibujaba, las representaba. Pero después. Después todo fue distinto. 

Su abuela Blanche le regaló 'Alicia en el país de las maravillas', el libro que ella consideraría su primer libro —esa consciencia de una posesión incalculable— y que marcó el antes y marcó el después. Años más tarde, a los catorce, de nuevo Blanche con una máquina de escribir. Otra ofrenda con la que cobra fuerza la pulsión de la literatura y de la que salieron ya novelas que jamás verían la luz. Al terminar el instituto ingresa en la Universidad de Syracuse con una beca y se gradúa primera de su promoción. Continúa los estudios con el máster en Literatura Inglesa en la Universidad de Wisconsin Madison. Fue allí donde conoció a Raymond J. Smith, un estudiante de posgrado con quien se casaría en 1961. Mientras Raymond se convierte en profesor de literatura, ella publica su primera novela, 'With Shuddering Fall' —sin edición en español—, en 1964, a los 26 años. Y es entonces, a partir de entonces, cuando Joyce Carol Oates comienza su carrera literaria. Muchos pensaron que demasiado pronto. Que demasiado bien. Sobre ella se colocó una sombra de sospecha que —faltaría más— quedó borrada más de cien títulos después. 

En 1967 publica 'Un jardín de placeres terrenales' ('A Garden of earthly delights) y en 1969, 'Ellos' ('Them'), la historia de una saga familiar de clase obrera, que ganó el National Book Award al año siguiente. Dijo: "Escribo sobre la América real. Sobre personas que no son bonitas ni cómodas ni simpáticas. Esas personas también existen".

Y es momento para hablar del gótico americano. Que ya está en ella desde el principio. De un modo especial, definitivamente suyo. Su primera novela —esa manera de narrar— fue comparada por el New York Times con Shirley Jackson y su tremendo y famoso relato 'La Lotería'. El gótico americano está hecho de miedo. Lo que burbujea en el interior de ese sueño fundacional es una mezcla de ingredientes que ya, por sí solos, conducen a senderos cenagosos. Combinados, en el terreno de la escritura, nos llevan a grandes modelos literarios: Edgar Allan Poe, Flannery O’Connor, William Faulkner, Carson McCullers y, la ya nombrada, Shirley Jackson. Debajo de la bonita casa, detrás de la puerta, a través del cuidado jardín, en medio de la esmerada casa del árbol. Ni la naturaleza es lo que parece, ni la felicidad es alegre y victoriosa, ni la tranquila atmósfera que se respira es, en verdad, ni tan tranquila ni tan saludable. Y mucho menos el futuro. Y todavía menos el interior humano, con la violencia, el odio y la destrucción a punto de hacer estallar todo por los aires.

Llega 1974 y nace Ontario Review, una revista literaria fundada por Oates y su marido, ambos dando clase en Canadá en aquella época. En ella se publicaba ficción, poesía, ensayo, drama, fotografía, ilustración y entrevistas que buscaban construir un puente entre las literaturas de ambos países. Cuatro años después se trasladaron a Princeton y se llevaron la revista con ellos, la cual fue adquiriendo prestigio hasta convertirse en un referente de calidad. A partir ahí se creó Ontario Review Press, un sello editorial independiente y de calidad. 

En 1980 publica 'Bellefleur' y con ella nos adentramos en el gótico más gótico y con ella se inaugura un ciclo que explora el horror americano en una dimensión profundísima. Le siguen, a lo largo de la década de los ochenta, 'Las hermanas Zinn' ('A bloodsmoor romance') y 'Mysteries of Winterthurn' —sin traducción al español—, que completan un tríptico formulado por capas de significado, a cada cual más terrorífico. Y la mirada filosa de Oates, a estas alturas, ya corta cada palabra. 

La cosa interesante que ocurre con la mirada es que permite trabajar o jugar o experimentar o todo a la vez con lo que se ve. Y que instantes determinados, en principio, sin excesivo atractivo o crucial importancia, de pronto, se transfiguran. Y de ahí, así, surge una historia. Ella estaba corriendo cuando le pasó. Lo que vio fue un puente ferroviario y lo que imaginó fue una ciudad y lo que escribió fue un libro. 'You must remember this' —sin traducción al español—, publicado en 1987 y premio Los Angeles Times a la mejor novela de ficción. También en esa fecha —o a partir de ella— se dedicó a expandir la mirada para explorar otros géneros. Para ello se convirtió en Rosamond Smith y Lauren Kelly, quienes, simultáneamente a la de verdad, escribían novelas de suspense y terror. Durante la década de los noventa, Rosamund escribió bastante y en el 94 Joyce fue finalista del premio Pulitzer y ganadora del Premio PEN/Faulkner con la novela 'What I lived for' —sin traducción al español—. En 1996 vendió más de dos millones de ejemplares del libro 'Qué fue de los Mulvaney' ('We were the Mulvaneys') y venía de ganar el Premio Bram Stoker, como reconocimiento a su trayectoria. 

Inmersa en eso del mirar, recuerda algo. Una fotografía de Norma Jeane Baker (Marilyn Monroe), un año antes de casarse con Joe DiMaggio. Diez años dándole vueltas a esa imagen. Diez años mirando qué, mirando cómo, mirando por qué. Y en el 2000 saca otro finalista del Pulitzer, y Premio National Book. 'Blonde', una disección, una fractura. 

Con 'La hija del sepulturero' volvió la vista atrás y narró una historia ligada a su pasado y, en concreto, a su abuela Blanche, a raíz de un descubrimiento impactante, ya de adulta: el suicidio del padre de Blanche. "Mis partes favoritas de 'La hija del sepulturero' son las escenas en la miserable casita del sepulturero y en el cementerio, los intercambios entre el padre, los hermanos y Rebecca. La extraña crudeza inquietante de un cierto tipo de ser absolutamente incivilizable, como el hermano mayor de Rebecca, y la furiosa perplejidad del padre que fue una vez profesor de matemáticas y ahora tiene que cavar tumbas en un cementerio cristiano". De este modo, aquella granja, aquella abuela, aquella primera imaginación escritora, aquel paisaje obrero, aquella desolación representada en mil formas y mil tonos, regresa en la forma aguda, punzante, que, a veces tienen las palabras. 

Tras 47 años de matrimonio, de pronto, un momento detenido en 2008. "Hay una hora, un minuto —lo recordarás para siempre— en que sabes instintivamente, a partir de la evidencia más intrascendente, que algo va mal". Su marido se muere y un texto escrito en duelo se convierte en 'Memorias de una viuda' (A widow’s story), galardonado con el premio International Dublin Literary. Más tarde, otro matrimonio, otra muerte. En medio, más libros, más premios. En otoño de 2025, Alfaguara publicó en España 'El señor Fox' y en 2026, Lumen reeditó 'A media luz'. Ambos tratan el asunto de la mirada. Mirar o no. Durante cuánto tiempo para ver qué cosas. En esas decisiones está el mundo que vivimos y en qué clase de seres humanos con convertimos.
Podría decirse que las novelas de Oates permanecen siempre en lo oscuro. Sin embargo, ella disiente. "Mi escritura es sólidamente optimista", dijo una vez. Y si miramos con calma, a lo lejos, o más adentro, quizá nos demos cuenta de lo que quiso decir. Hoy, 87 años. El desafío continúa.